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José Miguel García Martín, comunicador audiovisual

Bueno, vale, lo admito, he empezado el artículo poniendo un título que ironiza sobre ciertas preferencias del amigo Sigmund por determinadas sustancias estimulantes. La realidad es otra, claro. La realidad es que respeto profundamente su trabajo y el nuevo campo del pensamiento y de la práctica clínica que inició. Hace pocos días se cumplían los 75 años de la muerte del maestro. 

La verdad, la figura de Freud y su repercusión en la cultura se podrían defender desde muchos puntos de vista pero, a fin de cuentas, creo que el mayor argumento es mi experiencia personal. Al grano. Llevo analizándome un porrón de años y, por desgracia, no ha habido ninguna varita mágica, a grandes rasgos soy la misma persona. Si trato de ceñirme al núcleo, a la esencia, no puedo decir que todas las fantasías y los monstruos que me han acompañado toda la vida no sigan ahí. Ningún analista va a "curarte" de ser tú mismo.

Lo que sí se ha ido creando es un vacío, un pequeño espacio mental, como una habitación cómoda y confortable en la que habito esté donde esté. Un pequeño lugar dentro de mí mismo donde simplemente vivir con tranquilidad. Eso era lo que siempre había querido.

A esto le podemos añadir el haber aprendido la posibilidad de detener los pensamientos obsesivos, mi apertura de mente en el terreno sexual, el estallido de creatividad que estoy viviendo una vez superados todos los bloqueos, la capacidad de decir lo que pienso pese a quien le pese, la convicción interior de que, a pesar del sufrimiento o las incomodidades, puedo hacerme cargo de cualquier situación que se me presente en la vida.

No voy a decir que a lo largo de estos años –un porrón, ya lo he dicho– no haya sentido la tentación de dejarlo alguna vez, o no haya maldecido hasta la saciedad a mi analista. Incluso lo dejé un par de veces. Otras, perdía totalmente la esperanza. Pero siempre había una inquietud, una pasión por la verdad que se esconde entre las cosas que decimos, entre esas cosas que nos contamos en voz alta –se necesitan testigos- para convencernos de nuestras mentiras más íntimas.

Volviendo a la conmemoración de la muerte de Freud, quiero terminar señalando que no he conocido a un pensador de su talla que, en la actualidad, sea tan maltratado como él, por personas que no han leído uno de sus libros en la vida, o no lo han entendido. Por personas que no se han analizado, que no han vivido esa aventura vertiginosa, delirante y apaciguadora.

A esos incultos que todavía critican lo que no saben, les pediría que se mordiesen un poco la lengua y fuesen a la biblioteca a leer Más allá del principio del placer, y se podrán maravillar del discurso de un pensador que realizaba hipótesis y descubrimientos a través de la duda –dudas que no dejaba de expresar en los propios escritos- , una persona que proponía teorías a su pesar, porque no podía dejar de faltar a la verdad de lo que veía.

Yo he intentado con este artículo rendirle una pequeña porción del homenaje que se merece, dando un paso adelante y relatando eso que todo el mundo se empeña tanto en esconder: que todos antes o después, en los tiempos que corren, pasamos por algún tipo de terapia, que este modo de vida capitalista no nos hace felices ni cuando tenemos trabajo, pareja y salud, que lo habitual es estar un tanto deprimido, cuando no quejoso o simplemente reprimido.

Sobreviviendo, como diría una amiga que "también lleva un porrón de años". "Yo quiero vivir", dice ella. Pues eso, Freud nos abrió esa puerta... Algunos, entramos.

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