Captura de una emisión de la cadena WKRN.
Captura de una emisión de la cadena WKRN.

La pandemia del covid-19 nos está dejando numerosas imágenes inspiradoras acerca de la bondad del ser humano, pero también otras que revelan su peor cara: una multitud apedreando un autobús con ancianos enfermos, personas muriendo solas en sus casas y en residencias, declaraciones y comportamientos irresponsables de políticos... De todas ellas, hay una imagen que quizá resume el pensamiento de una parte de la sociedad que creo minoritaria, pero desgraciadamente activa, ruidosa, y con capacidad para condicionar la agenda política, social y mediática. Me refiero a una pancarta portada por un manifestante de extrema derecha en una de las manifestaciones “por la libertad” animadas irresponsablemente por Donald Trump en Estados Unidos. En la infausta pancarta podía leerse “Sacrifice the weak. ReOpen TN”, es decir, “Sacrifica a los débiles. Reabre Tennessee”.

Es terrible, ¿no? Vivimos en una sociedad en la que un ser humano es capaz, no ya de pensar semejante barbaridad, sino de escribirla y portarla orgulloso por la calle y ante los medios de comunicación. Pero, a la vez, nos pone negro sobre blanco de lo que van estas manifestaciones “por la libertad”, las de allí y las de aquí. Porque, claro, suena mucho mejor hablar de la libertad que decir en voz alta que estás a favor de que muera un determinado porcentaje de la población, pero el caso es que una cosa va ligada a la otra. Porque llevamos muchas semanas confinados precisamente por este motivo, para protegernos todos de la muerte, pero, sobre todo, a los que tienen mayor riesgo de conocerla. La libertad plena de unos sería la muerte segura de otros. Y por eso, aunque intento ver la buena fe que puedan tener los manifestantes, el caso es que no lo consigo. Lo más benevolente que podría decir de ellos es que están siendo manipulados o no están pensando con calma en las consecuencias de sus actos.

Verán, en mi vida cotidiana siempre pienso en lo importante que es estar a la altura de las circunstancias. Con nuestras torpezas y nuestras equivocaciones, pero en el lado correcto de la historia. Les parecerá una tontería, pero es algo que pienso muy habitualmente cuando tengo que tomar cualquier decisión que puede tener implicaciones morales. Y yo, aficionado al cine —y, en general, a cualquier cosa que me cuente una historia—, tiendo a verme en esas situaciones como el personaje de una película. Y pienso en comportarme del modo que me convierta en el personaje al que uno admira en una película. La persona que supone un modelo edificante para sus propios hijos. El ser humano que tu perro cree que eres. Así que a mí, que no tengo ni hijos ni perro, me cuesta entender cómo un manifestante que directa o indirectamente está defendiendo poco menos que teorías eugenésicas —que vivan los fuertes, que mueran los débiles— puede conseguir sentirse como un héroe.

Los “débiles” a los que apuntan esta pancarta y estos comportamientos son seres humanos con alguna dificultad o vulnerabilidad mayor a la del común de los mortales, sea por su capacidad económica, su estado de salud, su edad, etc. Hablamos, insisto, de seres humanos, no de entes desechables. Hablamos de nuestros familiares, amigos o conocidos. De personas que precisamente ahora más que nunca necesitan nuestro apoyo y nuestros cuidados.

En mi intento de comprender, supongo que los adalides de la “libertad” se ven a sí mismos, por oposición, como fuertes. Quizá de esto iba lo de hacer América más grande otra vez. Pero no veo rastro de fortaleza ni de grandeza. Esas virtudes las he visto últimamente, pero no en estos comportamientos. Las he observado en el personal sanitario que se ha jugado diariamente su vida por responsabilidad y compromiso personal y profesional, en los currantes que han seguido haciendo su trabajo en situaciones dificilísimas para que todos tuviéramos abastecimiento de víveres y de casi todo con absoluta normalidad —que se nos olvida que las fresas que compramos en el súper las ha recogido alguien en medio de esta vorágine— y, en general, en una amplísima mayoría de la sociedad que, cada uno con sus opiniones y su ideología, ha sido responsable, consciente y ejemplar. Y, ojo, también es grandeza precisamente la de las personas que lo tienen más difícil, porque viven su vida teniendo que hacer un esfuerzo mayor para alcanzar sus metas. Y estas circunstancias no hacen más que añadirles un plus de dificultad y hasta de miedo.

Pero voy a ir más allá. Esta crisis nos deja algunas señales de la grandeza real de España. Porque, sí, yo no tengo ninguna bandera rojigualda made in China en mi balcón o en mi pescuezo, pero me siento orgulloso de mi país. Y podría hablar de muchos motivos, pero el que viene al caso es que somos un país con una sanidad pública, universal y gratuita, es decir, accesible a todos los ciudadanos sean cuales sean sus condiciones, sin importar su grado de vulnerabilidad o su capacidad económica. Y, además, con un índice de eficiencia entre los más elevados del mundo según la OMS. No somos el segundo país del mundo con mayor esperanza de vida por casualidad, y no debemos olvidarlo. Porque eso es algo que nos hace realmente grandes. No necesitamos a Abascal ni a ningún otro donaldtrump para ello.

Hay, pues, que cuidar las palabras, y no permitir que ciertos grupos las manipulen. La grandeza se demuestra de otra forma, y la libertad es otra cosa. A menos que los manifestantes quieran libertad solo para ellos. Porque no se puede disfrutar de libertad si se corre un riesgo inasumible de perder la vida, y son precisamente los más vulnerables quienes corren ese mayor riesgo. Sus vidas están en nuestras manos, en las de todos.

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