Hasta en las guerras más crueles y estúpidas hay reglas..., aunque obviamente sólo existen para ser vilipendiadas y poder vencer al enemigo por el efecto sorpresa: ciudades que se pasaban a cuchillo cuando se rendían con un roído paño blanco, camilleros de la Cruz Roja asesinados por la espalda al borde de una trinchera o la masacre indiscriminada de prisioneros cuando escaseaba la comida o la razón. Esta gratuita maldad, aunque parezca algo ya muy distante, apareció el otro día en los aledaños del Calderón..., y seguirá apareciendo hasta el fin del hombre en la Tierra.

Los energúmenos de la semana pasada, por lo visto, habían establecido una serie de leyes para el combate campal que tenían previsto llevar a cabo en las cercanías del estadio de fútbol: el comienzo de la barbarie sería anunciada con la detonación de unos petardos..., y nada de armas blancas durante dicha pelea. Nos quedó claro que no se cumplió la segunda regla ya que aparecieron incluso katanas y puñales..., anunciando a los cuatro vientos que el hombre está más cerca de las bestias de lo que pensamos porque nadie -salvo que sea un salvaje o no se encuentre en su sano juicio- queda para verse con la muerte..., a menos que, claro está, haya dinero de por medio o el más enconado deber de venganza; razones que en estos becerros se encuentran a flor de piel. Lo digo por experiencia.

Aún recuerdo mis travesías a los campos de fútbol de media España por el cariño a unos colores; por el miedo de quedarme recluido otra semana más en las fronteras de mi barrio y el gusto de tener algo que contar el lunes a los compañeros de mi instituto..., unos viajes plagados de historias que rayaban lo absurdo como cuando esos xerecistas -que se pensaban más xerecistas que nadie por defender unos colores a base de histeria- robaron varios jamones en una venta manchega camino a Gijón; como cuando corrían detrás de los cadistas por los llanos de Chapín por el simple hecho de que defendieran el amarillo o se peleaban entre ellos en las gradas de nuestro propio estado por cualquier niñería. Miles de leyendas negras que han llegado a su fin gracias al exterminio de un club..., porque no olvidemos que los propios clubes durante décadas han fomentado y ayudado a sus perros de presa que ladraban con los cánticos de la afición rival; clubes que pagaban el autobús a estos muchachos que, por algún extraño motivo, creían que la elástica de su equipo era el estandarte militar que debían de defender con uñas y dientes... De hecho, pensándolo bien, pondría a cada uno de estos ultras a defender nuestra valiosa isla de Perejil..., no habría gusarapo ni atún que se atreviera a asomar el morrillo por sus costas tan ricas en piedras y algas podridas.

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