‘El farmaceútico del Ampurdán que no busca absolutamente nada’ (1936, fragmento), Salvador Dalí. El “farmacéutico del Ampurdán” es, en la obra de Dalí, una cierta personificación del seny, como en el ámbito literario lo es la figura del senyor Esteve.
‘El farmaceútico del Ampurdán que no busca absolutamente nada’ (1936, fragmento), Salvador Dalí. El “farmacéutico del Ampurdán” es, en la obra de Dalí, una cierta personificación del seny, como en el ámbito literario lo es la figura del senyor Esteve.

Catalanes, el seny ha muerto. Ese proverbial sentido común de un pueblo de pacíficos comerciantes siempre fue, como toda seña identitaria, un tópico, pero, como todos los tópicos, arraigaba en una verdad. Hasta que llegó el ciclón del procés. Si bien el seny se sigue filtrando en los pequeños detalles (por ejemplo, en la rapidez y predisposición con que los partidarios de la efímera República Catalana aceptaron someterse a unas impuestas elecciones autonómicas), creo que es justo decir que Cataluña se mueve ahora en coordenadas muy distintas. Cataluña está bajo el imperio del sentimiento.

Parejas que se separan, familias que discuten, parroquianos que cambian de bar, grupos de amigos que dejan de salir juntos… Algo de verdad debe de haber en este retrato alarmante (y alarmista) que los medios esbozan de la sociedad catalana, una sociedad cuya constelación sentimental está cada vez más viciada o, como se lleva decir, es cada vez más tóxica. Éste es quizás el fruto más deplorable de una escalada ideológica que viene de antiguo. De una sociedad cada vez más cerrada y autoritaria, cada vez más dividida entre franquistas y panfranquistas (dícese del que ve a Franco en todas las cosas), cada vez más volcada sobre sí misma o, mejor, sobre lo que tiene de tópico autocomplaciente.

No es un antagonista profesional como Federico Jiménez Losantos el único que añora “la ciudad que fue” Barcelona en aquellos años setenta donde parecía alojar (o nos parecía que alojaba) la cultura más inquieta de Europa. Tengo para mí que los mundos fantásticos de Francesc Pujols, Lídia Nogués, Joan Miró, Alexandre Deulofeu, Salvador Dalí, Ángeles Santos, Leandre Cristófol, Remedios Varo, Esteban Francés, Joan Massanet, Angel Planells, Josep Maria Subirachs, Pau Riba, Jaume Sisa, o, más recientemente, Albert Pla, Neil Harbisson o, por qué no, Víctor Cucurull, pueden resultar un legado incómodo. Cataluña es con diferencia el territorio que más capital surrealista ha sabido generar por metro cuadrado, quizás como una reacción saludable a su clásico seny (la no menos tópica rauxa, o arrebato creativo), pero no es esto lo que reivindican unas autoridades comprometidas con una revisión exageradamente ideológica de la cultura: ni siquiera Dalí, el catalán más célebre de la historia, tiene una calle en Barcelona.

Sí la tiene —como su padre, el notario— en su villa natal, Figueras, a la que legó esa oda al surrealismo llamada Teatro-Museo Dalí. A su entrada, erigió un monumento al creador de la Ciencia y la Religión Catalanas, Francesc Pujols, sobre su lema: “El pensamiento catalán rebrota siempre y sobrevive a sus ilusos enterradores”. Una frase deliberadamente ambigua, que ha sido esgrimida en contextos muy dispares; pero, conociendo a en Salvador, es de sospechar que no ubicaba a esos cándidos sepultureros demasiado lejos.

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