Cuando Eleonora me dijo aquello en medio de la reunión, me hice la indiferente. Era la segunda vez que trataba de avergonzarme en público. No suelo responder ante la impertinencia ajena con otra impertinencia, sino que espero el mejor momento para afear una conducta inapropiada. Reflexiono antes de actuar. Casi siempre.
Conozco a Eleonora desde hace años. No me parece una mala persona. Nunca hemos sido amigas a pesar de compartir espacios en multitud de ocasiones. Creía que el roce había generado cierto grado de afecto; aunque, a tenor de lo que ocurre, lo que ha generado son desafectos.
Pero anoche afloraron ideas y sentimientos que me impidieron conciliar el sueño durante un buen rato. ¿Debía haberle callado la boca? ¿Hago bien al no dejarme arrastrar por las emociones ajenas? Cuando era niña, tuve que aprender a adaptarme a un nuevo país, con su idioma, sus costumbres y el carácter de sus moradores. Lo más difícil fue expresarme en un idioma con el que hablaba regular, pero con el que ni soñaba ni pensaba. Fui silenciosa y tímida porque debía traducir y encontrar las palabras, lo que me originaba mucha inseguridad y vergüenza. Pero, como supe más tarde, mi actitud y mi carácter se veían desde fuera como soberbia y engreimiento. Sigo siendo reservada. Somos lo que fuimos con variaciones goldberg a diestro y siniestro.
La envidia. Ese cristal de hielo que detiene el flujo de la razón y hace palpitar el corazón de celos y de impotencia. Eso me dijo Mateo cuando le pregunté una vez sobre el motivo de su desaparición durante meses de la escena social. No podía con ello, me dijo. Debía romper con la escarcha que lo estaba quemando por dentro y le arrebataba la única arma que le quedaba para no perderse en el dolor y en la impotencia. Se recuperó a base de distancia y de poner un puente de plata entre el hombre que amaba y él, o más bien, entre el hombre que amaba al hombre que amaba y él mismo.
La envidia. Nadie se declara envidioso. ¿Por qué debía alguien querer declararse nada? Por otra parte, ¿a quién? ¿Ante sí mismo? Tenemos envidia; luego, somos envidiosos. ¿Afecta a nuestro ser tanto como para ponerse “verde”? Dicen los neurólogos que sí, más de lo que pensamos. Es un tema fascinante si se trata no como un pecado capital, sino como un elemento evolutivo, una emoción que ha permitido al ser humano sobrevivir en un mundo social hostil.
¿Qué es mejor, envidiar o ser envidiado? Esta pregunta me la ha inspirado Sócrates cuando afirmaba que era peor ser injusto que padecer la injusticia. Yo no lo tengo tan claro. ¿He sentido envidia? Sí. Envidia sana. Me explico. La envidia es un sentimiento que padece aquella persona que, ante algo que no posee, sean posesiones materiales o cualidades físicas o mentales, sufre lo indecible. Nunca he sufrido de esa manera, pero me hubiera gustado tener un padre más allá de mis nueve años. Sigo envidiando de esa forma a quienes aún tienen al suyo. Tal vez fueron mis carencias y mi deseo de que no lo fueran, que he luchado lo indecible por lograr construirme una vida basada en mis sueños. Tal vez esa envidia sana me haya dado las fuerzas para tirar de mí a pesar de que mis circunstancias fueran difíciles y los obstáculos parecieran insalvables.
La envidia sana es un mecanismo de mejora del individuo. Ante lo que envidiamos podemos adoptar dos posturas. Emular y tratar de ser mejores por una parte y, por otra, destruir a quien nos hace vernos en el espejo de que lo querríamos ser y no somos. ¿Soy envidiada? No lo sé. Sabemos tanto del otro como de las corrientes subatómicas que se pasean por nuestro inconsciente.
Las comparaciones son odiosas y las fuerzas contraproducentes de la envidia “mala” pueden impulsar a la destrucción del individuo que despierta en los otros tal sentimiento universal. El acoso en todos los ámbitos se nutre en su fondo y forma de esas emociones larvadas y mal llevadas que, como gusanos, llevan a la corrupción del alma que se atormenta por no ser quien quisiera ser o tener lo que quisiera tener.
Después de tantos años hay recuerdos que nunca se borran y que me sirven no para almacenar rencores, sino para indagar en los motivos por los que tantas personas hacen daño a terceros que no les han hecho nada salvo existir y ser ellas mismas. Y también para entenderme y saber por qué, ante algunos ataques, no salto como una gata a arañar a quienes intentan humillarme y hacerme sentir mal.
Tal vez sea por la costumbre de recibir golpes inesperados de personas que deberían haberme protegido y querido. Tal vez sea porque siempre va a haber una Eleonora que, al verme, se le remueva algo por dentro que tal vez ni ella misma comprenda, o un amigo que desaparece para que algo tan autodestructivo como la envidia no le reconcoma el alma y lo destruya. Tal vez.
