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Podría ser la historia de cualquier pueblo de la provincia de Cádiz. El sol cae dulcemente sobre todo lo que se interpone a su paso.

Podría ser la historia de cualquier pueblo de la provincia de Cádiz. El sol cae dulcemente sobre todo lo que se interpone a su paso. Hace unos minutos dejé parqueado el carro, con esa desmitificación del espíritu que supone al que se deja apropiar por varias culturas. Si aquí dijera abiertamente que dejé parqueado un carro, el más viejo del lugar se rascaría el cabeza, sorprendido, por el hecho de saber que un joven todavía usa carreta tirada por un corcel oscuro. Pero se me ha pegado el vocabulario del país donde vivo, y la vida se me antoja una intermitencia de diferentes luces, cada una con el propósito de liberarme de tantas cargas, taras y estereotipos.

Vasco de nacimiento. Aragonés por línea de padre. Profundamente castellano por parte de madre. Gallego de adopción. Andino de vocación. Poeta de donde me salga de los cojones. Atizador de nacionalistas. Sarcástico de las farándulas. Enemigo de la ignorancia. Amante de la mujer inteligente. Socavador de los malos espíritus. Libre en la medida en que me dejan. Pensador irreverente. Propagador de paisajes, en fin, pues amo tomar nota de lo que advierten mis nueve sentidos, para con ello abrir la mente y el corazón de quienes no conocen.

Todo lo anterior se traduce en una premisa muy clara. Es mi deseo hacer uso de un lenguaje sencillo, para lograr el interés y la curiosidad de aquellos que deploran la lectura, por considerarla una práctica inútil o una ocupación vacía. Dado que no puede obligárseles a leer, u ocupar el tiempo que ellos consideran importante para otros fines, la cuestión radica en entrar por otra puerta para que, de la misma forma, llegue la luz a sus hombros. Esa es la carne que deberían seguir muchos escritores, que aún siguen anclados en las almenas de su presunta sabiduría y uso barroco del lenguaje. Luego por ahí van quejándose de que no se lee, no se adquieren libros, y su labor cae en saco roto.

Por eso, para que no resulte en vano, una buena absorción de entorno propio, y de apertura a otros mundos, les conviene a muchos hombres de letras. Ser como esponjas del paisaje, de las “gentes”, de las aceras, de los campos de labor, de los artesanos alzando las manos sobre la toquilla de un sombrero, de un balón de cuero o de una bombilla de mate aparcada en el júbilo de algún golero de pulpería. Se trata de vida, de vida, de vida pulcra y sencilla, pese a la ignorancia súbita frente a la que nos encontremos.

Una vez aquí, el factor determinante de estos pensamientos es el pueblo donde me encuentro, después de unos días intensos, dominados por la insoportable belleza del paisaje. El pueblo se llama Torquemada, que es como una tranquila estafeta a orillas del río Pisuerga, entre el lento devenir de las aguas y su simultáneo reflejo en los jóvenes chopos. Pueblo de mi infancia. Pueblo de muchos quehaceres relacionados con el campo, al que poco a poco vuelve el vino tinto y sus afamados pimientos. Pueblo que todavía guarda tantas bodegas como panes. Pueblo hoy soleado, por el que transito lentamente, y en el que se asoman recuerdos que empiezan a sumar décadas, sinónimo de que, como mínimo, la juventud ha avanzado, la madurez asoma y el inexorable modus operandi del tiempo hace de las suyas.

Parece que el tiempo se hubiera detenido en las calles de Torquemada y que fuera yo el iletrado. Todavía abundan los portones con tachuelas y pintados de grueso verde. Huelo el antiguo canal sembrado de choperas y que luego se encargaron de talar para “modernizarlo”. En algunas esquinas donde hay bancos, todavía se sientan las abuelillas a cuchichear sobre las noticias del pueblo, o simplemente calentarse al sol como sonrientes lagartijas, cuestión esta última a la que aludo con mucho cariño y cierta efusividad metafórica, y como le digo a mi padre, más bien parecen el departamento de comunicación y relaciones públicas del pueblo, pues sus ojos y oídos no dejan que se escape cualquier novedad. Yo mismo pasaba con el carro, y al resultarles nuevo dicho utilitario, se estarían preguntando quién sería el jodido visitante, y giran sus miradas hasta que mi estela y el ruido del motor desaparecen de su campo de visión.

Pero el tiempo no se tiene, y uno tiene que ser cauto con los pensamientos vitales. Todo permanece y somos nosotros quienes nos vamos. Aquí vivieron mis abuelos, y ya solo quedan unos pocos mayores que tengan memoria de cómo y quiénes eran. Es un pueblo con mucha historia, de la que los más jóvenes se desinteresan porque, obviamente, se adhieren a otras superficialidades.

Me vine a la biblioteca municipal a escribir esta historia. A ella vine casi a diario aquel verano de agosto que me devino la lectura como parte de las vacaciones. Pues creo que todavía no había aprendido a andar en bicicleta. Antaño disponía de un viejo escenario que con la última remodelación desapareció, pero sigue conservando ese mismo hálito de oxígeno limpio y trascendente. La bibliotecaria sigue siendo la misma, pero con unos lógicos años de más, y debe esperar su jubilación en alguna de esas temporadas. Ella siempre me recuerda cuando era más pequeño y ahora, recién metido en los cuarenta, le preguntó qué quiere que escriba yo sobre el pueblo. Me vino a la mente el puente sobre el río Pisuerga o las crónicas del vecino pueblo de Villamediana, término este último donde avanzada la década de los ochenta, Bernardo Atxaga vivió una discreta temporada y terminó por escribir su mejor obra literaria, Obabakoak, o incluso el pocillo del tío Badanas, un oasis de sombra que se aprovechado como refugio de cazadores y descanso de caminantes hambrientos.

En fin, que las historias sobran y son tantas que, para ser contadas, necesito más vidas que un gato. Aquí estaré unos pocos días, y volveré siempre que haga falta. Soy de los que vuelven a los mismos sitios donde alguna vez fue feliz, y para mayor masoquismo, voy sumando aquellos lugares en los que vivo y adquiero la deuda perenne de volver. Soy un hombre muy apegado y nostálgico. Qué le vamos a hacer. Pero no es un vínculo que haga mella en la necesidad de vivir el presente, sino que me marca un perfil de pertenencia y cariño a partir del cual proyectarse.

Y otro particular consejo que me ha enseñado la vida: conviene ser inteligente con el sentimiento del lugar de nacimiento. Nunca dejen que los teóricos de la política les subyugen el cerebro y extirpen el tímpano, y menos los intelectuales, en cuestiones relacionadas con la identidad. Cada uno es el más sabio. Ser libre es más amplio y predominante.

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