'L'Araignée qui pleure', Odilon Redon (1881).
'L'Araignée qui pleure', Odilon Redon (1881).

Críticos y criticones los ha habido a lo largo de la historia, y a Dios gracias, porque eran ellos los que suspendían en la duda las peligrosas certezas del resto de la humanidad. Generalmente su oposición no servía de mucho y tanto ellos como sus obras acababan en la hoguera o el hoyo, pero uno no puede dejar de admirarse por su profesionalidad y coraje al tratar de equilibrar el fanatismo de una época.

Porque el nihilismo de los rusos o los decadentistas del XIX venía junto al sello de lo trágico y la pasión por la vida y el conocimiento. El de nuestros días, en cambio, opera de forma más letal. Hoy el nihilismo avanza a golpe de carcajada. Parodia lo que nos tomábamos en serio y ya no volvemos a mirarlo sin asomar una sonrisita. Lo subversivo queda así neutralizado para siempre por la caricatura, que nos permite tenernos por encima de todo aquello que podría cuestionarnos.

Nuestro humor, la principal herramienta de esta devaluación, no puede ser sino sarcástico, cínico, estereotipado. Nos asusta tanto la complejidad que nos consuela extraer cualquier patrón común a un par de individuos y hacer de él un meme viral. Pero, sobre todo, nos fascina derruir aquello que antes nos impresionaba. Encontramos un placer morboso, de niños culpables, en ridiculizar lo más noble y elevado… incluso para nosotros, que ya nacimos con tantos ídolos demolidos. Todo ello sin que ninguna multinacional nos pague por ello.

A este ritmo, proyectos seculares pendientes o aspiraciones humanas inmemoriales serán descartados por horteras, anticuados y flipados. Por estética, no por lógica. Estoy convencido de que si un día abandonamos definitivamente la razón o la ciencia no será porque se demuestren falsas o perjudiciales, sino porque nos habremos aburrido de ellas.

Uno de los objetivos de este martillo risueño es el propio lenguaje, que se adueña de términos que antes nos inspiraban respeto y admiración para bloquear su potencial subversivo, permitiéndonos respirar tranquilos en nuestra garantizada mediocridad. Hoy, por ejemplo, ser un hipster, un bohemio o alternativo no se refiere como antes a un estilo de vida contracultural, sino a enamorarse de la moda juvenil. Un maldito es un malditista; un jipi, un yuppie en sus ratos libres; alguien indie o independiente, quien sigue la línea oficial de la industria de la cultura.

Este giro ni siquiera nos permite declararnos modernos: “ser un moderno” ya no implica, en la lengua de la calle, creer en los ideales de progreso e Ilustración de la Modernidad, sino ser víctima colateral del mundo hueco y líquido de la posmodernidad. Y, para ridiculizarlo aún más, pongámoslo en diminutivo: “valiente modernillo que estás hecho”. Si una persona comete el pecado de ver una película que se escape a lo que hay en cartelera, puede que se le diga modernillo. Si, en cambio, disfruta de cierto ascendiente intelectual, entonces se interpretará aquel gesto suyo como provocación, ironía o recochineo. La idea de la inquietud, de la curiosidad, de explotar los potenciales humanos, no llega ni a plantearse: ¿cómo va a inquietarnos lo que existe ahí fuera si damos por sentado que todo es una mierda y, además, no importa?

Otro genial diminutivo es el término intensito. En origen, dícese del que deja ver una emocionalidad afectada; en la práctica, agrédase con él a cualquier pasión desbordante. “Intensito” es lo que impide que haya jóvenes cantautores como los que ya lucen canas, que alguien firme un Manifiesto Comunista de este siglo, que nos dejemos el pellejo en una pincelada. Es la prohibición del “Oh” poético, el secuestro del fortissimo, de todo lo que huela al sueño, la fascinación y las cavilaciones del sentimiento. Lo auténtico, por lo que todos pujan en la era de la farsa, se revaloriza cada día: lo que ayer era soberbio mañana se volverá soberbito, lo que era sublime se volverá sublimito, excelsito, gloriosito, magiquito y todos se arrancarán, avergonzados, por el palo del “si te he visto no me acuerdo”.

Pues mire usted: frente a los capadores profesionales de Twitter, los ciclocínicos de instagram, los relactivistas de Facebook, frente a los marchistas de la fiesta de clases que redefinen el fin de la historia como un coma etílico, frente a los monjes del buenismo zen sumergidos en el samadhi de la nube, frente a los ejércitos de posmodernillos haciendo el indie con gorros de plumas, frente a los seguidores del Gran Timonel Mahou cantando ebrios en las plazas y “sobre los adoquines, la playa”; aquí uno se declara hipster, moderno, bohemio e intensamente intensito, amante de los beodrios de arte y empacho, de la narrativa paraboloide, del arte colonoscopia que desgarra el esfínter y penetra hasta las tripas. Soy un hipster, ¡aprésenme! Estoy vivo, ¡mátenme!

He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por un teléfono móvil, pero todavía creo estúpidamente en las posibilidades del ser humano. Creo que somos algo más que nuestra adicción al entretenimiento. “Que la vida iba en serio…” Que las personas tienen el potencial de dejar el mundo mejor que como se lo encontraron y dejar su mente mejor que como que la encontraron.

Y créanme que también soy el primero que, al releer estas líneas, se sorprenderá murmurando: “Pues vaya intensito…”

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