Transiciones

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Seguramente les es conocido el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Suele suceder que la mirada que dirigimos al pasado es más benevolente con los acontecimientos vividos que como lo fue en aquel tiempo. Así, tendemos a idealizar el pasado. No obstante, a veces también se dirigen al pasado miradas con ira, que no hacen sino proyectar las frustraciones del presente. Y otras veces, esas miradas al pasado intentan encontrar en él la justificación de lo que se pretende hacer de ahora en adelante.

Algo de eso último ha encontrado el historiador Santos Juliá (Nacionalizar el pasado, El País, 11/10/2015) en el órdago soberanista catalán. Su nombre es falacia retrospectiva y consiste en proyectar sobre el pasado el espíritu del presente, aun cuando los documentos de la época no atestigüen de ninguna manera la existencia de tal espíritu. En este caso, se trataría de buscar en los episodios de la Guerra de Sucesión Española (1701-1715) un cierto estado de “conciencia nacional catalana”.

Así abrió Santos Juliá su conferencia sobre El ensayo español en y sobre la transición a la democracia el pasado miércoles 21 en el XVII Congreso de la Fundación Caballero Bonald. El historiador, que recibió el viernes el Premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald 2014 en un acto presidido por la alcaldesa de Jerez, Mamen Sánchez, nos deleitó durante casi hora y media con una conferencia en la cual desgranó las distintas miradas o visiones por las que ha pasado nuestra transición democrática.

La transición, como momento fundacional de nuestra actual democracia, no pierde actualidad. Vuelve una y otra vez. A punto de cumplirse 40 años de la muerte del dictador, cabría preguntarse si la visión que hoy tenemos de nuestra transición a la democracia es la misma que la que teníamos hace 30, 20 o 10 años atrás.

Según Santos Juliá, en los primeros años de la democracia, una vez aprobada la Constitución, el llamado “desencanto” se adueñó de la sociedad española. La continuidad de Adolfo Suárez y la UCD en el Gobierno se vio como una continuación del franquismo en ciertos sectores. Se instaló una visión escéptica acerca de la posibilidad de la izquierda de alcanzar el poder. Pero los acontecimientos dan la vuelta a esta visión. El deterioro político de Suárez le lleva a dimitir en enero de 1981, y, como es sabido, el vacío de poder que se produce durante la investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo es aprovechado por los sectores involucionistas para dar el golpe de estado del 23-F. La reacción de la sociedad, que aun desencantada, no quiere, sin embargo, perder el régimen de libertades que ha ganado, hace cambiar la percepción que se tiene de nuestra democracia.

En octubre de 1982 el PSOE de Felipe González gana las elecciones generales con mayoría absoluta confirmando que la transición nos había dado realmente la posibilidad de cambiar, al menos, el color del Gobierno, que, en definitiva, la democracia sustituye a las armas y a la represión para regular el juego político. Sin duda, esa visión de la transición se plasma en la serie del mismo nombre, dirigida por Victoria Prego, que emitió TVE durante el verano y el otoño de 1995. Durante esos años la transición alcanza la categoría de mito y de modelo exportable (particularmente para países de América Latina).

No obstante, la llegada del PP de José María Aznar al Gobierno en 1996, reabre la cuestión de los represaliados por el franquismo y la dictadura, cuyos restos aún permanecen en fosas y cunetas. Se trata de recuperar la memoria histórica, al tiempo que se acusa a la transición de ser un tiempo de desmemoria.

Tras el paréntesis de la primera legislatura de Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno, llega la crisis económica, los recortes, y el 15-M. Aparece de nuevo un discurso sobre la transición que proyecta sobre ella los males del presente, por lo que se argumenta que el régimen que se instauró en 1978 está agotado, ahogado en mares de corrupción política que afectan a los partidos que se han turnado en el poder (PP y PSOE) y a quienes los han apoyado indistintamente (CiU). Hasta la monarquía se encuentra afectada por la corrupción y ciertos escándalos de índole personal. La transición, por tanto, aparece como deslegitimada.

Yo me quedo con la visión, comentada por Santos Juliá, que tenían los llamados “hispanistas” (Raymond Carr, Paul Preston,etc.), que no eran más que visitantes extranjeros que observaban nuestra realidad en aquellos años, en los años del llamado “desencanto”. La transformación de la sociedad no la obra un régimen en sí, aunque sea democrático. La transformación de la sociedad es obra de políticas concretas llevadas a cabo por gobiernos concretos. Me atrevo a añadir que por gobiernos inteligentes, que sepan sentar la bases para que, cuando llegue su relevo, esas políticas sigan funcionando, aunque el gobierno de turno no comulgue con ellas. Así, la transformación de nuestra sociedad requerirá de dosis de pragmatismo, de astucia, de tesón y hasta de creatividad. En definitiva, de una mirada puesta en el futuro, para evitar que nada de lo conseguido se vuelva a perder.

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