Amancio Ortega
Amancio Ortega

Nos hemos acostumbrado a ser egoístas, a no ceder el asiento en el autobús y a no compartir el desayuno con el compañero que no tiene.

Ayer por la tarde, en un programa de televisión, volvían a plantear el clásico dilema del tranvía de Philippa Foot: “Un tranvía descontrolado avanza por una vía en la que se encuentran atadas cinco personas. En tus manos está la palanca para cambiar la vía, pero en el raíl alternativo se encuentra atada otra persona. ¿Cambiarías el sentido del raíl para salvar a cinco personas aunque te costase sacrificar una vida?”. Los encuestados manifestaban una posición rotunda. Todos sacrificarían a esa persona por salvar a las otras cinco. La respuesta variaba radicalmente cuando, en la segunda parte de la pregunta, se matizaba que esa persona era un familiar. En esa nueva hipótesis las otras personas, aun siendo más, ya no parecían ser tan importantes.

En nuestros días, la ética se ha convertido en un juego difícil. Tarde o temprano, cada cual intenta barrer para su casa, y si a alguien le da por ayudar al prójimo se le mira con suspicacia y se le señala con el dedo. Por desgracia, nos hemos acostumbrado a ser egoístas, a no ceder el asiento en el autobús y a no compartir el desayuno con el compañero que no tiene. Tal es así, que esas conductas, llamadas irónicamente humanas, se nos muestran como actos casi heroicos y no como el fruto del comportamiento natural y la buena educación.

Después de este sermón tan moralista, volvamos al experimento del tranvía. Modificaré un poco la cuestión para hacerla más actual. Imaginemos pues el mismo tranvía descontrolado por su raíl y un buen hombre, un ciudadano ejemplar, con la palanca salvadora en sus manos. En el carril de la izquierda hay una persona maltrecha sobre la vía, en el de la derecha mil niños explotados cosiendo ropa. ¿Qué solución sería más ética? Rápido, que cada cual tome su decisión.

Ahora, como en el caso del principio, subamos un punto el dramatismo de la hipótesis. Supongamos que esa única persona, a la que llamaremos, por ejemplo, Sistema Sanitario Español, se encuentra moribunda sobre la vía porque ese buen hombre, y otros muchos como él, la han pateado sin piedad hasta dejarla sin sentido, la han humillado y le han robado lo poco que tenía.

Dejemos unos minutos para la reflexión individual.

Espero que cada uno haya seguido los dictados de su razón y haya decidido en consecuencia. Ahora que ya han tomado parte en el asunto, les contaré como actuó el protagonista principal de nuestra historia: Sin dilación tomó la palanca y acudió al rescate del ciudadano desvalido, de poco le importó la vida de los niños, lo más justo era salvar a esa persona. Después de patearle fuerte la entrepierna y robarle más de 600 millones en un año, en un alarde de altruismo, la agarró por los hombros y le devolvió 320. La persona solitaria, a punto de desfallecer, consideró oportuno que ese acto tan heroico no podía quedar sin recompensa y le devolvió 107. Nuestro héroe, con el corazón lleno de orgullo y la cartera rebosante de millones se volvió entonces al carril de su derecha y, con la mirada hueca, siguió amarrando niños a la vía.



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