Imágenes de botellones en Malasaña. TELEMADRID
Imágenes de botellones en Malasaña. TELEMADRID

¡Cómo pasa el tiempo! Rápido, impaciente ―no espera a nadie―, tanto que parece que fueron ayer cuando ―tan jóvenes éramos― íbamos descubriendo aquellas cosas, aquellas vivencias que en otros lugares ya las tenían por vividas, aprendidas, interiorizadas. Recuerdo momentos especialmente emotivos ―independientemente de que se puedan criticar otras cosas, otras situaciones― como fue la aprobación de la Ley de Sanidad que consagraba su universalidad, su gratuidad, su carácter público.

Es para recordar también la ley del divorcio. Hoy nos parece un anacronismo pero así eran las cosas. Recuerdo como se luchó contra legislaciones educativas y universitarias para defender la libertad de Cátedra, las becas para los menos favorecidos. ¡La ley del aborto!, hoy felizmente superada por nuevas legislaciones más avanzadas que reconocen el derecho de las mujeres a decidir. ¡Mujeres! Su lucha feminista desde los albores de la democracia. La ley para la Igualdad. La Ley de Dependencia. La ley del Matrimonio igualitario. Legislaciones protectoras de nuestros litorales, leyes que protegían nuestra salud y tantas otras iniciativas...y llegó el 15M para decirnos que no era suficiente. Tenían la razón histórica y política.

Los derechos, ¡ay madre, los derechos!, eso que parecía una cosa de ricos ―ya se sabe, desde que el hombre es hombre, que el dinero es capaz de comprar todo o casi todo, también los derechos, incluso el derecho a decidir que derechos podemos tener los que no tenemos derecho―. Pues bien, se fueron conquistando, porque fue, y sigue siendo, una conquista, casi como derribar bastiones, como derrotar a enemigos, y poco a poco nos fuimos pertrechando de vidas felices, de vidas que no estaban vinculadas a las voluntades de otros…eso al menos creíamos.

La libertad, ¡ay madre, la libertad! Ellos, no creo que haga falta decir quienes, los de siempre, los de toda la vida desde que el mundo es mundo y el humano es humano, aquellos que quisieron y pudieron permitirse dominar, controlar, decidir, ellos, que en cualquier momento histórico que aperturaba ese concepto a más gente, no solo a los gentiles también a los desarrapados, a los que desde la cuna hasta la sepultura les venía bien disculparse hasta por vivir, en esos momentos históricos les negaron esa posibilidad: “La libertad consiste en que yo la tenga, no que la tengas tú, o mejor, créete que la libertad es tomar cervecitas en una terraza, y mientras tú te crees eso y luchas por eso, yo hago lo que me da la gana, me quedo con mi libertad y con la tuya.Tú sigue de farra, mientras, yo vendo tu vivienda a un fondo buitre, te hago pagar por llevar a tu hijo al colegio y dejaré que te mueras en un hospital sin médicos a menos que me pagues mi negocio privado...”

Esas leyes de anteriormente he señalado, esas políticas refrendadas y hoy día pertenecientes a nuestro corpus democrático, tuvieron un inicio incierto: la derecha las votó en contra. La derecha las combatió, en la calle, en los tribunales, en cualquier foro donde pudieran hacerlo. Cuando hablo de la derecha lo hago extensivamente, no solo a los partidos que así se denominan o comportan, hablo de los poderosos, aquellos que, porque pueden, te niegan el pan y la sal, aquellos que no opinan, resuelven, y resuelven en función de sus intereses.

Hoy la gente de derecha se divorcia, aborta, tienen bodas entre personas del mismo sexo, piden ayudas de dependencia… cierto es que hay casos en los que mientras que con la boca pequeña aceptan determinados preceptos, a la hora de la verdad siguen en sus treces: hablan de sanidad pública pero intentan demostrar a base de recortes, su inoperancia, y así apoyan sus negocios privados. Hablan de educación y valores, pero por el contrario adoctrinan a nuestros hijos e hijas en sus centros privados, la mayoría sostenidos con recursos públicos ―que para eso si les parece bien la subvención―, y un largo etcétera.

Todo era más fácil, la libertad no era conquistar esos espacios de derechos, de igualdad y de solidaridad. Libertad era tomar cervezas y eso es lo que han votado en Madrid. ¡Qué más da todo lo demás!... ¡qué engaño por dios!, ¿cómo es posible caer en esa trampa? Sí, una trampa, porque una trampa debe considerarse convencer a las gentes que lo único importante es salir a tomar cañas, a comprar en comercios de multinacionales, a gastar gasolina para ir a sus segundas viviendas ―aunque éstas suelen estar en sitios como el mío donde según sus teorías no hay libertad―. Pero todo tiene un precio, y desgraciadamente, se pagará, se está pagando. La libertad  para ellos es hostigar hasta la extenuación a cualquiera persona que piense diferente. Convirtieron, en este caso, a una coleta, en el símbolo de todo lo que ellos no querían, y convencieron a muchos de lo mismo. Pero todo tiene un precio, porque amigos y amigas, créanme, la libertad no es eso, y lo saben muy bien quienes no la tenían.

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