La vendimia y el vivir-morir de las palabras rurales

Y así todo un lenguaje rústico y rural, todo un patrimonio que vamos perdiendo por falta de uso

Periodista y escritor.

Una imagen de la vendimia.

La vendimia se va adelantando en nuestra tierra y en otras tierras. El aumento de la temperatura, y las olas de calor, propiciadas por el Cambio Climático, obligan a los viticultores a adelantar la vendimia o recogida de la uva. Ya en agosto, hemos visto a las cuadrillas trajinar en los viñedos. Incluso en algunos pagos la vendimia se hace de madrugada para recoger los racimos de uvas a temperaturas más suaves y benignas para el fruto. El gran poeta Virgilio (70 a.C-19 a.C.) señala en el libro I de “Geórgicas”: “Si la Aurora se levanta pálida, abandonando el rojo tálamo de Titón, ¡ay!, que muy mal defenderá el pámpano, la dulce delicadeza de las uvas”.

Antes de que agosto se despidiera de nosotros, varios patronos de la Fundación Savia con el Presidente Paco Casero a la cabeza, fuimos un día a Santaella, Córdoba, a la vendimia invitados por Francisco Robles, un vitivinicultor innovador que está revolucionando el mundo tradicional del vino en la comarca de Montilla-Moriles, una de las D.O. más afamadas de Andalucía, junto a Jerez- Sanlúcar, Málaga Robles ha introducido la variedad verdejo y obtiene unos blancos frutales, elegantes y deliciosos, con su “Piedra Luenga”, pero es con la variedad autóctona PX (Pedro Ximénez), con la que viene innovando a fondo. Robles es pionero en la elaboración de espumosos en la D.O.

En pocos años ha pasado de producir mil doscientas botellas de un espumoso brut nature con uva 100% de la variedad PX, a sacar al mercado 10.000 botellas que serán más de 20.000 en 2024, tras el envejecimiento durante 18 meses en botella, utilizando el método champagnoise. Desde hace años, Francis Robles investiga y aplica métodos en el cultivo de la vid para mitigar el Cambio Climático. En la finca “Villar Gallegos” de Santaella, donde se halla el mayor viñedo ecológico de PX de Europa, Robles nos dijo: “La primera ola de calor en mayo afectó a la floración del racimo, y en junio y julio sufrimos otras olas que estresaron el desarrollo de la vid y en consecuencia hemos tenido que adelantar la vendimia en unos 20 días”. Robles desde hace más de dos décadas utiliza la viticultura ecológica, crea las levaduras de forma natural, mantiene las cubiertas vegetales en sus viñedos, y ha instalado placas fotovoltaicas para usar energía renovable en el funcionamiento del lagar y de la bodega.

En la jornada de vendimia estuvimos colaborando con una cuadrilla de temporeras y temporeros de Nueva Carteya que desde las seis de la mañana estaban a pie de viñedo, tijera en mano y allí oímos voces que se van perdiendo por falta de uso en el medio rural: vid, pámpano, pámpana, cepa, sarmiento, nudos, entrenudos, zarcillos, raquis. Cortamos los racimos con tijeras con cuidado de no herirte en los dedos, y luego los racimos se trasladaron en cajas de 20 kgs, a las paseras, donde se depositan sobre lienzos o mallas largas para solearse y donde se voltean con frecuencia para que el color de las doradas uvas se torne al marrón oscuro-negro de la pasa de la que se obtendrá más tarde, en el prensado, el zumo PX que envejecido en barrica nos dará más adelante el famoso y delicioso vino Pedro Ximénez.

Verano. Escribo y pronuncio esta palabra y se me abre de par en par esta estación que hasta ahora era deseada por el buen tiempo, con temperaturas altas durante el día que nos permiten vivir, y suaves en la noche que nos permiten dormir. Pero la palabra verano en lo que llevamos de 2022, no nos produce emociones contenidas de disfrute en lugares de playa, o en pueblos del interior, donde solemos pasar unas merecidas vacaciones. Este verano es tórrido con olas de calor de varios días seguidos, y temperaturas por encima de los 40 grados que han hecho difícil disfrutar del día, y con noches donde no hemos bajado de los 26-28 grados, sin poder disfrutar del sueño reparador. En España se han contabilizado más de mil muertes a causa del excesivo calor y de los pavorosos incendios. Días atrás, hablando del poder de las palabras con mi amigo y hermano del alma en las lides del periodismo, la poesía y el ateneismo, el malagueño Juan Gaitán, me dijo que su madre María Luisa Cabrera nacida en Sanlúcar de Barrameda utilizaba la palabra embarnecer, no muy conocida. “Es niño ya está embarnecido ya ha pasado de niño a joven”. Si buscas en el diccionario, embarnecer: significa volverse o hacerse más grueso, robusto o fornido, engordar, fortalecerse, o como decía doña María Luisa: ese niño ya se está embarneciendo.

