El Pleno del Parlamento, la pasada semana.
El Pleno del Parlamento, la pasada semana.

Hace más de veinte años cuando se narraban casos de violencia en las parejas (aún no se hablaba de violencia de género) se ponían ejemplos cotidianos, uno de ellos era el de la sopa fía. Relataba el caso de una esposa que al poner la sopa al marido en la mesa provocaba el enfado y la agresión —física, verbal— al no estar la sopa a la temperatura deseada.

Cuando esto ocurría, la víctima se veía obligada a pedir perdón, animada por la familia, por la guardia civil (si se había atrevido a llegar tan lejos) y por todo su entorno. Mujer, vuelve a casa, y la próxima vez pon la sopa como le gusta a tu marido.

He recordado esta anécdota cuando he visto la reacción del Gobierno andaluz ante los ataques a la presidenta del Parlamento y la reacción de la propia Marta Bosquet. La familia de la víctima (Moreno Bonilla y Marín) han pedido a la mujer que la próxima vez caliente bien la sopa, que lo haga como le gusta a su dueño y señor, que la próxima vez no lo cabree actuando por libre, ya que libre no es.

La propia víctima casi termina pidiendo perdón al agresor, animada por la familia, y llama por teléfono para calmar al monstruo, prometiéndole que la próxima vez la sopa estará a la temperatura adecuada. No es ningún secreto que la temperatura de la sopa parlamentaria andaluza está que arde, aunque el termómetro democrático está congelado.

El Parlamento andaluz y el Gobierno en su conjunto se ha visto humillado por el socio de gobierno, la batuta política está en manos de quien pone y quita el gobierno. El grupo parlamentario Vox, que tiene la piel fina pero la mano muy larga, ha dejado claro quién ejerce la sumisión y quién tiene el poder. Los roles están claros. Alejandro Hernández, el portavoz de Vox, ha dejado cristalino el papel que ocupa en esta tragedia, junto con el orgullo y la satisfacción que le genera ser el centro de la política andaluza.

Y sigo recordando que todos estos hechos están más que estudiados desde hace décadas. El ciclo de la violencia de género fue descrito por la psicóloga Lenore Walker en 1979 y se divide en tres etapas: la acumulación de tensión, el estallido de violencia y la 'luna de miel'. Ahora lo que toca es la luna de miel.

Esperemos acontecimientos. Lo prioritario ahora es mantener unido el matrimonio. Hasta el próximo brote de violencia. Lo malo del ciclo de violencia es que siempre se repite y que cada vez son más cortos y más intensos los brotes de cólera, la dominación, más fuerte y la víctima cada vez es más sumisa.

Dentro de pocos días, el matrimonio político de la derecha andaluza celebrará una festividad, celebrarán juntos un nuevo presupuesto para el próximo año. Se darán abrazos y besos, se felicitarán por el diálogo, el talante y la colaboración de las tres familias. No olvidemos nunca que cuando estos casos ocurrían en el ámbito de la familia se recomendaba tener un nuevo hijo, a ser posible varón.

Y seguro que durante la ceremonia se criticarán a esos testigos incómodos que no aplauden, los que no visten las mejores galas para celebrar la alegría familiar. Los testigos que denuncian la violencia suelen ser los primeros atacados. Por eso Juan Marín ha atacado al PSOE y a Susana Díaz, "todo ha sido una conspiración, una estrategia de la izquierda para terminar con el matrimonio". Un matrimonio que no tiene que ser feliz, solo tiene que durar. Como debe ser. Para que dures, para eso te casamos, aunque sea a costa de la salud y el bienestar de todos y todas. Y guardar las apariencias, que no se entere la prensa, que no haya testigos, las cosas de casa se quedan en casa. Los trapos sucios se lavan en la familia.

El próximo 25 de noviembre, día contra la violencia machista, oiremos a Moreno Bonilla y a la consejera de igualdad decir que contra la violencia de género "ni un paso atrás" y que todos (siempre se les olvida el todas) luchamos contra la lacra. Yo no aplaudiré ni sonreiré, solamente pensaré que el monstruo sigue pensando que la sopa está fría.

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