Una imagen de un primero de mayo en Jerez.
Una imagen de un primero de mayo en Jerez.

Hace mucho tiempo el Primero de Mayo se vivía con una intensidad especial. Los trabajadores nos movilizábamos conscientes de que nos jugábamos retos importantes en la conquista de nuestros derechos laborales, porque aspirábamos a mejorar nuestro sistema de vida en un contexto económico capitalista.

Alrededor de los sindicatos que, de alguna manera, recogían nuestras aspiraciones y se hacían eco de nuestras necesidades más evidentes, todos intentábamos darle a la efemérides un significado de compromiso, de reivindicación, de unión y solidaridad de todos los que nos sentíamos parte de una clase laboral en marcha hacia una meta de mayor dignidad en nuestro trabajo y mejora de nuestro estilo de vida. Muchas conquistas de las que hoy gozamos se hicieron a costa del esfuerzo y la constancia en la lucha, para lo que el Primero de Mayo servía de referencia a mover a todos en la consecución de conquistas, que si en un principio se divulgaban en eslóganes de pancarta, poco a poco se iban introduciendo en los convenios colectivos y en las dinámicas de las empresas.

Desde hace algunos años tengo la impresión que el espíritu del Primero de Mayo se está diluyendo, y esta fecha de tanto significado para la clase trabajadora, se está convirtiendo más en una fiesta lúdica, donde quienes deberían estar más interesados en mantenerla en su justo significado, la están desactivando llevándola hacia una fiesta de contenido turístico. Muchos de los que ayer nos enfundábamos el uniforme reivindicativo y acudíamos a los actos que se programaban para reclamar derechos laborales, sobre todo las manifestaciones que se celebraban en casi todas las capitales de provincia, hoy nos quedamos en nuestras casas o nos colocamos, si el tiempo lo permite, el bañador para darnos el primer chapuzón.

¿Qué ha pasado? ¿Se ha conseguido todo los derechos laborales y nuestro nivel de vida se ha disparado hasta darles la razón a quienes han venido manifestando por ahí que “vivimos por encima de nuestras posibilidades”? Nada de eso. Es más, en los últimos tiempos venimos sufriendo pasos crecientes hacia atrás, donde situaciones laborales que en otros tiempos eran normales y parecían consolidadas e intocables, hoy nos la han birlado con una alevosía descarada por un gobierno de marcado tinte neoliberal que ha promovido políticas negativas para la clases trabajadora, mientras que ha permitido que un sector importante de empresariado imponga sus condiciones de abuso con sus trabajadores, sobre todo, después de la implantación de una reforma laboral que no nos ha traído nada más que precariedad, bajos salarios, desactivación de los comités de empresa, ausencia de convenios colectivos, etc.

Lo real es que vivimos cada día más en una sociedad polarizada, en la que, según datos que circulan, una de cada tres personas viven en riesgo de exclusión social. Y los niveles de desigualdad entre las clases sociales se acentúan con la concentración de la riqueza en muy pocas manos. Las crisis que anuncian los sectores económicos más afines al poder, parecen beneficiarlos porque salen reforzados y con un mayor porcentaje de ganancias, que por supuesto no comparten con quienes producen la riqueza como son los trabajadores.

Nuestro país, según los organismos europeos que estudian los niveles de riqueza y desigualdad de su ámbito político, se encuentra instalado en tasas de desigualdad socioeconómica de las más elevadas de Europa.Nuestro mercado laboral, lejos de crecer en unos parámetros razonables, en los que sus integrantes se muevan con algún equilibrio en sus emolumentos y derechos sociales, cada día se distancian más y las cifras que se barajan entre los ejecutivos y los curritos de a pie, se disparan, llegando a más de un mil por ciento de distancia. Existe una especie de dualidad muy clara: una minoría de puestos de trabajo que gozan de estabilidad y están bien remunerados; y una gran mayoría que entran y salen del mercado laboral, siempre se mueven en unas condiciones laborales de crónica precariedad y, por supuesto, con salarios con los que apenas pueden llegar a fin de mes, y que a pesar de trabajar no salen de pobres.

Nuestro país tiene implantado, de hecho, una situación de paro estructural que apenas se mueve a pesar de que nuestra economía crezca a unos niveles superiores al resto de Europa. Cada día surgen, por aquí y por allá, los odiados ERES que echan a la calle un número importante de trabajadores, por supuesto, de mano de obra de los cincuenta años o así, y que muchos de ellos llevan todas su vida en la empresa. La globalización permite la venta de corporaciones al mejor postor que, a corto plazo, se deshace de ellas, sin que nuestro Estado reaccione. O las situaciones que hemos vivido, en concreto, en las Cajas de Ahorro de directivos que las han arruinado con evidentes gestiones corruptas, y que se han ido con los bolsillos llenos a base de indemnizaciones millonarias que ellos mismos se han dado. Y todo ello ocasionando un rosario de despidos de gente que no han podido reincorporarse al mercado laboral.

Podríamos seguir enumerando porque la situación que vive mucha gente da para una reflexión profunda a nivel colectivo. Quizás hagan falta muchos Primeros de Mayo, de los de antes, que nos saquen de esa resignación negativa y nos despierten al compromiso por una sociedad más igualitaria, a salir del muermo en que nos ha sumido esta sociedad consumista y a plantarle cara a esa minoría peligrosa que amasan sus fortunas a base del sufrimiento de la mayoría de la gente.



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