¿Un jefe de Estado que negocia con armas de guerra?

Cristóbal Orellana.

Cristóbal Orellana

Licenciado en Filosofía (US), Diplomado en Geografía e Historia (UNED), Máster en Archivística (US), Máster en Cultura de Paz y Conflictos (UCA), de profesión archivero, de militancia pacifista, de vocación libertario, pasajero de un mundo a la deriva.

El rey Juan Carlos I, en una imagen de archivo.
El rey Juan Carlos I, en una imagen de archivo.

El periódico Público ha sacado a la luz una investigación en la que se revela que el rey Juan Carlos I se ha lucrado con el comercio de armas relacionado con Arabia Saudí y otros países. Esta noticia viene a sumarse a otras, relativas a la fraudulenta fortuna del rey Juan Carlos I, sus deudas a Hacienda, etc., que ponen en tela de juicio no ya lo que ha hecho la Casa Real durante 40 años en este sentido, sino también lo que el régimen democrático ha permitido hacer a los reyes durante ese tiempo, mirando hacia otro lado y, en estos momentos, torpedeando las iniciativas parlamentarias que piden a voz en grito investigar estas cuestiones tan graves (cuentas en paraísos fiscales, ocultamiento a Hacienda…).

Así que en este país no se puede pedir un referéndum casi de nada, pero sí se puede desde la jefatura del Estado, amparada en una inviolabilidad medieval por gracia divina, implicarse en el comercio o tráfico de armas internacional para sacar tajadas millonarias… ¡Vaya! Pero reflexionemos con un poco de calma, porque la gravedad del caso es total.

Y lo es porque cuando un jefe de Estado se lucra personalmente con el comercio de armas de guerra, lo que está haciendo es poner, por razones obvias, como aval a su propio país. Nos está comprometiendo a todos en negocios que no solo le enriquecen a él, sino que nos pone en riesgo como país, ya que él se convierte en rehén político de los agraciados (sean compradores o fabricantes o vendedores o intermediarios de ventas de armas de guerra). El rey Juan Carlos I ha conseguido que Navantia haga en España toda una flota de guerra para Arabia Saudí más una base naval, es decir, ha conseguido que el Estado español se vea militarmente implicado hasta la médula en el avispero del Golfo Pérsico.

A este rey, que sigue fugado en Arabia Saudí, le da igual todo, le da igual la seguridad y la paz de España, solo piensa en forrarse, presuntamente. Un rey, una Casa Real, que tiene a día de hoy dos cargos públicos de enorme trascendencia: la jefatura de Estado y la jefatura suprema de las FAS… y que, sin el más mínimo temor, ha usado esos dos cargos para enriquecerse personalmente y comprometer la neutralidad y la seguridad de su país.

Pero todos sabemos que si ha hecho eso durante años, lo ha hecho con el beneplácito del estado español y de los sucesivos gobiernos de España; y que, precisamente, la razón de que el PP y el PSOE se dediquen a cubrirle ahora las espaldas es porque en su momento sabían perfectamente del asunto y guardaban discreción… es decir, le estaban encargando al rey ese trabajo de estado a cambio de suculentas tajadas, supuestamente. Es imposible que el rey Juan Carlos haya cometido, supuestamente, tales delitos sin que el aparato del estado lo supiera y lo consintiera. Es decir, Juan Carlos I ha actuado no en solitario, sino de la mano de los intereses del Estado español y sus más altas instituciones, amen de ciertas fábricas y compradores de armas. En definitiva, la situación es que el estado español, a cambio de dinero, supuestamente, encargó al rey Juan Carlos mediaciones, corredurías y favoritismos del que él se lucraba a cambio de posicionar a España en la parrilla de países con alguna influencia en la OPEP.

Últimamente, el encargo de cinco grandes barcos de guerra a Navantia y la construcción en Arabia Saudí (un país en dictadura y en guerra con Yemen) de una base naval en Yeda eran colosales negocios (alrededor de 2.000 millones de euros) del estado español que venían a coronar una labor diplomática (llamémosla así, como lo han hecho los medios de desinformación de este país durante años) de la Casa Real en esta cuestión.

España en el ojo del huracán, es decir, en el avispero del Golfo Pérsico, con un intermediario, el rey Juan Carlos I, que se ha lucrado del asunto al parecer lo indecible… La política Exterior y de Defensa en manos de comerciantes de armas y comisionistas. Vaya situación. ¿Y la ciudadanía debe consentir este bestial estado de cosas?. Porque la degradación democrática que estos gravísimos hechos suponen es total. Los jueces, la prensa, el parlamento, la ciudadanía, todos están concernidos ante esta cuestión en la que la Casa Real es la punta del iceberg. El militarismo más desbocado, a través de un entrañable cazador de elefantes, se ha comido a España.

¿Cómo desenredar esta endiablada madeja de fraudulencias, militarismo y desnortamiento que el PSOE y el PP han permitido?. El actual rey hijo del fugado, que también ha participado en fortalecer las relaciones España-Arabia Saudí, debe abdicar la corona en el Estado español; deben cancelarse inmediatamente los contratos de armas de guerra con Arabia Saudí; hay que iniciar un nuevo proceso constituyente; y hay que llamar a las urnas al pueblo español para elegir un presidente de la III República Española. No hay otro camino. Porque el nivel de corrupción política, económica e institucional —más que Transición modélica hemos dado a la luz una modélica cultura del pelotazo— sobrepasa ya todos los límites. Un parlamento que se niega a investigar estas cuestiones es un parlamento muerto, un pelele de intereses ocultos que los españoles no han votado.

Si no ocurre nada, si se vuelve a echar arena encima de esta cuestión como hasta ahora se han protegido las truculencias de la Casa Real, entonces nos quedaremos atrapados en un formato de monarquía parlamentaria bananera que nos traerá más consecuencias nefastas, como, por citar dos de ellas, la imposibilidad de desarrollar el estado de las autonomías como el problema territorial requiere (desde hace tiempo), y el riesgo de vernos implicados en conflagraciones militares internacionales en el contexto del Golfo Pérsico.

Depende de que caiga ya de una vez por todas esta surrealista y peligrosa Casa Real para que el país abandone la situación de gravísima degradación institucional en que nos encontramos varados desde hace unos cuantos años de corrupción desatada, sangrante precariedad laboral y recortes sociales. No hay otro camino, debido a la gravedad extrema del conjunto de la situación, que optar por un nuevo proceso constituyente, soltando el peligroso lastre de una Casa Real que se dedica a lo que se dedica… A no ser que algunos, esos que alardean de demócratas y de Transición modélica galáctica, logren enterrar este definitivo reportaje del periódico Público en una fosa con cal.

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