Semana Santa y procesiones

El teatro litúrgico de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret se inventó para que las gentes comprendieran lo que había ocurrido con aquel Jesús

06 de abril de 2026 a las 11:57h
Los rostros del fuego de Pascua.
Los rostros del fuego de Pascua. Pablo Martínez-Calleja

Volvió la Semana Santa y desde hoy volvió a irse al relicario de los eventos anuales. Semana Santa es, primero que todo dos cosas que quieren seguir siendo mezcladas, porque a río revuelto, ganancia de pescadores. Una cosa es el tiempo de Semana Santa del calendario litúrgico, el momento religioso y quizá espiritual. La otra cosa son las procesiones, que de ninguna manera son un evento litúrgico sino un teatro litúrgico, que al principio acontecía en la iglesia, como tantas otras representaciones teatrales, y que poco a poco fueron abandonando los templos por diferentes motivos.

Algunos de esos motivos fueron los excesos de teatralidad y carencia de teologías, como en el caso de la misa del obispillo. Carencia de teologías que se puede constatar cuando en Jueves Santo se mezclan por las calles Últimas Cenas con Cristos de toda condición. No sé cuánta ficción soporta el hecho de que un Cristo crucificado sea escenificado en las calles cuando, según el propio relato, no ha sido crucificado todavía.

El teatro litúrgico de la pasión y muerte de Jesús de Nazaret se inventó para que las gentes comprendieran lo que había ocurrido con aquel Jesús: una didáctica para alcanzar a las gentes y ofrecerlas la posibilidad de creer en aquella historia que les contaban. La ficción que todo teatro es ha sido extirpada de las procesiones para convertirlas en una performance donde el yo de no pocas cofradías y cófrades va demasiadas veces por delante del relato que tienen para contar. Donde la suma de los yoes de las gentes pide más animación que teología: nada en contra, solo intento describir lo que observo.

A esta animación, también la podemos llamar diversión, podemos sumarle la actuación estelar de Fernando López Miras sobre un carro romano a lo Ben Hur, queriendo suplantar a Teodosio I, pero en versión murciana; algo que nada tiene que ver con el teatro litúrgico del tiempo de Semana Santa. Teodosio I, el emperador romano que prohibió todo lo que no fuera cristiano, eso sí.

A las procesiones de Semana Santa se le suman, en las páginas de turismo oficiales, los picaos de san Vicente de la Sonsierra: unos flagelantes medievales prohibidos por el Papa, por Carlos III y que yo no creo que deban prohibirse si hay un consentimiento completo de quienes se flagelan. Sobre el sentido religioso y espiritual que pudieran tener esas flagelaciones no es este el momento de profundizar, pero sí adelanto que una espiritualidad vivida hacia afuera tiene bastante de performativo, de presentación de sí mismo de una determinada manera como centro de un espectáculo organizado o consentido por uno mismo.

Fuera de España hay expresiones populares, como en Suiza, en la ciudad de Romont, donde el Viernes Santo se celebra una procesión de plañideras que sobrecoge, y que igualmente se anuncia en la página de turismo del país y de la región. En Hamburgo, ahora en el universo protestante es muy conocida la romería del fuego pascual, como yo la voy a bautizar. El Sábado Santo se hace un enorme fuego de Pascua en la playa fluvial de Blankenese, lugar al que acuden los trenes abarrotados de gente. Si el Viernes Santo está todavía prohibido el baile, el sábado la romería llena trenes, caminos, tabernas y playas. Después de la romería, propiamente dicha, llega la segunda oleada en forma de botellón para el jovenerío.

Tenemos antropólogos que insisten en que la Semana Santa sería un ritual de primavera y de vida propio de sociedades agrarias típicamente mediterráneas. La verdad es que de agrario solo he sido capaz de encontrar el Huerto de Getsemaní y ninguna simbología que me devuelva a la idea, por lo menos, de Ceres. Y lo que veo es que puestos a encontrar encontramos lo que nos propongamos. La fiebre por encontrar justificaciones históricas puede llevar y lleva a inventar raíces que nos inviten a pensar que nuestras tradiciones vienen de lo eterno y son para la eternidad. Yo lo único que encuentro en todos estos eventos de Semana Santa es la necesidad de las gentes por superar tanto sufrimiento y tanta muerte como propone la Semana Santa. Y las gentes lo superan con su participación festiva, celebratoria, como en los antiguos velorios. La Semana Santa tiene de primavera que cayó en primavera en el calendario litúrgico y a partir de ahí, lo que venga.

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