La muerte de Rita Barberá ha vuelto a dejar pasmada a la España razonable frente a la ultramontana, que se ha venido arriba de tal manera que da verdadero miedo.

La muerte de Rita Barberá ha vuelto a dejar pasmada a la España razonable frente a la ultramontana, que se ha venido arriba de tal manera que da verdadero miedo. Si hay algo que particularmente me mosquea es que me consideren tonto, como pretenden destacados miembros del PP y seguidores con sus estrambóticos argumentos para justificar la muerte de la “alcaldesa del pueblo”.

Resulta que los medios de comunicación, los  menos serviles a los poderes oficiales, han sido los responsables del infarto que acabó días pasados con la vida de la exalcaldesa y senadora “ex popular”. El conspicuo portavoz del grupo parlamentario del PP, Rafael Hernando —el que dijo que las víctimas de la dictadura franquista se movilizaban buscando a sus familiares en la fosas solo cuando había subvenciones— lo ha dejado muy claro y, además, poniendo nombre y apellidos a los supuestos sicarios: “han sido la Ser y la Sexta”.  Lo manifestó el mismo Hernando que, para poder fraguar el pacto de investidura con Ciudadanos y cumplir sus exigencias respecto de apartar a los corruptos de sus cargos, defendió públicamente darle la “boleta” y la baja del partido a la ya difunta, decisión que ahora justifica argumentando que fue para protegerla de “las hienas que seguían mordiéndola”.

Si en este país tuviésemos un mínimo de dignidad colectiva y de autoestima, hace mucho tiempo que esta gente impresentable, que justifica la corrupción propia y utiliza como arma arrojadiza la ajena, estaría fuera de la política. El primero de ellos Mariano Rajoy, que envió cariñosos y solidarios SMS a Bárcenas cuando ya estaba en prisión —“sé fuerte Luis… nada es fácil y hacemos lo que podemos”— y que ahora confiesa que unos días antes de morir Rita Barberá, y de declarar en el Supremo, habló con ella. ¿Cómo es posible que hablara con quien estaba imputada por financiación ilegal del PP? ¿Qué pasa, que le dio instrucciones para argumentar ante el magistrado Conde Pumpido? Parece que es una práctica habitual que los miembros del Gobierno del PP se reúnan en sus despachos oficiales o mantengan conversaciones con presuntos delincuentes. También lo hizo el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, con el imputado Rodrigo Rato. Suma y sigue…

En España nos hemos acomodado al disparate y tragamos carros y carretas sin pestañear. Y eso es posible porque, efectivamente, debemos ser tontos. Las estratagemas de manipulación y control social del PP son tan viejas como el hilo. Léanse las Diez estrategias de manipulación mediática, de Noam Chomsky, e interiorícenlas como arma de autodefensa frente a la maquinaria de propaganda de los gobiernos y la información basura. Lo lamentable es que esas estratagemas les dan buenos resultados al PP en un país de escasísima cultura política y en una democracia tan anémica como la que tenemos. En el caso de la muerte de Rita Barberá, gran parte de la ciudadanía, guiada por la consigna de la “cacería mediática” y amplificada por los tertulianos en la nómina del PP, la ha emprendido a mandobles con quienes, en uso de su libertad y —desde mi punto de vista, en un ejercicio de coherencia— se negaron a homenajear en el Congreso con un minuto de silencio a una presunta corrupta. La trampa de desviar el foco hacia lo anecdótico funcionó, dejando en sombra la esencia y el fondo del asunto: que la aforada señora del “caloret”, del bolso de Vuitton regalo de los “gurteles”, cofundadora de Alianza Popular, número 3 del PP, y palanca que impulsó a Rajoy a La Moncloa, estaba atrapada en la Operación Taula, de blanqueo de capitales de su partido en Valencia.

Combatir la manipulación con la herramienta del cerebro es la única manera de no seguir tragando tanta basura. Y para ello debemos racionalizar y reflexionar sobre lo que nos cuentan y tener siempre en guardia nuestro inconsciente, para que no se doblegue ante argumentos sensibleros y obviedades. Las palabras casi nunca son neutrales y mucho menos en la boca de un político. Por eso es imprescindible saber interpretarlas y ponerlas en el orden adecuado. Entre los muchos ejemplos de manipulación y de retorcimiento del leguaje podría valer éste, muy habitual en los estudios de retórica, en el que dos novicios le hacen la misma pregunta al prior. El primero dice Padre, ¿puedo fumar mientras rezo?, lo que le granjeó una seria reprimenda. El segundo novicio preguntó al mimo prior: Padre, ¿Puedo rezar mientras fumo?, y fue alabado por su devoción. ¡Pobre Rita…! Dicen muchos de sus colegas ahora, entre dientes y sin que se les oiga, que murió de pena cuando la privaron de su partido, que era toda su vida. Como si a una ancianita solitaria le quitaran su tele y su punto de croché.

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