plaza_de_la_asuncion._antigua_plaza_de_escribanos.jpg
plaza_de_la_asuncion._antigua_plaza_de_escribanos.jpg

Elevo mi voz a través de estas letras con la intención de iniciar un diálogo conmigo misma y con este Jerez que me duele. Me duelen sus piedras, sus monumentos, su historia. Me duelen como duele a una madre el desprecio a un hijo, a ese vástago construido de múltiples egos que nos definen; como duele todo lo que atenta contra el sentimiento de pertenencia, contra lo que hiere al orgullo propio. Me duelen los vacíos que el tiempo ha procurado a esta noble tierra, fértil y singular, cuna de míticas civilizaciones que duermen en el olvido. Vacíos que lejos de auparla la han condenado al ostracismo mientras muchos se miraban el ombligo construyendo ciudades imposibles y esperpénticas.

Un breve recorrido ayer por la historia de sus calles y de sus edificios históricos, en una de esas rutas patrimoniales que magistralmente conduce Manuel Romero Bejarano, detuvo mis sentidos en sitios donde he redoblado mil veces mis pasos bajo mi mirada ignorante y que esconden vivencias de una ciudad colmada antaño de privilegios. Esos mismos espacios que en estas horas mantienen una feroz lucha sin cuartel por su supervivencia contra la decrepitud que lleva aneja el paso del tiempo y de los elementos.

Amén de su carácter señorial, Jerez fue siempre una ciudad que se construyó a sí misma a través de sus gentes. A pesar de las condescendencias hipócritas de los poderosos, de las dádivas sociales, de la caridad de los opulentos para con los más débiles; los jerezanos y jerezanas supieron reivindicar —triste ejemplo para estos tiempos— sus derechos como ciudadanos, como hacedores de los grandes cambios sociales que la historia les arrebató para demérito de las clases más acaudaladas y que se recuperó en forma de espejismo sublime a finales del siglo XX para nuevamente, y tras la escusa de la crisis, volver a las andadas...

La prosperidad que permitió a esta ciudad alcanzar fama universal se conjugó a base del esfuerzo y tesón de las clases obreras, de la explotación de la tierra en forma de vinos que le dieron fama internacional a pesar de las fronteras de su apellido. El empuje por un futuro mejor, por dignificar sus macilentas vidas, fue fruto del desvelo completado en el silencio de sus yugos individuales.

Ese Jerez, mi Jerez, merece de cada uno de nosotros un soliloquio para interiorizar los porqués de nuestro devenir como territorio, los porqués de nuestra historia reciente. Bajo el prisma que nos da la historia, de lo aprendido y vivido, hay que ser capaces de buscar la salida a esta situación de no-retorno en la que está sumida la hoy gran urbe. Tras haber celebrado en estos días la festividad del patrón, el Día de la ciudad, y echar una mirada atrás a ciertos capítulos de nuestra historia nos podemos hacer conscientes de lo que fuimos y lo que de nuevo podemos volver a ser, no sólo coincidiendo necesariamente con las efemérides.

Jerez duerme mientras espera en su letargo a sus despertadores. ¿Tú también duermes o has puesto el reloj en hora?

Archivado en:

Si has llegado hasta aquí y te gusta nuestro trabajo, apoya lavozdelsur.es, periodismo libre, independiente y en andaluz.

Comentarios

No hay comentarios ¿Te animas?

Ahora en portada
Lo más leído