Pruebas de antígenos en un cribado reciente.
Pruebas de antígenos en un cribado reciente. MANU GARCÍA

El diario TAZ, de Berlín, informa sobre 11.000 casos de falsificaciones del certificado, en papel, de vacunación contra el coronavirus, y sobre que la cifra escondida de falsificaciones puede ser tremendamente alta. El presidente del Bundeskartellamt, Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, se llama en Alemania Autoridad de vigilancia de los cárteles, está preocupado por la falta de competencia en el mercado eléctrico. Un periódico dice, con datos totalmente incompletos por los días de fiesta, que la pandemia desciende; otro periódico dice que aumentan ligeramente. El shock llegará entre hoy y mañana; quizá pasado.

Hospitales y clínicas tienen falta de personal, algo recurrente en Alemania y en varios países europeos. Mal pagadøs, los pocos que van quedando se van donde les ofrecen más: españoles a Alemania, alemanes a Suiza, italianos a Suiza, y así. Todo depende de si uno puede moverse y cambiar de casa o no: familia, mudanza, precios de la vivienda. En Andalucía despiden a 8.000, lo ratifica su parlamento y lo sufre la sociedad. En Madrid, muy parecido. Sin embargo, y en medio de una pandemia que mató a miles de nuestros mayores, el pueblo de Madrid votó mayoritariamente a la misma presidenta de cuando los miles de muertos en las residencias.

La pandemia ha sacado a la realidad unas cuantas cosas que vivían bajo los felpudos de muchas casas del mundo, sobre todo del mundo rico. Nuestros sistemas de salud hacen aguas por todas partes desde que los gobernantes quisieron entender un hospital como una-empresa-solo-para-ganar-dinero. A partir de aquí se pondrán a afilar las lenguas los anti-comunistas, pero esto que voy a decir lo decía Adam Smith, que de liberal tenía mucho: que el Estado tiene que hacerse cargo de infraestructuras y servicios que las manos privadas no puedan acometer [porque no rentan económicamente, pero son necesarios para la sociedad e incluso para la economía]. Con la sanidad se presenta la paradoja de que si se privatiza y se convierte en un servicio que ofrece productos por los que hay que pagar, quedan los hospitales públicos para que pierdan dinero con las enfermedades y tratamientos caros o carísimos, los ricos que lo pueden pagar todo y la gente normal y corriente que no se puede permitir pagar de su bolsillo una cama de hospital.

El truco está en ofrecer seguros privados para cosas pequeñas o medianas que cada vez más gente contrata, pero gente que tiene ese dinero o puede llegar a hacer ese esfuerzo. La cuota no suele ser excesiva y siempre tiene diversas escalas de pago. Mientras, se va desmontando la sanidad pública, sobre todo la atención primaria, se establece la opinión general de que hay que contratar un servicio así para que lo atiendan a uno. Así se va estableciendo la opinión general de que lo mejor es la sanidad privada.

La salud mental, en todo este galimatías, había quedado siempre fuera. Desde la Edad Media, al menos, la locura  se convierte en algo contagioso y en un tabú; el loco en un peligro. El suicida… Ya solo la palabra, el cómo suena, nos indica algo muy negativo, un enorme tabú, otra vez, algo intocable. Aunque la realidad, la realidad numérica que tanto les gusta a los neoliberales, dice que en España mueren 10 personas al día porque se han tomado su vida (en alemán se dice er hat sich das Leben genommen, cuando se quiere usar una expresión de respeto y no despectiva). En el mundo, según la OMS, se suicidan 703.000 personas al año: una pandemia contra la que no se hace nada.

España está a la cola, también, en gasto público sanitario en salud mental. Está solo por delante de Bulgaria en número de personal especializado en salud mental, e invierte un 5% del total de gasto de la salud, la mitad que la media europea. El problema, ahora, es que la pandemia del coronavirus está aportando algo importante, la posibilidad de romper el tabú hacia la salud mental, aunque esto mismo se está viendo como una oportunidad de negocio para privatizar un servicio básico que siempre estuvo abandonado por el Estado.

Ana Millán, con ocasión del suicidio de Verónica Forqué, publicó un tuit que merece la pena rescatar: “Hay que empezar a ser más amables, más bondadosos, darle un giro a esta sociedad que claramente no funciona.”

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