Urgencias, la ciudad de los niños

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

Ambulancia de urgencias.
Ambulancia de urgencias.

El otro día fue uno de esos en que mi misantropía se acentuó. El lobo es un lobo para el hombre, pensé. 

El otro día fue uno de esos en que mi misantropía se acentuó. El lobo es un lobo para el hombre, pensé. Vale, puede que mi amigdalitis y los 40 grados de fiebre (a la sombra), así como el griterío de infantes y familias que convertían las urgencias de La Granja en algo así como la Ciudad de los Niños, influyeran. Les expondré mi caso.

Domingo por la tarde, después de un día convaleciente y dosis de Espidifen que te curarían de la coz de un caballo, decido mirarme la garganta en el espejo con la linterna del móvil, viendo que la automedicación no progresa adecuadamente. Cuando veo las placas de pus entiendo por qué al beber agua siento como si tragara cristales y decido ir a Urgencias. Está allí la Policía. Joder con lo de las agresiones a los médicos, pienso. Pero no, radiopatio me informa de que ha muerto un señor allí. Total, me siento y espero. Mi madre siempre dijo que era muy quejica, pero les juro que el dolor hacía pasar los minutos como horas. Imáginense las tres horas que pasé allí, cuántas serían en mi imaginación convaleciente.

Digamos que uno aguanta mejor el dolor gracias a las tácticas del cerebro, la esperanza, el positivismo y cosas así. La rabia y la mala sangre tienden a agravarlo. Porque al menos a mí me dio la sensación de que era el único enfermo entre más de una veintena de personas, exceptuando a un anciano al que su familia llevaba en silla de ruedas. Entiendo que hay males que no se traslucen al aspecto físico, pruebas importantes o lo que sea, y que puedan ser casos bastante más graves que el mío. ¿Pero será posible que allí sólo hubiera caras alegres, correteo y gritos de chiquillos, gente que en definitiva más bien parece estar en la sala de espera del dentista? No me lo trago, perdonen la misantropía.

Cuando una mujer le pregunta a otra “¿qué le pasa al mushasho?”, me entran ganas de levantar la cabeza y decirle que si estuviera bien estaría en mi casa, o esperaría al día siguiente para ir al médico de cabecera. Pero no tengo fuerzas ni para hablar. Así que comienzo a deducir que los que antes colapsaban las Urgencias del hospital son los mismos que ahora saturan las de los centros de salud. Y pontifico que el género humano no tiene remedio. Recuerdo el caso de una doctora que me contó un caso flagrante que le ocurrió en una consulta suya en Urgencias: llegó una estudiante con sangre en el dedo, diciendo que se lo había cortado con el folio con el que tomaba la lección. Así nos va.

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