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La moraleja de este relato es que nunca se puede enaltecer a los violentos, ni justificar ni encubrir una actitud violenta, porque a la larga, si no se para esta lacra, siempre la ferocidad irá a peor y arrastrará a males mayores.

Como se acerca la Navidad voy a contar un cuento:

Un muchacho joven, llamémosle Ramiro, estaba celebrando una macro fiesta junto con otros cientos de colegas, donde corría  el alcohol y sustancias estimulantes, dentro de un edificio ocupado, en el centro de una gran ciudad. Los amplificadores de alta fidelidad elevaban los decibelios a la máxima potencia. Los saltos de la gente retumbaban el edificio, aunque su resonancia quedaba enmudecida  por los gritos desbordantes de entusiasmo de una muchedumbre que acompañaba a una melodía chirriante, envolviendo  con su tono ensordecedor el ambiente. Los vecinos no podían dormir. Algunos de ellos se atrevieron a llamar al timbre y  se quejaron sin éxito del ruido a los organizadores de la juerga. No le hicieron caso. Lo único que les ofrecieron era sumarse al jolgorio, por lo que optaron por denunciar los hechos  a la policía municipal. Varias patrullas llegaron al rato y la autoridad dio orden de bajar la música y de que se dispersase la marea humana que inundaba el inmueble y sus alrededores. Los presentes se opusieron  y se encararon con los agentes. Ante esta negativa y las colas de un gentío que quería participar en el fiestón, los guardias se vieron forzados a utilizar el material antidisturbios. A Ramiro le molestó la interrupción de su divertimento y, enardecido por el alcohol, se enfrentó a ellos con objeto de repeler la carga policial, lanzándoles piedras. Lo hizo con tanta rabia y puntería que una de ellas impactó en la cabeza de un municipal. Éste cayó al suelo y se lesionó la médula espinal que le postraría en una silla de ruedas para toda la vida, al quedar tetrapléjico. 

Inmediatamente, Ramiro es detenido y, como consecuencia de ello, tras dos instancias judiciales, es condenado a cinco años de cárcel, de los que sólo cumple dos. Al salir en libertad condicional, prepara una campaña para limpiar su pasado y, obviando su acción violenta, difunde que todo fue un montaje policial, ya que fue apresado exclusivamente por motivos racistas e, incluso, llega a acusar sin pruebas de haber sido víctima de torturas. El colectivo ocupa lo arropa y lo promociona, a fin de que imparta conferencias, y, así, propagar su inocencia. Estas charlas tienen tanto éxito que incluso le invitan a dar disertaciones en universidades, donde siempre cuestiona la actuación policial. Para dar más verosimilitud a su honradez, consigue que le patrocinen un documental y monta una versión de los hechos radicalmente parcial, con ayuda y complicidad de familiares y amigos, desprestigiando a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. Este reportaje es emitido por televisión e, incluso, gana varios premios, logrando, de ese modo, que la figura de Ramiro se ensalce como si fuera un mártir y se le rehabilite socialmente. 

La moraleja de este relato es que nunca se puede enaltecer a los violentos, ni justificar ni encubrir una actitud violenta, porque a la larga, si no se para esta lacra, siempre la ferocidad irá a peor y arrastrará a males mayores

Ramiro, enorgullecido por tanta propaganda a su favor, se siente un héroe y busca venganza por los años pasados entre rejas. Encuentra en un bar a un hombre que representa lo que más aborrece, pues porta un símbolo del país que le da acogida. Lo ataca por la espalda con una barra de hierro, fracturándole el cráneo, y, cuando éste se desploma, lo remata en el suelo a base de patadas y puñetazos, rompiéndole la nariz y los huesos de la cara.

Dado que se acerca la Navidad, daré una segunda versión del cuento más apropiada y dulce para estas fechas. Ramiro, después de sufrir la prisión, se arrepiente porque nadie cree sus mentiras sobre las torturas sufridas y, además, porque sus amigos, que conocen su actitud agresiva y que le han visto cómo lanzaba las piedras a la policía,  le sugieren que haga terapia para calmar su estrés. Él sigue el tratamiento y se convierte en un hombre feliz, en paz consigo mismo y con el mundo.

La moraleja de este relato es que nunca se puede enaltecer a los violentos, ni justificar ni encubrir una actitud violenta, porque a la larga, si no se para esta lacra, siempre la ferocidad irá a peor y arrastrará a males mayores. Además, el mejor amigo de cualquiera es el que dice la verdad, aunque duela. 

Toda sociedad democrática debe impedir cualquier atisbo de violencia en todas sus manifestaciones, pues la convivencia es la única base donde se pueden confrontar todas las ideas en paz, lo cual garantiza la libertad de expresión y la pluralidad. Si se evita el miedo que genera la amenaza de la fuerza ilegítima, las opiniones no tendrán ataduras y la tolerancia dará paso a una sociedad en la que el pueblo será realmente soberano.



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