El amor ¡oh, el amor!

El amor, ¡oh el amor! Se han realizado a lo largo de la historia todo tipo de explicaciones, conjeturas, interpretaciones, estudios e investigaciones intentando saber más sobre una de las emociones más intensas que puede tener el ser humano

El lunes es San Valentín.
El lunes es San Valentín.

Al cura Valentín se le fue la cabeza, aunque más propio sería decir que “se la fueron”, y es que al futuro santo, y emblema del amor cristiano, le dieron pasaporte cortándole la testuz. Hoy San Valentín es celebrado en muchos lugares del mundo como sinónimo de amor. Oh, el amor. Realmente lo que hizo el sacerdote fue contrariar una orden del emperador el cual había prohibido los casamientos de personas jóvenes por motivos ―como casi siempre que se prohiben este tipo de cosas― espurios; concretamente pensaba Claudio II, que así se llamaba dicho emperador, que sin este tipo de ataduras sentimentales, sin tener esposas, los jóvenes solteros y, por qué no, enteros, serían mejores soldados, solo pendientes de la batalla y de derrotar al enemigo, y no estar pensando todo el día en volver a casa para ver a su joven y amada esposa y, posiblemente, a hijos pequeños. Es decir lo que celebramos mañana, directamente, es la decapitación de un cura que casaba en secreto a los chavales de Roma. Bueno, no está mal, otras celebraciones son igualmente más absurdas y no protestamos, la de Valentín, por lo menos, es la fiesta del nombrado por un Papa como patrón de los enamorados. Ya digo, no está mal.

Es el día del amor, del que sea. El amor romántico a otra persona, el amor filial, el amor ¡cielos! a la patria, el amor por la vida ―así, sin más―. El amor, ¡oh el amor! Se han realizado a lo largo de la historia todo tipo de explicaciones, conjeturas, interpretaciones, estudios e investigaciones intentando saber más sobre una de las emociones más intensas que puede tener el ser humano. Lo que se sabe del amor es contradictorio, por una parte existen los estudios que lo emparejan directamente con las funciones biológicas de nuestra especie y, al igual que la existencia de la humanidad es producto de un Big Bang que tiene una serie de efectos y bla, bla, bla, el amor ―oh, el amor― es la consecuencia ¿natural? de un proceso químico de la misma manera que lo es nuestro discernimiento convertido en, de manera simplificada, un salto entre dendritas y axones de sodio, potasio y otras picardías innombrables. Es decir para unos el amor, eso que ocurre entre, pongamos, dos personas, es una combinación de casualidades químicas, un desborde de determinadas sustancias endocrinas y de otros nombres, un impulso eléctrico que trae una serie de consecuencias tan agradables, en unas ocasiones, y tan desagradables en otras. Eso dicen estos científicos, psicólogos de la conducta y demás ralea que posiblemente tengan razón pero, por otra parte, pensaran ustedes: ¿Qué hay de lo mío? Que traducido resulta,  que todas esas cosas que te pasan y que la ciencia conductual, los químicos, los conspicuos neurólogos, reducen a nuestro ser más animal y a la vez más cosificado ―el reino mineral―, no nos sirve para explicar esos efectos secundarios de la susodicha reacción química que llaman amor. ¿Cómo, si todo es tan sencillo, se explica el desamor? Todo parece complicarse enamorados míos y mías, es el amor, ¡oh el amor! Es locura, amigos y amigas, y la locura, con todo lo que sabemos de nosotros mismos, aún es un lugar ignoto de nuestro conocimiento. El amor es locura y Nietzche, que no perdía oportunidad para crearnos desasosiego, lo aseguraba: “en el amor hay siempre algo de locura, pero también en la locura algo de razón”. Ya te digo, y si la locura, la pura y dura locura, no tiene, hoy por hoy, cura, y el amor es locura, entonces el amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males, cosa que le contestó, supongo sin saberlo, el premio Príncipe de Asturias Leonard Cohen a Nietzche para amortiguar tanto mal rollo.

Amen a espuertas, como si no hubiera un mañana ―no lo hay―, quiéranse, y aunque existe el desamor, la pérdida, la soledad en compañía, la cual García Márquez  señalaba con el dedo: “la peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener”. Siendo esto tan terrible que todos deberíamos tener la capacidad de pedir perdón a todos los que nos han extrañado, que somos unos cabrones.

Tengan un día de San Valentín donde el amor a lo que sea fluya por vuestros saltos de sodio y potasio, donde vuestras excrecencias endocrinas vuelen por vuestro torrente sanguíneo, y que vuestras pupilas se abran extasiadas. Entonces será el amor, ¡oh el amor!

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