Menores en un centro educativo, en una imagen de archivo.
Menores en un centro educativo, en una imagen de archivo.

El odio posiblemente sea la manifestación más elaborada de la debilidad humana. Es un camino, a lo mejor también un instrumento de un deseo último, de un íntimo afán, de una inconfesable cualidad de algunos corazones que, igual que aman desesperadamente, odian con todas las consecuencias. Amor y odio, las dos caras de la moneda de los más radicales sentimientos.

Es un sentimiento humano y, como humano que es, lo encontramos en cualquier persona, independientemente que sobresalgan en ella las virtudes de un corazón limpio. Pero esa debilidad, la humana, produce odio y no dudo de la frase de Daudet cuando señalaba que “el odio es la cólera de los débiles” y que retroalimentado produce monstruos.

Baudelaire señalaba que “el odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida”. Y así, si siguiera Baudelaire, consignaría que, trago a trago, el odio va adueñándose de nosotros mismos como el alcohol inunda al bebedor de tal forma que, cuando ya es un adicto, la cantidad que necesita para el embriaguez es muy pequeña. El odio, como los vicios, nos van abduciendo física, pero sobre todo mentalmente, convirtiéndonos al final, en un guiñapo, en un cruel odiador, en amargados solo capaces de sentir el placer de la vida dando rienda suelta a su odio: “el mal del otro, es el bien de mi vida”.

El odio debe ser, debería ser, algo personal, manejable, domesticable, encapsulable. Yo recuerdo cuando era un chiquillo como en las pandillas, con los grupo de amigos o amigas, en el colegio…normalmente ―como es normal en la vida― había alguien que no te caía bien, alguno o alguna con quien no conectabas y, por supuesto, ¿quién no ha tenido una pelea de niños? Pero es curioso como teníamos una especie de procedimiento para “civilizar” la pelea, especialmente si ésta iba acompañada de una “retirada de las amistades”. Ese contrario, ese “versus”, ese nuevo enemigo se convertía, porque había una palabra que recogía ese estado, en tu bajancia.

De esta manera, con quien te habías peleado ya no te hablabas, ni siquieras pronunciabas su nombra. Era “tu bajancia”. El gran escritor gaditano Rafael Marín lo define como el enemigo, hombre o mujer, con quien no te hablas e incluso le vuelves la cara por la calle. Yo recuerdo que tenía un bajancia ejemplar “el Poli” con el que salía en pandilla, incluso cuando estábamos peleados, de hecho cuando estábamos la pandilla junta, era muy normal que yo pidiera la mediación de cualquier otro para dirigirme al interfecto: oye, dile a mi bajancia que me de un cigarrito. Y así todo. No me digan que no era delicioso, a eso se le llama encauzar diplomáticamente las energías, porque les puedo asegurar que nos odiábamos.

Es posible que hoy día también se utilicen esos remedios, un poco pintorescos, para camuflar el odio, la animadversión. Seguramente en las relaciones entre países, el aparentar, sea una de las herramientas más importantes de la gestión.

El odio como sentimiento humano, como una característica intrínseca de nosotros, es personal, intransferible…o eso se supone. El odio encauzado no patológicamente, es normal, no es algo que nos resulte ajeno. Pero ¡ay!, cuando el odio se colectiviza, tanto por los odiadores como por los odiados, en ese momento, cuando deja de ser un sentimiento personal, cuando es algo que puede suceder en cada uno de nosotros y se transforma en una herramienta para conseguir otros fines, en ese momento, es cuando el odio se transforma en el arma más peligrosa, la más, no lo duden. El poeta latino Lucio Accio lo dejo plasmado: Que me odien con tal de que me teman. Esa es la utilización del odio, incluso fomentado contra uno mismo, con tal de conseguir, podemos decir, un objetivo funesto. Y desde Roma, como nos comenta Accio, hasta hoy en día, cuando el odio es la herramienta más utilizada por los movimientos políticos más extremistas. El fomento del odio. El que la gente tema.

Aquí en nuestro país se ha instalado, no sé si para quedarse, ese forma de hacer política, y para ello se ha fomentado el odio en nuestras relaciones. Ya no se tienen opiniones distintas, ya hay que procurar criminalizar al que disiente, o por ejemplo, siguiendo las palabras de Accio, hacerse fuertes a través del miedo de los demás, dando igual que te odien.

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