Ataque en Cataluña. SFP-FEPOL/@SfpFepol
Ataque en Cataluña. SFP-FEPOL/@SfpFepol

Silencio. A esta única carta se la jugó más de media Cataluña el 14F. Símbolo del silencio o más bien del cansancio suscitado por años de palabras vacías y promesas fantásticas. La fuerza más votada no fue la de Illa, pero tampoco la suma independentista. Estos últimos – los del sueño imposible – pasaron del mítico 51%, al 27% de apoyo. 600 mil votos menos. Necesitaban amplia movilización ciudadana, la cual acusó en los resultados. Su arma propagandística preferida, las marchas ciudadanas en lugares emblemáticos catalanes no pudo desenfundarse – por lo menos al nivel de años anteriores – debido a la pandemia. De ahí emanaba su eficaz efecto llamada al resto de nacionalistas. Toque de diana convocado y retransmitido por su mejor aliado mediático, TV3.

Cierto que continuamos inmersos en una crisis sanitaria, pero seguridad en las urnas no faltaba —28 mil EPI se utilizaron– y alternativas como el voto por correo tampoco.

Por otro lado, dentro de las opciones del nacionalismo, el giro más moderado hacia la autodeterminación encarnado en PDeCAT no obtuvo ni siquiera representación. La mesura no es una opción para los indepes. Jugársela al All In yendo de farol o, directamente, no ir (abstención).

No por silenciarse, sino por ser muteado, Cataluña también ha sido protagonista por la detención de Pablo Hasél. El rapero se atrincheró en la Universitat de Lleida obligando a los Mossos acceder en ella para arrestarlo. Uno de los símbolos del conocimiento, progreso e innovación protagonista de uno de los episodios más controvertidos de la historia reciente. Símbolo de la democracia. Democracia constituida por el derecho al saber que se traduce en la generación de una opinión propia. Parecer que dispone de su consecuente libertad para expresarla allá donde se quiera. Tan dispares y únicas como respetables, siempre y cuando no se atente contra la dignidad de terceros. Jugando con el funambulismo para no caer de esa cuerda floja que te empuja hacia el odio y el desprecio. Ese jardín prohibido en el que deambulan inconscientes representados en marchas como el memorándum a la División Azul con su consecuente proclamación antisemita. Símbolo de la intolerancia.

Libertad a modo de cortina que oculta la agresión a un periodista de TV3, a un testigo de un juicio o violar la sede del Banco Santander en Lleida, sin mencionar la huella que dejaron en la propia universidad con sus destrozos. El delito no abarca la libertad de expresión. Y una suma de los mismos, por mucho empeño que se ponga en sortear lo que ello conlleva, acarrea dormir en el calabozo durante un tiempo.

Encarcelado por cuestionar la monarquía española, aquella que hasta el momento sale indemne a pesar de la cuestionable y decepcionante, para unos, y esperada y celebrada para otros, imagen del Rey Emérito con consecuente huida – que no exilio – provocada por su hambruna crónica de enriquecimiento infinito.

Otro símbolo —esta vez el de la corrupción— cerrará por liquidación a petición de Pablo Casado. El PP se muda de sede como si los problemas no fueran consigo sino con el lugar. Cambiar de casa para que los fantasmas del pasado se queden allí encerrados y olvidar la pasarela de Génova por donde desfilaron los Bárcenas, Rajoy, Rato y compañía. Romper con el pasado sin haberlo superado en el presente. El símil con Alibaba y los 40 ladrones cambiando de cueva es arrollador. Si la compra Vox, no existirá pena judicial más dolorosa. El remate final.

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