La famosa frase «el que pueda hacer que haga», fue pronunciada por el inefable Aznar, a modo de silbato para perros, para iniciar un acoso directo al gobierno de España. A partir de ese momento actuaron medios de comunicación –sean estos los tradicionales o los que realmente están condicionando el discurso político en este país: redes sociales y medios “fakes”–, grupos de Guardias Civiles y Policías –la famosa policía patrióticas y elementos ultras bien organizados–, el mundo de la gran empresa, jueces y fiscales, y por supuesto los partidos políticos de la derecha, así como entidades nacidas para eso: violentar y crear sensación de caos, tipo Hazte Oír, Yunque, e incluso la jerarquía católica representada por la Conferencia Episcopal. Y con ese “silbato para perros”, esa llamada a actuar realizada por Aznar, comenzaron a actuar y es posible –no sé si probable– que consigan totalmente sus objetivos, aunque solo dicen –que no es poco dado la utilización de medios nada democráticos– que quieran conseguir el cambio de gobierno, dan igual los medios que se utilicen. No obstante, dada la mezcolanza, el “tutti frutti” de personajes, entidades, instituciones que están metidos en el ajo, no hay claridad sobre lo que quieren hacer, a donde nos quieren llevar. Todos tenemos una intuición, nos imaginamos lo que vendría a ser la España donde esta amalgama de insidiosos nos instalaría.
Los momentos que estamos viviendo son para no tener que poner puertas a la imaginación sobre cuáles son los verdaderos intereses de esta deriva reaccionaría. Hemos leído hasta grupos de chat de mandos militares pidiendo asesinatos masivos de aquellos que consideran fuera de su idea de España para el futuro. Hemos visto –lo vemos y leemos todos los días– mensajes en redes de personas, algunas de relieve por su significación pública, pidiendo que asesinen al Presidente Pedro Sánchez. Hemos visto jueces condenar sin pruebas a personas desafectas, instrucciones judiciales donde se aplica la famosa doctrina Acedo Colunga. Este era fiscal en los primeros momentos del franquismo y en un manual de actuación para los fiscales en su cruzada contra los desafectos al golpe de Estado del 36 y en general a todos los demócratas en los juicios –sumarísimos o no–. Su doctrina se resume en el siguiente punto: No importa lo que hagas o no hayas hecho, importa lo que eres. Con ese principio cualquiera persona que fuera señalada como socialista, comunista, republicano sin más, demócrata por extensión, podía ser condenado a la pena que fuera necesaria más allá que hubiera hecho o cometido algún acto delictivo o que pudiera justificar su enjuiciamiento. Esto implicaba, entre otras cosas, la posibilidad de detener y condenar a familiares de políticos republicanos o simplemente señalados por los competentes, según los golpistas. Pues ahora lo mismo, la doctrina Acedo Colunga a petición de Aznar y con el aplauso unánime del facherío español. Pero, claro, esas cosas no se pueden decir. No se puede decir que se están usando procedimientos antidemocráticos para cambiar al gobierno, para inhabilitar cualquier posibilidad para que en el futuro pueda volver a darse un gobierno progresista –harán lo que sea, ¡lo que sea!, incluso aquellas cosas que da hasta miedo mentarlas–.
Uno, la verdad, agradecería que fueran más valientes, que dijeran con claridad lo que quieren hacer y cuál es el final de todo esto. Que hagan como hace Trump, que no engaña a nadie. Fíjense lo que hizo ayer: invadir un país –que sí que ya sé que Maduro es un tirano, que era una dictadura, que sí–, y sin ningún problema decir que su verdadero objetivo es quedarse con el petróleo de Venezuela. Es decir, que no se trata de exportar democracia, ni de cuidar el patio trasero, ni siquiera la doctrina Munroe. Que no, que es simplemente una operación económica, como casi todo lo que hace Trump, lo mismo que quiere hacer con Groenlandia –Groenlandia es Dinamarca. Dinamarca es Europa. Trump ha repetido insistentemente que quiere esa imponente isla y que la va a conseguir por las buenas o por las malas. ¿Qué haremos los europeos si se atreven a invadirla?–, lo mismo que ha hecho en Palestina en colaboración con el asesino de niños Netanyahu –otra operación económica–.
Trump no engaña a nadie, le sobra la legalidad internacional, el derecho internacional, si es que existía –ahora está claro que ya no–. A Trump le importa bien poco, además, lo que pensemos o digamos los demás, especialmente Europa, vasallos cobardes a los que el mandatario naranja odia especialmente –¡lo que daría, imagínense, Ayuso por que a Trump se le antojase quitar a Sánchez, lo contenta que se pondría, más que con la invasión a Venezuela–.
Ahora queda esperar, no creo que nadie levante la voz más allá de comunicados e impostura. Caído Maduro, Marcos Rubio, el secretario de estado americano, tiene su fijación en Cuba, y el propio Trump tiene entre ceja y ceja a Brasil, Colombia, Irán… y a la propia Europa, como hemos podido leer en el documento de estrategia de los Estados Unidos en este mandato. Es una situación límite donde cualquier país que no sea de su cuerda – los de su cuerda son Rusia, Argentina, Arabia Saudí...– o de los que no se atreve porque los teme –China, India...–, pueden ser objeto de la política de matón del demente de la Casa Blanca, por lo que en los próximos años, si alguien no lo remedia, continuarán las andanadas bélicas del poder naranja, matando, como han matado más de 20.000 niños en Palestina, un número indeterminado de civiles en Venezuela… si no lo impide alguien o muchos alguien.
Si no hay legalidad internacional, si como ya ocurrió entre el año 1939 y 1945 que se aliaron para derrocar a Hitler, también es posible hacer un llamado al más puro estilo Aznar, un silbato de perro sobre Trump y contra él directamente y contra aquellos que están haciendo posible las barbaridades que está realizando: yo digo, en relación a Trump, contra él, el que pueda hacer que haga. Y que lo haga pronto.
