Viajar a un país debería establecer un vínculo concreto de reconocimiento y cierta conexión con su identidad. A diferencia del turismo masivo, no es una mímesis artificial o impostada sino un acto reflejo de las experiencias que se tienen. Escapar de tu entorno y de las obligaciones que se antojan superfluas frente a crudas realidades, es solo un pequeño ejercicio de libertad que te permite tu esfuerzo personal y tener la suerte de haber nacido y vivir en un tiempo y espacio que no está sujeto al caos y la desesperanza. No soy reportero o periodista profesional ni juego a ello…enseño, investigo, expongo, reflexiono, viajo, digiero lectura y contenido cultural…escribo intentando comprender un complejo y agónico mundo en el marco de mis conocimientos y vivencias. Me gustaría convencer de lo que es correcto o certero mediante el argumento y la acción activista, pero lamentablemente eso ya es una probabilidad colectiva a modo de tenue luz en vendaval.
Bajo el paraguas protector de una agencia que gestiona un pequeño grupo de viajeros, prefieres no pensar en el contrato que has firmado y su lista de riesgos y peligros aceptados (terrorismo, secuestros, detenciones arbitrarias, accidentes, enfermedades…). Es una decisión libre, nadie te obliga. Es una oportunidad y una excepción para aprovechar al máximo. Al ser preguntado por el funcionario de control de pasaportes sobre mi destino, respondo “Líbano” y sin acabar de decir “destino final, Siria”, pasa del “qué se le ha perdido allí” a “mejor no le pregunto, buena suerte”. Ignoro si mi indumentaria, edad y semblante pasa por ser del CNI o militar, pero confieso que me genera particularidad la incógnita creada y trato de empatizar con la vida de los verdaderos profesionales que lejos de un 007, son agentes indispensables en las relaciones internacionales, a veces lamentablemente implicados en la tragedia (cf. Emboscada de Latifiya).
Tras una noche toledana esperando conexión de vuelos y partiéndome la espalda en un sillón del aeropuerto de Estambul, Beirut aparece caótica y desigual, como toda ciudad decadente que esconde pequeños rincones de grandeza atemporal, núcleos de ostentosa riqueza y una vida agitada a caballo entre las metrópolis europeas y las puertas de Oriente Próximo. El mar está presente y se cuela entre los edificios, pero parece lejano y oculto, configurado como fondo de escena del filme de animación Vals con Bashir (Ari Folman, 2008).
Gemmayzeh parece tener una vitalidad permanente a la manera de un Soho cool, casi irreal. Me apoyo en una guía local -Joanna- para patear el callejero y preguntarle todas mis inquietudes e interrogantes tratando de hacerme una idea de la historia reciente, de tragedias, imágenes y conceptos. Aunque me encuentro a poco más de 3 kilómetros de Sabra y Shatila (1982), no tiene sentido ni ética lógica una visita anecdótica. Una difusa Green Line de la guerra civil libanesa es el vestigio más evidente de un contexto al que solo me estoy asomando. No sé si se pueda llamar convivencia real, pero la ciudad es un repertorio de espacios religiosos y comunidades, desde musulmanes chiitas y sunitas a cristianos maronitas, ortodoxos de Antioquía, católicos melquitas, cristianos armenios, protestantes o drusos, en un marco referente de un total de 18 confesiones reconocidas. Las explosiones en el puerto de 2020 todavía están presentes en multitud de edificios vapuleados en sus ventanas o en tiendas y locales huecos que tratan de resurgir. El 23 de noviembre pasado en el sur de la ciudad, Israel eliminó en un ataque aéreo al comandante de Hezbolá, Haytham Ali Tabatabai.
La guerra es un elemento recurrente y diría que integrado en la cotidianidad. El país tiene una economía maltrecha y una moneda testimonial y dolarizada fruto del colapso económico y financiero que durante años propició el poder repartido de los Zuama, los líderes locales y las familias prominentes que controlan un sistema de clientelismo y corrupción. Sentado con una cerveza Almaza en las inmediaciones del edificio diseñado por la arquitecta iraquí Zaha Hadid, aparentemente no habría diferencias con nuestras formas de vida.
