Más de 700 alcaldes favorables al referéndum se manifiestan en Barcelona esgrimiendo sus varas de mando, que parecen dispuestos a usar.
Más de 700 alcaldes favorables al referéndum se manifiestan en Barcelona esgrimiendo sus varas de mando, que parecen dispuestos a usar.
Alguien dijo en su momento que ver a la Guardia Civil registrando el semanario El Vallenc en busca de papeletas del referéndum catalán era cosa inaudita fuera de las obras de Vallenc-Inclán. El gobierno español lleva un tiempo ejerciendo el rol de Ogro, el Ogro que la legalidad establecida (el documento vertebral de la misma, de hecho) le obliga a ser. Como el tirano Santos Banderas, él tampoco puede evitar ser un monstruo "cruel y vesánico", aunque quizá podía haber evitado convertirse en uno. Sin embargo, si dos no quieren, no hay esperpento. Los catalanes llevan muchos años convirtiendo sus ansias escapistas en pura poesía surrealista, salvo por lo del sentido del humor. Y es que la actual escena independentista catalana (que merece una pieza de Els Joglars, o de quien se atreva a escribirla) puede ser tildada de ópera bufa, de zarzuela costumbrista, de caricaturesca chirigota: tópicos de lo más castellano. Aquellos eruditos e historiadores que arguyen que Colón partió desde Barcelona para descubrir las Américas (suponemos que daría con el Líbano), o que Shakespeare, Leonardo da Vinci y el mismísimo Don Pelayo eran catalanes, parecieran salidos de las sátiras de Quevedo o Torres Villarroel: desde la era de los falsos cronicones no se veía nada parecido. Esos trepas que hoy copan los reformados medios de comunicación desde mediocres cargos públicos donde nunca se les vio abriendo la boca —si no era para bostezar— están siguiendo un modelo de renovación política de larga tradición en Andalucía. La dificultad de actuar, cobrar o siquiera vivir en Cataluña para los críticos del proyecto nacionalista nos recuerda aquello que decía Popper sobre la sociedad abierta y cerrada; si tuvo a la Inquisición española en mente, nunca se imaginó cuál sería su último descendiente peninsular. ¿Y qué hay más español que la irreverencia hacia el imperio de la ley? ¿Qué mejor ilustración de la misma que un presidente autonómico llamando a acosar a los alcaldes de su territorio, o, por remontarnos un poco más atrás, un diputado amenazando a un ciudadano (banquero) en el Parlament, con una zapatilla en la mano? Nos quejaremos de ello, pero nuestro arquetipo más notorio es el del pícaro, y vaya si no lo son aquellos terroristas contra el bienestar que han encontrado su única salida decorosa en la perspectiva del martirio: como el Lazarillo de Tormes,  guían a ciegos a los que han robado hasta las migajas de la barba. Y no hablemos de la aciaga suerte de la dinastía emérita, cuyos excesos y ocultismos (pregunten por la meiga Adelina), dignos de los mejores Austrias, empañan la memoria una clase intelectual y política que se presenta como la puerta histórica de los avances modernos, europeos e ilustrados. ¿En el país de los ciegos el tuerto es rey? Quizás sean éstas, y no la racanería económica ni una impostada contrahistoria, las razones por las que se podría dirimir la futura relación dels Països Catalans con la Corona: uno no puede evitar sus condicionantes culturales y resulta que, cuando los catalanes decidieron hacer algo por ellos mismos, les salió el sainete más pajarero de nuestro siglo. Estos días, Cataluña y España, enfrentadas en casi todo, colaboran en la tragicomedia que tienen en común. En este tiempo de profetas e iluminados, quizá lo más clarividente sea aquel poema de Joaquín Bartrina (1850-1880), que, como catalán que era, debía de saber de lo que hablaba:

Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del sol; si os alaba Inglaterra, será inglés, si os habla mal de Prusia, es un francés, y si habla mal de España, es español.

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