Siempre nos quedará la estupidez

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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Si los muertos de París levantaran la cabeza, lo primero que harían seguramente sería borrarse de las redes sociales.

Si los muertos de París levantaran la cabeza, lo primero que harían seguramente sería borrarse de las redes sociales. La cantidad de chorradas que han parido durante estos días Twitter y Facebook daría para una auténtica analogía. Y aquí hablo de las dos eternas facciones, derecha e izquierda, tanto monta. Los primeros, para dejar claro que tenían razón y que hay que dar muerte al moro, cerrar las fronteras y acabar con la multiculturalidad; los segundos, enarbolando banderas de Siria, del Líbano y de otros países no por solidaridad –si así fuera se irían allí a ayudar o al menos mandarían un dinerito, digo yo–, sino para demostrar que son diferentes a estos malditos capitalistas que se echan las manos a la cabeza porque han muerto unos cuantos pijitos en París y para desmarcarse de las políticas del bipartidismo y todo eso que huele a rancio.

Por supuesto no todo el mundo es así, hay una minoría que ha preferido el prudente silencio antes que abrir la boca para despejar definitivamente las dudas -que diría aquel-, o que incluso la han abierto para decir cosas coherentes. Pero insisto, tristemente ha sido una minoría. Luego, no sé por qué, le pedimos a los políticos que no hagan política –valga la redundancia- aprovechándose de la tragedia.

Supongo que en un mundo donde las noticias circulan a la velocidad de la luz, los testigos se convierten en periodistas con las redes sociales y las informaciones se solapan unas a otras viniendo a decir prácticamente lo mismo con cuentagotas, sentimos una especie de pánico no ya por los muertos en París o por el temor a otro atentado, sino por no ser capaces de subirnos a ese tren donde todo el mundo quiere aportar su punto de vista. Y claro, nos teñimos la cara con la banderita francesa o nos colocamos el pin de la paz en forma de Torre Eiffel. Hasta ahí, bien. Lo malo es cuando soltamos la primera burrada que se nos pasa por la cabeza y ponemos a los muertos como escudos humanos para levantar nuestra bandera política en Facebook. Afortunadamente no soy familiar ni amigo ni conozco a ninguna de las víctimas, porque si así fuera no sabría a quien guardar más rencor: si a los islamistas integristas o a los hipócritas integrales.

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