La escuela de Azuel se ha cerrado después de 75 años de existencia. Pero se ha cerrado todo: el edificio y el alma. De golpe y sin que nadie diga nada, nos la ha arrebatado la misteriosa, fortuita e imparable rueda dentada del tiempo. Era la crónica de una muerte anunciada, que se une a la incertidumbre de estos años extrañamente críticos.
Era el 22 de junio de 2022, al final de la mañana, cuando salieron por sus puertas los cinco últimos alumnos entre 4 y 12 años. Ellos mismos pidieron echar el candado y las llaves de las puertas para contarlo cuando fueran adultos, como si de una aventura infantil se tratara. No podían intuir, entre las risas y la emoción, que no era un ciclo educativo lo que cerraban, sino más bien todos los ciclos habidos y por haber en un pueblo. Ahora va a quedar escrito para la posteridad.
En esa hora tranquila del mediodía, encima de ese ecuador temporal que no sabe para donde inclinarse, en el centro milimétrico de una balanza estaba un maestro con sus alumnos. Al salir y dar un paso fuera, los alumnos arrastraron con su peso, nada baladí ni ligero, la decantación y derrumbe de un tiempo que fue. Un edificio sin gente, un cuerpo sin alma, un jardín sin flores, un maestro sin alumnos, todos estos vacíos surgieron al unísono en una especie de locura insoportable.
Allí en la puerta, mirándolos marcharse con sus mochilas a las espaldas, me quedé yo, respirando hondamente: el último maestro del colegio Quercus de Azuel. De pronto, un remolino de aire cálido se levantó y se me vinieron miles de recuerdos, porque yo mismo también había sido alumno durante mi infancia en ese mismo colegio. Mis ilusiones, aventuras y anhelos de niño se me representaron mentalmente como en una retrospectiva fotográfica. Allí estaba yo, un niño contento, bajando la calle abajo y llevando una lata grande de brasas para calentarme los pies en el frío invierno escolar. En la vuelta a casa, por la misma calle arriba, jugábamos a hacer molinetes con la lata llena de cenizas que no se caían por efecto de la gravedad. Entonces el mundo me parecía algo mágico e inmenso.
Cuantas fiestas de Navidad, días de la Paz, homenajes a los ancianos del pueblo, Carnavales, días de Andalucía, tardes de salir al campo, el mes de mayo dedicado con flores a María y las fiestas de exaltación de la bandera (de otros tiempos), Fiestas de fin de curso. El colegio se desbordaba en aquellos momentos e inundaba al pueblo; y el pueblo se pujaba y enorgullecía de su colegio aunque fuera pequeño porque lo sentía latir. Los adultos tenían una felicidad añadida, a la que entonces no se echaba mucha cuenta, al saber que la continuidad estaba garantizada en lo vital y mejorada en lo educativo y académico: “niños mejores para un pueblo mejor”. Ese latir, poco a poco, casi imperceptiblemente, se ha apagado. Ahora casi nadie quiere mirar en esa dirección porque ese colegio silencioso duele y se queda un sabor agrio en la garganta.
Qué va a ser de ese edificio que ha visto como derribaban sus vecinas casas de maestros que se construyeron y nacieron a un tiempo. Presentirá, como los ancianos cuando ven morir a un amigo, que él va a ser el siguiente en caer.
En su interior quedan los ecos de decenas de escolares, casi podríamos decir que todos los habitantes actuales de Azuel (hasta los setenta y cinco años) han sido niñas y niños entre esas mismas paredes físicas y su patio de recreo. Todos han jugado a pídola, las canicas, el balón, el tejo, la comba y la goma en su patio. Cuantas canciones, lecciones, verbos, sumas, restas y multiplicaciones se han resuelto con no poco esfuerzo. No son solo los conocimientos y experiencias las fuerzas evocadoras; a ello hay que añadir los sentimientos y conciencias de tantas almas inquietas y vivaces.
Recuerdo cuando me preguntaban mis maestros por lo que iba a ser de mayor; yo siempre respondía que cantante o torero. Aunque he probado varias dedicaciones en mi recorrer por la vida, algunas cercanas a las citadas, he terminado de educador y aprendiz a la vez.
Allí estaba yo, en medio de ese fatídico día, como aquel maestro que describió Antonio Machado en una de sus poesías: “…el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano… …una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian. Monotonía de la lluvia en los cristales”. En un momento me pareció que no era el verano lo que comenzaba en aquel mes de junio, y que era más bien un otoño nublado y lluvioso lo que saltaba por las tapias del colegio. Un escalofrío me recorrió la espalda, abrí la puerta que habían cerrado los niños con su juego y me metí hacia dentro. Me puse a organizar algunos libros y carpetas. Hice un inventario de lo que quedaba en el colegio por encargo de la Inspección y, al cerrarlo, sentí que lo que plegaba era un rendido acordeón que había estado sonando sesenta años.