La carretera asciende camino de la frontera sirio-libanesa, aparece el azul pleno del Mediterráneo y miro al sur pensando en los militares compatriotas que desde que en 2006 desembarcaran en Tiro, llevan presentes en sucesivos relevos con tristes pérdidas humanas y en el ámbito de unas Naciones Unidas cuestionadas y en vías de desarticulación que han tratado de establecer otra línea también azul, que suponga un mínimo estadio de pacificación del territorio. En noviembre y por segunda ocasión el 12 de enero, los carros de combate israelíes se sienten impunes disparando cerca de vehículos españoles perfectamente identificados con las siglas UN sobre librea blanca, en una violación más de la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU.
El conocimiento histórico es apasionante porque te produce conexiones permanentes: Damasco genera catarsis personal si asumo que Sevilla en su momento dependiera del califato homónimo; el jazmín es sobrenombre y símbolo común en las dos urbes y las calles de su ciudad vieja permanecen inmutables en recovecos y quiebros, como si a la vez pudiera llegar a la mezquita aljama hispalense o desembocara en la de los Omeyas, que de igual forma se intercala con los restos de la imponente arquitectura romana previa. La población damascena se muestra curiosa y deseosa del testimonial visitante externo porque parece alejar desgracias pasadas y aportar cierta normalización y esperanza de paz y prosperidad.
Lo que se suponen fuerzas policiales son a veces cuartetos de jóvenes con una uniformidad relativa entre prendas militares y deportivas que no tienen problema en ofrecer su AK-47 para el posado. Hay una tranquilidad relativa y circunstancial que en nuestra ingenuidad relajada ignora la potencialidad del conflicto. A la decoración navideña se engarza la omnipresencia de la nueva bandera que en realidad rescata la de los años 30 y que mantiene los cuatro colores panárabes: franja verde de la dinastía fatimí, blanca del califato omeya, negra del califato abasí y estrellas rojas de las tres provincias históricas que son Damasco, Alepo y Deir Ezzor o si prefiere también en referencia al color de dinastía hachemí.
Al salir en dirección norte y pasar por el barrio destruido de Jobar y la terrible prisión de Sednaya, te hace entender que la imagen del dictador Bashar al-Ássad (como su padre Háfez al-Ássad) se encuentre ahora impresa en calcetines del zoco como humillación evidente. Mientras convenía al escenario internacional poco importaba el uso de armas químicas contra su propio pueblo, la tortura, el encarcelamiento o la ejecución sumaria del opositor. Su régimen apoyó a Hezbolá, pasando armas desde Irán, generando injerencia y ocupación militar en el Líbano, mientras protegía teóricamente a su minoría cristiana y a la vez estaba en guerra contra el ISIS. La guerra civil que duró desde 2011 hasta su derrocamiento en 2024, puso en escena a un conglomerado de grupos inmiscibles como Frente Al-Nusra, Ahrar al-Sham y el propio Estado Islámico (con la inestimable ayuda y soporte financiero de Catar, Arabia Saudita, Kuwait y Turquía), a los que se añadirían fuerzas kurdas o el Ejército Libre Sirio (luego Ejército Nacional Sirio).
Para remate de la ecuación y a su propio interés no faltarían Rusia y la Coalición Internacional contra el Estado Islámico encabezado por Estados Unidos. Al exilio del presidente sirio (que ante el vacío ocupacional parece retomar ahora sus estudios de oftalmología en Moscú), le siguió un encadenamiento de acciones externas, empezando por Israel que ya había bombardeado el consulado de Irán en abril de 2024, y aprovechó el vacío de poder definitivo para destruir todo lo que volara, flotara o siguiera disparando de las fuerzas armadas sirias, ocupar más territorios en el Golán y mandar un aviso claro al nuevo gobierno con el ataque de julio 2025 al Ministerio de Defensa en Damasco (hoy en día con una discretas lonas tapando el estropicio).
