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Hace unos días y en la polvareda pública que interesadamente algunos se sumergen por el simple hecho de deslumbrar, hubo quien dijo que para ser un gran líder de izquierdas se precisa no pecar de tender la mano a otras fuerzas.

Siempre he sido de la opinión de lo pernicioso de las etiquetas. Clasificar a las personas, encasillar sus pensamientos bajo el paraguas encorsetado de las ideologías y demonizar a quien no comparte tus ideas, no es sólo un ejercicio mezquino sino inapropiado de los seres sociales.

Los grandes dictadores que ha generado la historia abominaron de quienes no pensaban como ellos, y bajo el yugo de las armas trataron de imponer el pensamiento único con la coartada perfecta del dolor, la tragedia y la muerte. Aprender de lo vivido es no sólo una obligación moral de quienes estamos predestinados a vivir en sociedad, sino un digno homenaje a quienes se dejaron sus vidas a cambio de un ideal. Por aquellos y aquellas que ya no están y por las generaciones a las que debemos meritorios ejemplos, durante las últimas décadas la cordialidad y la altura de miras con quienes no compartimos principios políticos nos ha permitido progresar en nuestra cultura como pueblo, bajo el prisma aventajado del consenso y del entendimiento mutuo.

Bajo ambas premisas, las nuevas generaciones que nacimos al albor de la democracia en España hemos excluido el odio y los encasillamientos estériles de nuestro lenguaje porque en nuestro ideario nunca aparecieron palabras que llevan implícitas la diferencia, y sí las relativas a la igualdad y la justicia social.

Hace unos días y en la polvareda pública que interesadamente algunos se sumergen por el simple hecho de deslumbrar, hubo quien dijo que para ser un gran líder de izquierdas se precisa no pecar de tender la mano a otras fuerzas, evitar que otros gobiernen tras un nuevo mandato esclarecedor salido de las urnas y por último la más denigrante: evitar tener un trato cordial con el rival político que bajo ningún pretexto puede hablar bien de ti. En ese momento, cuando algunos gurús mediáticos diagnostican quien es ángel o diablo, qué es blanco y qué negro, me detengo a pensar en los porqués de esas incompresibles etiquetas.

Ser de izquierdas, y aún más en Andalucía, no está reñido con ser gente sociable —dícese según la RAE de quien tiene facilidad para entablar relaciones sociales y le gusta relacionarse con otras personas— dialogante, cordial y afable en el trato. Esas cualidades personales que emanan de siglos de convivencia con otras culturas, herederos de las más variopintas civilizaciones, convierte a nuestra tierra por muchos motivos en un espacio de personas con deferencia, capaces de reflexionar en voz alta de forma distinta con la paz como bandera; gentes empáticas y sobre todo gentes muy humanas. Si algunos de estos adjetivos nos describen, también hacen lo propio con los axiomas del cambio y del progreso. Ser de izquierda es compatible con ser social, faltaría más. Por eso quien suscribe estas líneas presume de ambas: ser social y ser sociable por encima de todas las cosas.

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