Ser hombre, una mentira.
Ser hombre, una mentira.

Para nosotros los hombres, esto de ser hombres es una cuestión vital, porque es lo que nos diferencia de las mujeres. La importancia no está tanto en lo fisiológico donde las diferencias son evidentes, sino en lo conceptual, en todo aquello que se refiere al universo de la identidad, el género y esa construcción social de lo que se entiende por ser hombre o mujer, con la que la mayoría de las personas nos identificamos sin que sepamos muy bien porqué.

Ser hombre o mujer no nos hace sentir, emocionarnos o sufrir de una manera distinta, al fin y al cabo, en lo esencial todos y todas estamos conformados de la misma menera, un cerebro, dos pulmones, un corazón, dos riñones, un hígado, muchos miedos, inquietudes, ilusiones, necesidades, y también oscuridades.

Pero a los hombres la existencia de esa idea de un hombre que todo lo comprende, que nos dice que es lo que es y no es ser un hombre, nos encanta e interesa, porque en ella encontramos la razón de ser de nuestra “superioridad”. Ser hombre es ser hombre, y ser mujer es todo lo que no lo es. Esa es nuestra androcéntrica concepción de la vida y la existencia. Y en esa visión que implica división, jerarquía, poder, y desigualdad, no cabe nadie ni nada más.

En esta estructura maniquea donde los colores son subversivos, y lo subversivo peligroso, todo lo que se desvíe de la norma es considerado una anomalía. Este es el mundo que los hombres hemos creado y en torno al cual todo se entiende y ejecuta, donde las diferencias son resaltadas y la desigualdad constituye la base de la existencia.

Un modelo de convivencia que genera violencia, y desapego, y lo masculino lo decide absolutamente todo. Porque si ser hombre o ser mujer tiene mucho que ver con la identidad y no solo con las características físicas, es evidente que el hecho de nacer con un cuerpo u otro no debería de condicionar en exceso nuestras vidas, y sin embargo la realidad no es así.

Ser hombre o mujer en lo esencial no nos diferencia, por eso no es natural que sigamos clasificándolo todo, y pretendiendo que el mundo funcione en torno a únicas categorías, masculino-femenino, varón-hembra, hombre-mujer. Porque entre otras cuestiones no reflejamos la realidad y dejamos fuera a muchas personas.

Los hombres tenemos que comenzar a quitarnos capas de masculinidad y tomar consciencia de que ese hombre en el que creemos, y pensamos que por naturaleza nos corresponde, es una gran mentira del patriarcado para explotar a las mujeres. Que no es verdad que tengamos que ser de una forma determinada para ser hombres y que lo que nos define no es nuestro sexo, género, identidad, orientación, raza, color o religión, sino lo que nos identificamos y sentimos que somos.

En este proceso de deconstrucción de una masculinidad tarada y egoísta está el futuro de la igualdad, y hasta que no seamos capaces de desvincularnos de ese hombre violento, prepotente, inútil y egoísta que habita en nuestro interior, el mundo, las mujeres, y quienes no se identifiquen con esa estrecha visión del mundo que el patriarcado tiene, seguirán estando en peligro y la igualdad solo será una quimera por la que la que los feminismos tendrán que seguir luchando, con la oposición manifiesta, activa, pasiva e intolerable de los hombres.

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