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Al salir del Alcázar más que decepcionados, cabreados, el calor seguía siendo sofocante a pesar de la noche, y el olor a podrido seguía inundando la ciudad. 

El viernes por la mañana me recordaron que a la noche habría flamenco en Jerez, con motivo de la Fiesta de la Bulería. Segunda jornada, en la que artistas de Jerez, Cádiz ("Cai" ponía en la entrada) y Los Puertos rendirían homenaje al nunca suficientemente llorado Camarón ("Gambeta" según escribieron sin rubor en algún diario nacionalista de "els Països Catalans"). No pintaba nada mal, a pesar de que el cartel era poco atractivo —por decirlo suavemente— y de que las entradas se vendían a 20 eurazos.

Pero lo que se percibía en el ambiente era un cierto olor a podrido, en medio de un calor bochornoso. Estábamos en la Alameda Cristina y de una pocetilla rezumaba agua pestilente. El encargado de uno de los bares de la zona en el que tomábamos café preguntó si alguien sabía el número de teléfono del Ayuntamiento, para dar el correspondiente parte. Pero el caso era acertar con la sección municipal responsable de los efluvios hediondos. Los más se inclinaban por llamar a Medio Ambiente, aunque al final alguien —una conocida figura del flamenco, cuyo nombre me reservo— dijo en voz alta y tal vez con cierta sorna, aunque de esto último no estoy completamente seguro: ¡que llamen a Cultura!

A lo largo del día pudimos comprobar que el olor nauseabundo emanaba de muchas otras pocetillas del centro de la ciudad. "Suele suceder cuando se barrunta tormenta tras de tantos días de calor sofocante", dijo nuestro amigo Paco como buscando una explicación. Efectivamente el día se había ido nublando, lo que acentuaba la sensación de bochorno y abría la posibilidad de que estallara la tormenta, lo que entre otras cosas habría supuesto la supresión del espectáculo flamenco que debía empezar a eso de las diez de la noche en el Patio de San Fernando de nuestro bonito Alcázar.

Pero no hubo suerte y la tormenta no estalló para refrescar el ambiente... y para ahorrarnos el bochorno de un espectáculo indigno de una Fiesta de la Bulería que este año celebra su 50 edición. Indigno al menos en sus primeros compases, pues decidimos marcharnos tras algo más de una hora de pasar vergüenza ajena pensando sobre todo en los centenares de personas que desde otras partes de España y del mundo se desplazan estos días hasta Jerez —cuna del cante— para escuchar cante grande, flamenco de verdad. Porque aficionados de la ciudad habíamos bastante pocos, la verdad.

Pues eso, que no hubo suerte y finalmente la tormenta no estalló. Y al salir del Alcázar más que decepcionados, cabreados, el calor seguía siendo sofocante a pesar de la noche, y el olor a podrido seguía inundando la ciudad. Mas, entonces, en nuestros pensamientos cobraron sentido aquellas palabras —ahora entendíamos que premonitorias— que un conocido aficionado al flamenco dijera aquella misma mañana en referencia al olor pestilente que emanaba de las alcantarillas: ¡Que llamen a Cultura!

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