Señalizaciones en el suelo, en un colegio público andaluz.
Señalizaciones en el suelo, en un colegio público andaluz. MANU GARCÍA

Soy profesor. Me gusta mi trabajo. Sé lo que es trabajar. He trabajado casi 20 años en una fábrica para poder pagarme los estudios. Ahora me pago los estudios para poder seguir trabajando. Nunca he esperado aplausos por hacerlo. Me enseñaron pronto que a los pobres nadie les regala nada. He intentado no pedirle nada a nadie. Cuando me ha hecho falta algo he luchado para conseguirlo. Pueden llamarlo orgullo.

El otro día, mi hermana me preguntó qué iba a pedir por Reyes. La respuesta me salió del alma: tiempo. Ni siquiera tiempo libre para escribir, pintar o pasear. Sólo tiempo. Con un par de horas más al día me conformo. Ya sé que este año está siendo difícil para todos. Los sanitarios, los restauradores, los autónomos, todos estamos sufriendo los efectos de la onda expansiva de la pandemia. Y todos hemos visto cambiar drásticamente nuestras vidas.

Les diré que, como profesor, tengo a mi cargo a 170 alumnos. 170 personas, con sus 170 historias, familias, amigos, conocidos... La mascarilla se ha convertido en nuestro chaleco antibalas y la paciencia en nuestra única arma. Por desgracia, muchos aún no entienden que parar esto es cosa de todos.

Y en esta situación, en la que todo debería flexibilizarse para facilitar la labor de los docentes, hay quien se empeña en complicarlo todo un poco más. Confieso que me da vergüenza ver la actitud de nuestros políticos, de todos los partidos, ante un problema que nos afecta a todos. En cuestiones tan prioritarias, como son la sanidad y la educación, todos deberían sentarse en la misma mesa y encontrar un camino común. Pero entiendo que es difícil reconducir la educación desde un patio de colegio lleno de niñas y niños gritones, caprichosos y maleducados.

No sé qué opinión tendrán los políticos de nuestra labor como profesores. Supongo que desde sus cómodos sillones sólo verán un sueldo decente y unas buenas vacaciones. No nos verán tratar con niños y adolescentes (ni con sus problemáticas circunstancias). No nos verán atender sus necesidades particulares. No nos verán priorizando contenidos, objetivos, criterios, estándares y competencias en función de sus capacidades, actitudes, motivaciones e intereses.

Tal vez por eso, desde la distancia, parezca que todo puede arreglarse con burocracia. Ante un posible confinamiento, redacte un plan de contingencia. Para evitar improvisaciones, redacte una programación de aula. Para evaluar y calificar a su alumnado, redacte una rúbrica según nuestros criterios. Redacte también informes para pronosticar que nota sacarán sus alumnos a final del trimestre. Corrija trabajos por internet, aunque sus alumnos puedan mostrárselos en clase. Redacte un informe detallando cuántos alumnos llevan al recreo bocadillos de mortadela y cuántos de ellos lo llevan de salchichón. Redacte, programe, rellene, informe…

Y si un día se equivoca al entregar un anexo, como me pasó el año pasado, quédese un año sin empleo y sueldo, recapacitando sobre lo que ha hecho mal, y dé las gracias por que le dejemos permanecer en la bolsa…

En fin, no sé ni cómo he podido sacar diez minutos de la tarde del domingo para escribir estas palabras. Supongo que por la necesidad terapéutica de desahogarme. Y no puedo decir que los haya sacado de mi “tiempo libre", porque sería mentira. Ahora, cuando van a dar las nueve en el reloj, me toca seguir cumpliendo labores burocráticas. Hasta que no las acabe, no podré dedicarme a corregir exámenes, preparar clases y atender por internet las dudas de mis alumnas y alumnos… lo que en resumidas cuentas viene llamándose educar.

No les quiero aburrir relatando cómo esta semana no he podido estudiar nada para las oposiciones, que intentaré aprobar en junio por tercera vez. Ni cómo no he podido atender al carísimo máster en el que me tuve que matricular para ganar puntos… Porque nadie se acuerda, salvo quien lo padece, que los profesores interinos también somos estudiantes.

No sé qué pensarán ustedes, pero en mi opinión, la burocracia no mejora ni los procesos educativos ni a los docentes que los ponemos en práctica. Sólo nos hastía, nos aturde y nos distrae de lo verdaderamente importante: Poder dar a nuestros alumnos y alumnas una educación de calidad.

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