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El catalán

Javier López Menacho (@lopezmenacho)

El otro día, en relación al fallecimiento de Emilio Botín, escribí en Facebook:

“Hay una fina justicia poética si analizamos la reacción de las redes sociales ante la muerte de personajes como Fraga o Botín, que por más que manipulen los medios no van a lograr evitar. Comparad el eco, las sensaciones, las formas y el fondo de la muerte de Peret con la de Botín, por ejemplo. Leed un muro ante la muerte de Robin Williams y hacerlo cuando murió Fraga. La conciencia popular de este mundo hipercomunicado tiene algo parecido a la memoria y la ética, aún con todos sus males (que son muchos). Hay una parte de mí, supongo que retorcida y oscura, que lo celebra.”

No me siento orgulloso del estado, aunque es un sentir que mantengo y que flota muy por encima de mis principios o de la misma lógica. Me sobreviene el sentimiento, qué vamos a hacerle. Luego ha venido un aluvión de comentarios sarcásticos en la red, de dudosa ética, tal y como los que describo a continuación:

“Botín ha pasado del banco a la caja”.

“Quién lo iba a decir, al final Botín no ha llegado a fin de mes”.

“El más rico del cementerio”.

“Primeras declaraciones del Banco Santander sobre la muerte de Emilio Botín: "No damos crédito".

“Es imposible que haya pasado a mejor vida”.

Y un sinfín más. El debate está servido. Se ha dicho en algunos medios que en Internet no se respeta ni a los muertos, pero parece que al final la red es un remedo de la calle, donde el respeto lo gana quien lo merece y en los términos que uno considera. Hay quien entrega su respeto a quien más se enriquece y hay quien lo entrega a quien enriquece a los demás (en término estricto y figurado). Este país es mucho de elegir la primera opción. Se ha dicho que Botín no hizo nada ilegal, pero lo cierto es que ha estado implicado en numerosos escándalos de corrupción y que su gestión ha sido la de una persona que no ha dudado en ejercer el tráfico de influencias, usar sus contactos para tener la ley como gran aliada y, al final, enriquecerse a toda costa. Un reflejo de quienes aprendieron primero a moverse en los entresijos del sistema y detrás de la cortina, para lavar su cara al tiempo que desahuciaba a miles de familias.

Dicho esto, no puede ser sano acumular odio y alegrarse de la muerte de un ser humano. Uno lucha por una sociedad más justa e igualitaria, pero sentir alivio o alegría o felicidad o venganza cumplida por la muerte de una persona es, se mire donde se mire, algo lamentable. Siento que no hay ni un segundo que perder en el camino de reconstruir la sociedad en mejores términos, y que mientras algunos brindan por la muerte de Botín, hay una familia más que desahucian, una persona más con hambre, un joven que se queda sin poder estudiar u otro que se larga del país. Siento que esa energía se debe canalizar hacia algo más constructivo que celebrar la muerte de Botín, en definitiva, un reflejo de lo que han sido los grandes banqueros todo este tiempo.

Y ahí creo que radica la verdadera herida del legado de Emilio Botín. No sólo condujo a familias al callejón de la burbuja inmobiliaria para luego dejarlas sin nada, no sólo acrecentó las diferencias entre ricos y pobres, no sólo indujo a la creación de un selecto grupo de empresarios que se repartían los favores públicos y privados del Estado y de la Corona, no sólo ejemplificó como nadie el término casta o régimen o cualquiera de sus variantes, sino que subrayó la palabra enemigo y la colocó en el epicentro de la vida sociopolítica, dividiéndonos más y haciendo que seamos más crueles, más despiadados, más inmisericordes, más vengativos, y al final, menos humanos. Botín cogió la palabra miserable y nos hizo un emparedado con ella. A veces pienso, que se zampó un poco de nuestras almas.

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Javier López Menacho es escritor y Social Media Marketing

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