En el campo, en el medio rural hay toda una cultura oral, todo un vocabulario que se va perdiendo porque al morir los mayores que conservaban y difundían ese patrimonio, esas palabras se pierden al no pronunciarlas, al no escribirlas. Por ejemplo, aventar o ablentar palabras hermosas que designan lo mismo: echar algo al viento, para que al caer se separen el grano de la paja, de los cereales. En las eras, los agricultores trillaban para separar el grano de la paja y luego aventaban con el bieldo, o biergo, compuesto de un mango largo de madera y un palo centrado en perpendicular del que salen tres o cuatro palos paralelos a modo de dientes.

El agricultor pasa el bieldo por el montón trillado en la era y lo eleva al aire y lo voltea y con la mareita, o viento, se separan en el aire los granos de trigo o de cebada, y la paja que cae más allá. Aventar, besana, parva, apero, atroje, mies, gavilla, dediles, manija, zahones, arado, trillo, palabras que se van perdiendo como los cantos de siega y trilla que cantaban mujeres y hombres segadores para animarse en la tarea mientras recogían la cosecha de lo sembrado con tanto esfuerzo y con tanta incertidumbre. Mujeres y hombres, niños y mayores hechos a la alegría y a la pena manejaban esas tareas para su subsistencia y para dar valor y sentido a sus vidas. Hoy las modernas segadoras van arrinconando a la yunta de mulas o de vacas pajunas, ni vemos ya, a una vaca y una mula tirando del arado por las hazas inclinadas de terrenos montañosos como en la Alpujarra, o quizá quede algún viejo labrador que lo siga haciendo como vestigio de una época que se va diluyendo en el vertiginoso avance de la modernidad.

Ya cuesta encontrar a personas en el campo que te hablen del horcate o ubio para uncir a los animales de tiro, o de la hoz, las hachas, las horcas, el rastrillo, la zuela, hachazada, o del almocafre, la azada, el escabuche, la escardilla, la guadaña, o la criba o harnero. Con el arado romano se labra la tierra abriendo surcos. Partes del arado: Mansera, ovejeras, garganta. La reja es la parte metálica delantera que abre los surcos. La vertedera sirve para voltear y extender la tierra.

El zurrón lo utilizaban los pastores para llevar la merienda. La cuenca, vaso hecho con cuerno de res y usado por los pastores. Para las medidas de áridos y granos: fanega, equivalente a 12 celemines, unos 48 kgs; la cuartilla. Romana, báscula. Y para usar con los animales, aparejos como la aguadera, la albarda o albardón, jáquima, angarilla, serón, brida, cabezada, cincha, collera, bozal, morral, rienda, sillín, tralla, soga. Y en las casas rurales encontramos: almirez, artesa, afiladera, caldero, candil, carburo, farol, palmatoria, manga para colar el café; llares para colgar los calderos en la chimenea; fuelle, badil o badila, trébedes.

En muchas casas rurales se conserva el vasar, el escaño, el tajo o tajuela, la tinaja, la cantarera, el cántaro, el botijo para el agua; o el porrón, o la bota para el vino; la garrafa, la lechera, la huevera. Y así todo un lenguaje rústico y rural, todo un patrimonio que vamos perdiendo por falta de uso. Sólo si preguntas a una persona septuagenaria, octogenaria o nonagenaria, y le nombras estas palabras se le encenderá una luz en los ojos y en su memoria aparecerá esa palabra y su significado y te contará todo lo vivido con esos objetos a lo largo de su vida. Y verás el poder que tienen las palabras rurales. ¡Feliz final del verano!
 

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