Turismofobia y pateras

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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En este país de los dos extremos, dos estampas contrapuestas me llaman la atención.

En este país de los dos extremos, dos estampas contrapuestas me llaman la atención: de la invasión de hordas extranjeras en Benidorm, Barcelona o Ibiza a la llegada en patera de 20 desgraciados marroquíes a las costas de Zahara. Y claro, mientras lo primero alienta la turismofobia, esa palabra nueva que pronto tendrá que aceptar si ya no lo está la Real Academia de los “iros” —nunca mejor dicho—, lo segundo lleva a esa hipocresía tan neoburguesa de “qué tragedia, Dios mío”, mientras el móvil encuadra un perfecto selfie playero para demostrar aquello de yo pasaba por allí, lo juro por la funda de mis Rayban.

Sobre la turismofobia se ha escrito tanto que poco me queda por decir más que lo evidente: ni estoy a favor de que nos colonicen a mansalva los extranjeros, con los problemas que todos sabemos que trae aparejado este fenómeno como la carestía de viviendas o el vandalismo, por ejemplo, ni tampoco me puedo posicionar a favor de quienes actúan como delincuentes para espantarlos, cayendo en la trampa que denuncian.

En cuanto a lo de las pateras, es la clara imagen de la decadencia de Occidente. No hay más que ver la cara de los bañistas que pasan por allí, sin apenas inmutarse, para darse cuenta de la nula importancia que damos al problema. Instalados en nuestras tumbonas y tostándonos al sol, reconozcámoslo, no vemos más allá de una mera anécdota ver aparecer por nuestras costas a veinte inmigrantes en una neumática que acaban de escapar de una muerte fácil y ahora lo hacen de la Guardia Civil. Nuestro posicionamiento, nulo. Mirar hacia otro lado. No los ayudamos, pero tampoco los detenemos. Amparados en nuestras confortables leyes, dejamos que otros hagan el trabajo sucio por nosotros y ni nos despeinamos viendo correr como alma que lleva el diablo a estos pobres desgraciados. “Maripili, pobrecitos, no veas cómo salieron de la playa; te dejo que se me ha metido una mota de arena en el ojo”. El toque de aventura del asueto estival, la sal y la pimienta ideal para sazonar las conversaciones de trabajo posveraniegas. Pero en fin, no dejen que este amargado articulista les amargue, valga la redundancia, lo que les queda de verano. Que para eso está ya el jefe, o peor, la ausencia de trabajo.

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