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A veces la coincidencia nos supera, tanto que cuesta creer que no haya mediado la mano del hombre en su decurso.

Samuel Langhorne Clemens nació en Misuri, Florida, el 30 de noviembre de 1835. Hace justo 182 años. Quizás su nombre real no le diga demasiado pero las aventuras que parieron sus manos le serán de sobra conocidas. ¿Quién no ha vibrado en la piel de papel de Tom Sawyer o Huckleberry Finn? Pues su padre, más conocido como Mark Twain, vio la luz entonces, en 1835. Ese mismo año pasó cerca de la Tierra el cometa Halley. Curiosamente, no volvimos a ver su estela hasta 1910. El año en que murió Mark Twain.

Las casualidades son así. Una combinación imprevista de circunstancias imposible de prever o evitar que no se debe a una necesidad natural ni a una intervención intencionada. Estos sucesos imprevistos, casuales, a veces nos dejan sin aliento. Como por ejemplo el relacionado con Tamerlán, descendiente del gran conquistador Genghis Khan, en el siglo IV. En junio de 1941, los arqueólogos rusos que abrieron su tumba hallaron una inscripción que condenaba a una gran invasión a aquellos que osaran profanarla. Dos días más tarde, las tropas hitlerianas invadieron la URSS. 

El 22 de junio de 2000, la compañía británica Eidos Interactive —hoy en poder de la japonesa Square Enix— lanzó un videojuego para ordenador llamado Deus Ex. La historia se desarrollaba en 2050, enclavada en un futuro distópico con aire retro ciberpunk. El caso es que se ambientaba en una ciudad de Nueva York en la que, para pasmo hoy de muchos, un atentado terrorista había acabado con las emblemáticas Torres Gemelas. Probablemente se trataría de una maniobra para ahorrar costes en la recreación de la urbe pero lo cierto es que apenas un año más tarde de su salida al mercado, las verdaderas torres fueron abatidas.

En ocasiones la casualidad acecha de un modo tan espeluznante que cuesta hallar un ápice de explicación lógica. Que se lo digan al bueno de Hugh Williams, superviviente de tres naufragios distintos entre mediados del siglo XVII y comienzos del XIX. No es que el señor Williams viviese además más de centuria y media para contarlo, sino que curiosamente tres hombres llamados así fueron los únicos sobrevivientes de tres hundimientos diferentes en el Estrecho de Menai, en las costas de Gales: en 1664, 1785 y 1820. Si algo hemos de sacar en claro de esta casualidad histórica es que nunca, bajo ningún concepto, debemos montar en barco con alguien llamado Hugh Williams… o ya sabemos el destino que nos espera. 

A veces la coincidencia nos supera, tanto que cuesta creer que no haya mediado la mano del hombre en su decurso. O la de alguien con más caché intergaláctico. Yo sigo dándole vueltas al bueno de Twain y a su conexión astronómica. Quizás el cometa trajo a la Tierra al inmortal escritor americano y lo hizo solo en forma de préstamo. Puede que tuviera ya planeado el siguiente destino para El príncipe y el mendigo; tal vez otro planeta, otro cuerpo celeste, otra bola de rocas, hielo y polvo. Quién sabe si en un punto lejano del sistema solar se está escribiendo en estos momentos otro yanqui en la corte del Rey Arturo. Puede que el firmamento nos devuelva algo de lo que un día se llevó con él. En 2062, Halley vuelve a pasar. 

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