Una familia, cargando sus pertenencias tras un desahucio, en una imagen de archivo.
Una familia, cargando sus pertenencias tras un desahucio, en una imagen de archivo. JUAN CARLOS TORO

Necesidades perentorias; el comer, la vivienda. Muchos son los españoles que carecen de estas prioridades y tienen que buscarse la vida, aunque no lo parece, porque ha dejado de ser noticia y se ve normalizado lo que es habitual. Sigue habiendo desahucios.

He oído al director de un periódico en unas tertulias de la tele que ya no hay desahucios. Miente a sabiendas y lo sabe. Si no, qué clase de periodista, y peor, qué tipo de director es que no entera de lo que pasa en su país.

Según datos del Consejo General del Poder Judicial habia más de 100 desahucios diarios, las cifras se han reducido algo pero haberlas hay, y ya ven el número tan elevado de familias que sufren esa ignominia, ya sea por impago de alquiler o de la propia hipoteca.

El banco qué hace con esa casa. Las acumula mientras, los hemos visto por televisión, ancianos o niños se quedan sin techo, con sus  enseres en la calle y desposeídos, de lo que es un derecho, una vivienda.

Lo hemos visto, sacados a la fuerza, a trompicones cuando se resisten a abandonar parte de su vida. La ética, la moral. Por eso reivindicamos más viviendas sociales. Más casas de alquiler social para los que no llegan a fin de mes y no les alcanzan para seguir pagando el alquiler o lo que les falta de hipoteca para un banco que no se hace cargo. Mientras los españoles, con nuestros impuestos, nos hicimos cargo de ellos. Ya se sabe la banca siempre gana.

Y dentro de esas urgencias, de las que nombraba al comienzo de este post, está el comer. Millones de españoles no pueden llenar el carro de la compra y hacen cola en los comedores sociales, en los bancos de alimentos.

Desde que comenzó la pandemia en Cáritas o  en la Cruz Roja aumentan las  demandas de familias con o sin hogares donde falta de todo, y el frío se cuela por las rendijas de sus vidas. Gente pobre de solemnidad, que viven en condiciones indignas.

Pero hay banderas. Kilómetros y kilómetros de banderas gigantes iluminadas para la Navidad, entre Neptuno y Colón, de Madrid con un despliegue de más de tres millones de euros. Un gasto superior al de las navidades pasadas, en tiempos de crisis de todos los colores.

La ética. La moral de cada uno. Tratando y gastando en lo que es verdaderamente importante y lo que no. De cómo los políticos manejan, manosean  los dineros públicos y la población a aguantar, a tragar saliva.

Y llaman la atención escuchar, leer como exculpan y apoyan al Rey emérito gastándose el dinero a manos llenas, con tarjetas opacas. Viviendo a cuerpo de rey pero, claro, no le bastaba con los 300.000 euros de los presupuestos del Estado.

Y por ahí iban, circulando maletines llenos de millones viajando de Suiza a la isla de Nueva Jersey, sacando la pasta  para comprar lo inalcanzable para otros en esta y en la otra vida.

Y  para rizar el rizo (ahora ni se les ve porque no conviene exhibirse) se les suma a estos comportamientos su mujer la reina Sofía y algunos de sus nietos comprando un Porsche o caballos de pura sangre a la edad de veinte pocos.

Es  intolerable e inaceptable estos tipos de conductas. Que el Rey Juan Carlos —¿recuerdan?—, con falsedad y astucia, reprochaba o nos sermoneaba en sus discursos televisados. Cuánta hipocresía.

Cuánto dislate y atropello mientras se nos decía, ¡pobres ciudadanos de a pié!, que vivíamos por encima de nuestras posibilidades porque osábamos irnos de vacaciones o  hacer un viajecito. ¿Les suena esa música?. Ya no nos la cuelan. Aquí sabemos, aunque algunos lo sigan negando, quién es cada cual.

Sorpresas te da la vida, como dice la canción, la vida nos da sorpresas. Esperemos que, más pronto que tarde, sean definitivamente buenas.   

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