Los rusos han vuelto a sus bases de Tartús y Khmeimim, recibiendo Putin al presidente Ahmed al-Charaa el 15 de octubre de 2025, mientras que Trump lo recibió en la Casa Blanca el 10 de noviembre, calificándolo como "a young attractive guy". A la administración norteamericana se le ha debido decolorar el cartel de recompensa de 10 millones de dólares por su cabeza, cuando lideraba la rama siria de Al Qaeda (Jabhat al-Nusra, posteriormente pasar a independiente como Jabhat Fateh al-Sham y finalmente fusionarse en Hayat Tahrir al-Sham). Como toda diplomacia hipócrita el nuevo orden no rechistará ante los norteamericanos si asumen el territorio-base de Al-Tanf como cesión forzada. Por su parte, Ankara juega a doble o triple banda cuando ayudó al nuevo presidente a controlar el Kurdistán y las Fuerzas Democráticas Sirias (alianzas militares de kurdos, armenios, árabes, turcomanos, circasianos y asirios), siendo peculiar el proceso otomano de resurgir como imperio y apoyado en la Organización de Estados Túrquicos (Azerbaiyán, Kazajistán, Kirguistán y Turquía). Añadir a este caos un objetivo económico más en forma de gasoducto vía Catar, Arabia Saudí, Jordania, Siria y Turquía, alternativo al gasoducto persa desde Irán, los enfrentamientos entre tribus beduinas y drusos más los rescoldos del Partido Baaz alauita que busca su hueco sin mucha reconversión.
La posibilidad de estabilidad de la extensa y poliédrica nación con esos mimbres recuerda la historia fallida de la Gran Siria (País del Sham), que se esfumó con el Acuerdo de Sykes-Picot y la Declaración Balfour. En esa parada histórica colonialista, visitar en Alepo el fantasmal Hotel Baron es un completo viaje temporal por sus saqueadas estancias: Faisal I proclamó la frustrada independencia del país desde uno de los balcones y se hospedó todo personaje relevante, desde Ataturk a Nasser, de Agatha Chistie a Thomas Edward Lawrence (dejando una factura sin pagar, por cierto).
Confieso que tengo una idolatría absoluta al personaje de Lawrence y a su espléndida plasmación cinematográfica con el actor Peter O'Toole (David Lean, 1962), representando la abnegación, la disciplina y la pasión de sus acciones en el marco de un compromiso y lucha ajena, para recibir la traición y el descrédito como pago vital. Entrar en su habitación 202 o imaginar una interesante conversación de uniforme tomando un Scotch en el bar del establecimiento, me urge a buscar una máquina del tiempo operativa. Siguiendo sus pasos se llega hasta el imponente Crac de los Caballeros en el que todavía resuenan los hospitalarios de San Juan de Jerusalén y el propio Saladino. Realmente me emociona cada resquicio de conocimiento e identificación de un rasgo de civilización que encuentro, desde una decoración cerámica que pasa inadvertida en la entrada de un hotel y no es sino la representación del alfabeto cuneiforme ugarítico (primer sistema alfabético de escritura conocido), hasta la visita a una fábrica artesanal del famoso Jabón de Alepo (de aceite de oliva y laurel), quizás herencia recibida y antecesor directo del Jabón de Castilla de las Reales Almonas sevillanas ubicadas en el barrio de Triana.
El poder creador de la especie humana solo es comparable a su capacidad de destrucción. Deambular por los restos de la guerra en Malula y Homs, localizar casquillos de francotirador en la Ciudadela de Alepo o encontrarte en una esquina de su barrio cristiano un escaparate de lencería femenina de Papá Noel y un puesto ambulante de cambio de divisas con un fondo de cantos navideños, trastoca en positivo tus percepciones. La visita a Palmira me generaba ilusión y desasosiego a partes iguales, recordando los edificios que fueron volados y que su teatro fuera testigo de ejecuciones y barbarie; el dilema de la coherencia se disolvió por el azar y la no seguridad física para entrar en la zona. A cambio y todas las pérdidas fueran esas, Bosra como antigua capital de la provincia romana de Arabia Pétrea ofrece un espectáculo grandioso con su piedra basáltica y su esplendor congelado.
Siria apaciguada sería un destino fabuloso de visita que caería en la sobreexplotación del turismo de masas, por lo que soy afortunado en haberla disfrutado en este momento. Sigo atentamente sus noticias y se incorpora a una cercanía familiar, reconociendo sus nombres y comprendiendo su identidad. Frente a mi fatalismo recurrente, me asombra la vitalidad y optimismo de nuestro guía Mohamed, un joven que podría darnos clases de felicidad con ganas de salir adelante en un entorno más que difícil. La vida es finita y aleatoria como para pasar por ella sin la intensidad exigida.