Recorrí lentamente las cuatro aulas, cerrando sus cuatro puertas. En cada una de ellas las bisagras se quejaron y resistieron, quizá presintiendo el óxido que habría de venir. Las cuatro aulas eran como los cuatro elementos primigenios “tierra, agua, aire y fuego” ¿quién volverá a ponerlos en movimiento? Al salir por el portón de la carretera me pesaban los pies como a un anciano centenario, alcé la barbilla con imperio, apreté las mandíbulas, me armé de valor como si se ir a la guerra se tratara y me alejé sin volver la vista atrás.
No vamos a hacer relación de las maestras y maestros, que fueron muchos y comprometidos, los que han pasado e impartido enseñanza, entrega e ilusión. Todos dejaban algo y se llevaban mucho dependiendo de su implicación. Entonces eran unos años duros en cuanto a disposición de recursos e innovaciones. Un proyector de diapositivas era lo más grande del mundo y solo se veía una vez en el curso. La colección de minerales se trataba con tanto mimo que, más bien, parecía el preciado y oculto tesoro de un pirata.
El cuaderno y el lápiz por parte del alumno y la pizarra y la tiza por parte del maestro eran los materiales por excelencia. Hoy en día cuanto ha cambiado todo, incluso aquí, en un rincón apartado del mundo: pizarras digitales, ordenadores portátiles personales… pero faltaba la pieza principal (niñas y niños). Todo este cambio de innovación material y, a la misma vez, el retroceso en picado del alumnado lo he vivido en los últimos años en el colegio de Azuel. Me emocionaba y deprimía en un agridulce pensar; porque tanta tecnología, inversión y experimentación no iba a poder ser aprovechada. … y tenía que echar la llave… …y tenía que echar el candado…“
Esta puerta del colegio clausurada con llave, se traduce en la supresión de la enseñanza en la localidad, el traslado de los pocos alumnos a la localidad de Cardeña, con una ruta de transporte de siete kilómetros de ida y vuelta.
El coste social es inmediato en forma de pérdida de servicios, dificultad para atraer nuevas familias y una sensación de declive que alimenta la espiral demográfica. Se ha documentado, además, la ambivalencia entre calidad educativa y arraigo. Así, mientras que en muchos casos la escuela rural ofrece una educación personalizada valorada positivamente por la inspección educativa y las familias. Su cierre es percibido como un golpe al proyecto de vida local y también como un “desapego personal y social con su localidad” en los niños y jóvenes, que arrastrarán de por vida.
Frente a esa dinámica se tendría que desplegar un abanico de estrategias para mantener la educación en los pueblos:
- Agrupar varias localidades bajo una misma dirección y equipo docente, compartir recursos y rotación de un profesorado comprometido.
- Priorizar la escolarización preferente en la escuela de la localidad para conservar alumnado, incentivos temporales para maestros que aceptan plazas en zonas remotas (mejoras retributivas, permisos, vivienda).
- Programas de digitalización para conectar aulas y oferta de formación específica para docentes rurales.
- Nuevas fórmulas pedagógicas que hacen de la escuela rural un reclamo (por ejemplo, enfoques pedagógicos personalizados, bilingüismo, enseñanza vinculada al territorio).
- Guarderías municipales que retengan a las familias jóvenes hasta proyectos de 'repoblación educativa' que vinculan vivienda y empleo con plazas escolares.
- Una política estructural que abarca el problema de la despoblación con medidas demográficas, socio-culturales y económicas más amplias.
- Campañas municipales para que lleguen familias jóvenes.
La batalla por mantener vivas las aulas debe ser una labor de todo un pueblo y no solo de las administraciones. En pueblos donde la escuela ha sobrevivido, los testimonios apuntan a la importancia de la implicación vecinal, la flexibilidad organizativa y la capacidad de vender la vida rural como atractivo, no solo como nostalgia, mediante vivienda asequible, trabajo remoto y servicios.
La fragilidad del modelo se vuelve evidente cuando una o dos bajas demográficas (familias que se marchan o que deciden escolarizar fuera) bastan para desequilibrar una matrícula mínima sostenible. Eso explica por qué muchas políticas autonómicas priorizan el traslado de escolares, antes que mantener un colegio rural, una estrategia racional desde la gestión, pero limitada y tremendamente negativa sobre el mundo rural que tiene por objetivo existir y repoblar.
No quiero ponerme melancólico, pero pesa como una losa una premonición popular: “Cuando muere un colegio muere un pueblo”.
Ahora el relevo lo tiene el centro de adultos, que aunque esté en un edificio diferente, con personas de edades diferentes, debe permanecer y tomar el testigo como la última referencia académica y cultural. Esa debe ser nuestra defensa.
