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Que vivimos en la Generación del tuit es un hecho innegable; que quien no tenga un perfil de Facebook, Instagram, Twitter, o no converse a través del Skype o WhatsApp puede darse por “socialmente muerto”, nadie lo cuestiona a estas alturas.

Vivimos anclados a las redes sociales que, todo hay que decirlo, nos reporta el beneficio de acortar las distancias con nuestros seres queridos o incluso de encontrar a viejos amigos de la infancia a los que hace siete u ocho años casi dábamos por perdidos en el olvido.

Pero siendo, como es, campo sin puertas y crisol de almas libres, no es menos cierto que mucho espabilado hace de su capa un sayo y aprovecha la circunstancia para hacer negocio con la buena voluntad o la ingenuidad ajena. Que, como diría el castizo, la ocasión la pintan calva y España es tierra de pillos, tunantes y pícaros desde los tiempos de la insigne Mari Castaña.

Así nos encontramos con cadenas que, enarbolando la bandera del buensamaritanismo, remueven conciencias a base de fotos de niños hambrientos, perros a punto de ser sacrificados, o un “Salvemos a…” mientras con la mano escondida tras la espalda, recogen los beneficios particulares que puedan devengarse de las millonarias visitas a determinadas páginas web.

El caso más sangrante, infame y repugnante se ha dado recientemente, con una supuesta campaña contra la Violencia de Género que invitaba a todo el mundo a cambiar su foto de perfil por una graciosa muñequita y un eslogan molón, taco chulo y harto acertado: Ni una menos.

Pero resulta que bajo la imagen de esa campaña, una página web ha encontrado la plataforma ideal para publicitarse a través de incauta gente solidaria que no dudó un momento en cambiar su foto de perfil a cambio de la susodicha muñequita de pelo rosa, contribuyendo así a una publicidad gratuita, instantánea y que se ha propagado por la red como un reguero de pólvora.

Aprovecharse así de la buena voluntad de mucha gente merece ser sancionado como corresponda, pues constituye todo lo contrario a lo que un Red Social debiera (y debe) promulgar, pasamos de la generosidad y de la movilización por causas nobles a una suerte de nauseabundas actuaciones movidas por intereses puramente particulares, que se apoyan en el ventajismo que da la maldad. Maquiavélicas piruetas y arquitectura basada en el culto a la corrección de la mala conciencia que se siente rehabilitada a golpe de “Me gusta”.

Y por desgracia es algo que empieza a convertirse en peligroso y recurrente, señal de que el timo, la desvergüenza, el engaño ya ha surtido efecto en otras ocasiones y, como hay quien ha encontrado la gallina de los huevos de oro, con perdón de la expresión... “Maricón el último”.

Y corremos el riesgo de que, como en el cuento del pastor y el lobo, llegue un momento en que no nos creamos absolutamente nada de lo que nos llega a través de las redes sociales, a fuerza de tanto embuste y sinvergonzonería.

Ese día será el de la muerte de la nueva “sociedad virtual”.

Mientras tanto, ojo con lo que comparten: a veces un “Me gusta” más… en realidad es menos.

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