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Sigo encontrando libros maravillosos. Ahora ha sido en el mercadillo de la Alameda Vieja: La montaña de los siete círculos, de Thomas Merton. Además de gran escritor y poeta, Merton es uno de los maestros espirituales del siglo XX. Yo había leído su obra Ishi —me la regalaron una Navidad, hace 30 años—, una profunda reflexión sobre el indígena americano y la integridad de sus valores frente a la degradación moral de quienes invadieron su tierra movidos por la fiebre del oro, en la centuria decimonona. Un libro que me marcó. Luego encontré referencias y citas de su autor en importantes pensadores que admiro. La providencia ha querido que el pasado domingo, justo cuando se cumplían 49 años de su muerte, acaecida el 10 de diciembre de 1968 en Bangkok (Tailandia), adonde había acudido a dar una conferencia—, venga a mis manos este volumen donde cuenta su vida, desde que nació en Prades (Francia) el 31 de enero de 1915, hasta su ingreso en la clausura silenciosa del monasterio trapense de Getsemaní, en Kentucky.

La montaña de los siete círculos narra la infancia y juventud de su autor, marcada por el pronto fallecimiento de la madre, que había querido darle una educación libre para que se formase como espíritu independiente, y por los distintos traslados de residencia por varios países. Años después fallece su padre, cuando estaba alcanzando un merecido reconocimiento como pintor. Su época de estudiante en Cambridge estuvo sacudida por excesos y desórdenes que motivaron su descrédito ante su tutor, quien ya no ve viable que continúe su preparación para la carrera diplomática. Se traslada a Estados Unidos y prosigue la formación en la Universidad de Columbia. Lo que deseaba entonces era convertirse en escritor. Desde su ateísmo inicial, influido por una visión negativa de la Iglesia Católica —característica del contexto cultural protestante—, pasa a descubrir la verdad precisamente en el catolicismo. La narración de este proceso interior resulta especialmente interesante. Me ha subyugado de tal manera que he devorado el libro.

Thomas Merton es un místico, apasionado del silencio y la contemplación. Pero también un activista social: pacifista, antirracista, partidario del diálogo interreligioso. Un literato, conocedor de los más audaces creadores de su tiempo —en poesía, sintió predilección por García Lorca—, pero cuya inquietud espiritual le lleva a profundizar en los más edificantes autores de la cristiandad, entre los que destaca a San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús. Políglota, su consideración acerca de la lengua española no se anda con tapujos: “Después del latín, me parece que no hay lengua tan apropiada para la oración y para hablar de Dios como el español, pues es una lengua a la vez fuerte y ágil, tiene su precisión, tiene en sí la cualidad del acero, que le da la exactitud que necesita el verdadero misticismo y, empero, es suave, también, gentil y flexible, lo que requiere la devoción, es cortés, suplicante y galante; se presta, de modo sorprendente, muy poco a la sentimentalidad. Tiene algo de la intelectualidad del francés, pero no la frialdad que la intelectualidad toma en el francés; nunca desborda en las melodías femeninas del italiano. El español no es nunca un idioma débil, nunca flojo, aun en los labios de una mujer”.

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