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Mi amigo Esteban se partió un brazo —tirándose de cabeza desde un pino— creyendo que era Spiderman. Lo pensó aquella tarde de primavera —lo sé por las poses que realizó antes de lanzarse al vacío— a pesar de que hacía semanas que había pasado el carnaval y que el disfraz de héroe sabe Dios dónde lo había guardado su madre. Pero mejor así..., soñar con ser un héroe de barrio que malgastar toda una adolescencia jugando frente al videojuego soñando con llegar a ser un crack del fútbol mundial y quejándose años más tarde —siempre sucede— por aquella prueba que no vino del Pueblo Nuevo o del Xerez y que le hubiera llevado a aventajar a un Messi que todavía no había llegado al mundo.

Se partió el brazo y se le abrieron los mundos. Con la escayola llegaron los estudios forzados en aquel segundo trimestre pero sus primeras buenas notas de EGB, un nuevo disfraz pero esta vez de kárate con cinturón blanco que jamás logró cambiar de color y la dosis necesaria que nos da la posibilidad de distinguir lo invisible de lo imposible. Hoy no sé nada de él ni siquiera dónde vive, tal vez fuera de España, pero me es más fácil imaginarlo vestido de enfermero en el País Vasco o de sufrido camarero de algún bistro parisino antes que de jugador del fútbol. Es cierto. Me cuesta imaginarlo de héroe cotidiano antes que de nada.

Recuerdo una vez —hace tantos años que quema— que estaba subido en mi torreta de luz viendo pasar el tiempo y alguien habló de héroes griegos. Quién demonios sería me pregunto hoy. Fueron pocas palabras sueltas como “ya no existen Hércules ni Ulises” y “este mundo, sin ellos, se acaba” Esa ocasión apenas pude filtrar el contenido de todo aquello. Apuesto mis años que él o ella —en aquellos sería él— no sabía ni qué quería decir todo aquello de los héroes vencidos. Estoy seguro que lo escupió después de verlo de reojo en alguna enciclopedia antigua, en La 2 o en algún libro de sociales o tal vez —sería mucho pensar— lo soltó con sus cinco sentidos al comprender que sin la perseverancia, el honor, la nobleza o el esfuerzo no se llega a ningún sitio.

La verdad es que aquella tarde de cáscaras de naranjas y barras con Tulipán no alcancé a interpretar lo que aquello significaba. Bastante tenía yo con mantenerte colgado de la torre a tres metros del suelo y a medio brazo de los cables de la luz y aquella señal de “no tocar. Peligro de muerte”. Bastante trabajo me daba eso de ser un niño-araña de barrio que no le alcanzaba para comprarse una malla colorá de algodón con dos rodilleras, color carne, de portero.

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