Trump, durante la rueda de prensa de este sábado 3 de enero.
Trump, durante la rueda de prensa de este sábado 3 de enero.

La amenaza que supone Donald Trump para la paz mundial no puede analizarse de forma aislada. Trump es un peligro en sí mismo, pero lo es aún más por el silencio, la connivencia y la sumisión de buena parte de los gobiernos occidentales, entre ellos el de España. La combinación de un liderazgo imperial sin control y unas élites políticas incapaces de plantar cara a la guerra nos sitúa ante un escenario extremadamente grave.

Trump ha demostrado sobradamente que no cree en el derecho internacional, que desprecia las instituciones multilaterales y que entiende la política exterior como un ejercicio de fuerza, chantaje y dominación. No existen contrapesos reales que frenen sus impulsos. Ni las instituciones estadounidenses, ni los organismos internacionales, ni los equilibrios diplomáticos tradicionales están hoy en condiciones de contener una escalada que puede desembocar en conflictos de enorme magnitud.

Pero lo verdaderamente incomprensible —y criminalmente irresponsable— es la posición que mantienen la derecha y la extrema derecha, que no solo justifican este modelo de poder, sino que lo celebran. PP y Vox se alinean sin matices con la estrategia belicista de Estados Unidos, normalizan la escalada militar y alimentan un discurso de confrontación que nos acerca peligrosamente a la guerra. Para ellos, la paz nunca ha sido una prioridad; la obediencia al bloque militar y los intereses económicos pesan más que la vida humana.

Más grave aún es el papel del PSOE al frente del Gobierno de España. Un gobierno que se autodefine como progresista no puede sostener una política exterior subordinada, ambigua y cobarde. No puede hablar de paz mientras avala el aumento del gasto militar, el envío de armamento y el alineamiento acrítico con estrategias que ponen al mundo al borde del abismo. No basta con declaraciones retóricas ni con gestos simbólicos: la neutralidad ante la guerra es complicidad.

Esta postura la pagaremos caro. Muy caro.

La pagaremos en forma de más guerras, más desplazamientos forzados, más hambre y más muerte. Y la pagaremos, literalmente, con vidas humanas. Pensar que Europa, que España o que nuestras ciudades están a salvo es una ilusión peligrosa. Nadie está a salvo en un mundo que normaliza la guerra como herramienta política.

La historia demuestra que las guerras no se quedan lejos, que los conflictos se expanden y que las decisiones tomadas hoy desde despachos cómodos acaban golpeando mañana a la gente común. Callar ahora es aceptar que otros decidan quién vive y quién muere.

Frente a Trump, frente a la derecha belicista y frente a la tibieza del Gobierno español, es imprescindible levantar una voz clara y firme: no a la guerra, no a la sumisión, sí a la paz y al derecho internacional. La defensa de la vida, de la soberanía de los pueblos y de la paz mundial no admite medias tintas.

Porque cuando llegue el desastre, ya será demasiado tarde para decir que no lo vimos venir.

Trump no es solo un problema para Estados Unidos. Es un peligro para la humanidad.

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