Los temidos grupos de Whatsapp.
Los temidos grupos de Whatsapp.

Lo primero que aprendes cuando entras a formar parte de los hombres por la igualdad es que “el silencio nos hace cómplices”. Al principio, lo ves como un acertado eslogan, pero poco a poco se convierte en un ideal que trasciende del feminismo hacia todos los otros ámbitos de tu vida: no más silencio.

Los grupos de WhatsApp que nos inundan el móvil son mayoritariamente superficiales, grupos creados con objetivos pragmáticos, de compañeros de trabajo, de padres del cole, de vecinos, de hermandades, de clubs deportivos… grupos donde no suelen haber conversaciones y sí información sobre temas específicos, aunque en muchas ocasiones están abiertos a reenviar chistes, bromas, vídeos… No obstante, parecía existir una especie de acuerdo no escrito en el que las cuestiones ideológicas estaban mal vistas, porque podían levantar suspicacias y enfrentamientos estropeando el motivo de la existencia del grupo. Generalmente nadie rompía ese acuerdo. Aunque alguna vez alguien reenviaba al grupo un meme con un claro componente ideológico o invitaba a firmar una reivindicación, todo el mundo lo veía y permanecía más o menos en silencio, porque era algo ocasional, y nadie quería marcarse, o discutir, o hacerse notar.

Sin embargo, en esta crisis sanitaria, es obvio que alguien descubrió el enorme potencial de WhatsApp para llegar y agitar a toda la ciudadanía, no solo a la minoría interesada en política que a diario se indigna y enfrenta en Twitter. Así que, en pocos días, en casi todos los grupos de WhatsApp surgieron una, dos, tres personas, que poco a poco empezaron a reenviar memes, vídeos, comentarios… todos con el mismo ideario: ponerte en duda la realidad y los datos, hacerte dudar de toda la información disponible y convencerte después de que la anécdota es la verdadera información.

Con la anécdota puedo poner en duda que la tierra es redonda, que el hombre pisó la luna, que nos estemos cargando el planeta, que las vacunas sean necesarias o que exista una pandemia. Siempre existirá un video que te explique una excepción, un detalle no explicado, un científico discrepante, una persona que no se vacunó, o una persona que no se infectó. Los números, los datos, los expertos, los gobiernos, la OMS, la estadística, todo es mentira, y ante tanta falsedad, la verdad está únicamente en el audio o el video que te envía alguien conocido de WhatsApp, con la anécdota interesadamente seleccionada.

Esas anécdotas llegan estos días, en uno u otro formato, a todo el mundo, porque pocas personas no están en un grupo de WhatsApp. ¿Y qué hacemos? Callarnos. Por no molestar, por no discutir, por no marcarnos, porque no es lugar… Y ellos, ante nuestro silencio, siguen enviando un video cada día, incluso dos, sin inmutarse, sin apenas opinar. El grupo no replica. Poco a poco el mensaje va calando y la gente más receptiva se hace eco de la anécdota, y muestras sus aplausos, su comprensión, su indignación, quizás reenvían a otros grupos, aumentando la propagación. Tendría que contrarrestar, pero ¿Por qué marcarme ante desconocidos? Y el virus ideológico se va transmitiendo ante nuestro silencio, con mayor velocidad que la Covid-19.

Alguien, quizás también concienciado con que ‘el silencio nos hace cómplices’, decide educadamente preguntar, rebatir, argumentar, aclarar. En todos los casos vistos estos días, distintos grupos, distintos emisores, nunca el provocador admite debate o discusión, siempre da la misma contestación: acusa al oponente de ir contra él, de ser un intolerante, de coartar su libertad de expresión. Y el grupo, siempre buenista y equidistante, llama a la calma, no pelearse, no molestar. Haya paz.

Así que si pones en duda hoy cualquier mensaje populista, antipolítico e intolerante, en un grupo WhatsApp, serás tú el acusado de intolerante, no el mensaje. Pero aún así, tenemos que preguntar, argumentar, debatir, llamar a la razón en todos los grupos. Puede que así haya algún receptor del Whattsap populista que, ante nuestro razonamiento, se lo plantee algo más antes de darle a ‘redistribuir’. Y nuestro adversario ideológico en el grupo, en muchas ocasiones inconsciente de ser un eslabón de esa cadena premeditada y dirigida, puede que se piense si enviar en este grupo el próximo envite, porque sabe que hay alguien ‘tan intolerante’ que le pedirá argumentar o incluso razonar. Es poca cosa, pero el silencio nos hace cómplices de la extensión de ese virus ideológico de la sinrazón que podría ser letal para una sociedad libre.

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