Un fotograma con los protagonistas de 'El apartamento'.
Un fotograma con los protagonistas de 'El apartamento'.

Siempre nos quedan los libros, la música, el cine. El mundo se acabará alguna vez, quizás mañana un meteorito del tamaño de un pais nos emplace a rememorar algunas películas de desastres antes de que su choque propicie la extinción de toda vida en la tierra. Es posible que una nueva pandemia no nos de margen para superarla. No sería de extrañar que un tipo, estilo Trump, o esos grupos extraños, ciberfascistas, provoquen un conflagración mundial definitiva para nuestra especie. Todo eso es posible, lo que no sé es si será probable, aunque no os engaño si os digo que el paso de los años, por mí claro está, hacen mella; esta distopía tan real en la que vivimos no es que me traiga a mis pensamientos buenos augurios.

Pero de momento tenemos los libros, tenemos la músicas, el cine… aquellas cosas que nos hacen sentirnos bien, sí. Pero nada como el contacto humano, nada como soñar que podemos volver a abrazarnos, a besarnos a discreción sin importarnos lo que puñetas va a hacer nuestro sistema inmunológico con esas cosas extrañas que son los virus que nos vamos donando con el intercambio de saliva en cada apretón, en cada agarrada.

Sería útil que, como en la Biblia, nos pudieran avisar del fin del mundo con trompetas, nos ahorrariamos las mojigaterías, sería mucho más intenso el abrazo, menos higiénico el beso, más auténticas las caricias. De todo eso tenemos ganas. Por eso, más allá de la opinión que tenemos de lo que están haciendo los políticos con la gestión de esta pandemia, que es lo mismo que decir que con la gestión de nuestras vidas (desde mi humilde punto de vista no merecen nuestro perdón en algunos casos y nuestras burlas en otros), tenemos la obligación de intentar demostrarnos y demostrar que no hemos perdido la humanidad, haya desastre o no lo haya. No se trata de vivir como si no hubiera un mañana: no se trata de hacernos una eutanasia antes de tiempo porque, efectivamente, no hay trompetas ni en Jericó ni aquí, en mi barrio, ni en el tuyo. Mejor que todo eso es confiar los unos en los otros, decirnos cara a cara lo mucho que nos echamos de menos, lo que nos necesitamos…lo que nos queremos.

Yo no quiero volver a la normalidad, esa ya la conozco, y aunque está perfectamente claro que no tenemos remedio, que todas esas protestas de bonhomía, de cambio, de nuevos votos por la concordía entre nosotros y con nuestro planetra, eran una patraña, creo que merece la pena seguir en la brecha, ya saben: hay libros, música, cine.

Yo no soy una persona que sea capaz de demostrar el cariño, el amor, me cuesta trabajo poder demostrar y, sobre todo, hacer ver con palabras todo lo que siento. Pero tengo un plan. Me he dado cuenta escuchando, una vez más, esa estupenda canción de Extremoduro, Si te vas, en la que el futuro que tenía diseñado era caminar. Un plan, lo tengo: te escribiré, te haré sentir lo que siento, unas veces con humor (gracias a los lectores de Independenshia), otras veces con pretendidamente sesudos artículos, relatos, invitaciones a escuchar buenas canciones, a seguir los diálogos de Jack Lemmon y Shirley MacLaine en El apartamento. Ese es mi plan, no tengo otro.

Por tanto, y como lo necesario se hace urgente, de lo que se trata en estos momentos es de vivir, saber vivir, y lo más importante, saber convivir, entregarnos unos con otros, aunque no seamos capaces de decirnoslo.

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