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Soy un tipo débil, qué le voy a hacer, no lo puedo evitar. Se me encoge el corazón cada vez que veo noticias donde los niños sufren.

Soy un tipo débil, qué le voy a hacer, no lo puedo evitar. Se me encoge el corazón cada vez que veo noticias donde los niños sufren. Cuando apareció el cuerpecito de esa criaturita sobre la playa, cuando me entero que un niño pequeño cruza solo un desierto, cuando me cuentan que parece que son muchos los niños que han desaparecido en Europa desde el inicio de la crisis de Siria. Se me pone un nudo en la garganta, se me saltan las lágrimas y me da un tremendo dolor de estómago. Y me sacude un nerviosismo intenso, con un cierto tembleque, una innegable tartamudez y manos sudorosas. Y me siento una mierda porque no hago nada para evitarlo. Y me pregunto por la gente que me rodea, qué pensarán de esta situación, les dolerá igualmente, o preferirán no darse por enterados para no complicarse la vida, hacer como si estas circunstancias no existieran para no tener que dolerse. Y me interrogo, qué clase de gentes somos, a qué clase de comunidad pertenecemos, cómo es posible que vivamos tan apaciblemente, mientras a nuestro alrededor los niños pasan hambre, quedan sin hogar o directamente mueren. Nuestros idearios políticos, de izquierdas o de derechas, nuestros textos religiosos, cristianos, musulmanes o paganos, nuestros particulares códigos éticos, qué nos dicen, qué nos recomiendan, qué camino nos ofrecen.

Me avergüenza Europa, tampoco lo puedo evitar. No conozco ni una sola razón moral, política o religiosa, que justifique lo que está sucediendo. El abandono de las personas por razones económicas, culturales o de puro racismo no se sostiene sobre ningún ideario racional ni humano. Pero el abandono de los niños es ya, directamente,  un auténtico genocidio, por omisión, que atenta contra las más elementales reglas de humanidad. No es necesario ser ningún Einstein, ningún salvífico pontífice, ni ningún avezado político, para entender que la desprotección manifiesta de la infancia, que huye de la guerra, es un acto de hostilidad a nuestra propia especie. Y todo por una cuestión del puto dinero, entre otras cosas. Si la salvaguarda de miles de niños y niñas, lastrados por el pavor de la guerra, no es posible debido a una política de austeridad y equilibrio presupuestario, es hora de despedir a nuestros políticos y a nuestros contables.

Es algo sencillo, si entre la larga lista de nuestras prioridades y nuestras emergencias no están, el rescate de una infancia castigada y el esfuerzo por devolverles la sonrisa, en el primero de los lugares, la nuestra no es que sea una sociedad enferma, sino que está en coma. Sobre nosotros, como individuos, nada puedo decir. Cada uno tiene sus propios problemas, sus propias circunstancias y sus propios compromisos. Pero estoy seguro que, como personas de bien, y muchos de nosotros padres y madres de infantes y adolescentes, compartís conmigo la desazón que producen estas realidades, y os conmueve tanto sufrimiento. Quizás sea hora de que la sociedad civil se movilice. Asociaciones, peñas, hermandades, partidos, sindicatos. Esta infancia sufriente nos necesita. ¿O estamos condenados?.

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