Mientras ella pasaba frio a la luz de las velas, las grandes empresas multiplicaban sus beneficios.

Mi  percepción sobre la mayoría de humanos no pasa por su mejor momento y no parece que vaya a mejorar en los próximos tiempos. Esta mañana he oído en la radio que Rosa, de 81 años y amenazada de desahucio, ha muerto en Reus abrasada en su colchón por un incendio provocado por las velas con las que se iluminaba en la vivienda, tras haberle cortado la compañía eléctrica el suministro. Su nieta le llevaba la comida todos los días y los servicios sociales del ayuntamiento le costeaban el recibo del agua, que tampoco podía pagar. Durante un par de días, a lo sumo, la muerte de esta anciana conmoverá a las audiencias y será objeto de reflexiones lacrimógenas de los tertulianos de Ana Rosa y compañía, pero después del calentón emocional seguiremos tecleando los smartphones, como si nada, y asumiendo esta realidad desde un silencio cómplice que, como declaraba hace unos días el humanista y científico Federico Mayor Zaragoza, “puede llegar a ser un delito en estos momentos”.

Rajoy no piensa variar su política económica. Así lo ha anunciado el “gran líder” convencido de que “debe ser sustancialmente la anterior porque ha funcionado”. Para el presidente del Gobierno es un éxito extraordinario que en sus años de mandato la pobreza energética haya aumentado en un 22% hasta alcanzar los 5,1 millones de personas que no pueden costearse la luz y el agua. Las tres grandes compañías eléctricas (Endesa, Iberdrola y Gas Natural) se repartieron unos beneficios netos de 56.000 millones de euros coincidiendo con los años más duros de la crisis. En sus consejos de administración se sientan grandes prohombres y mujeres “pro” (no encuentro el equivalente femenino de prohombre) de la política española —algunos y algunas del PSOE— que no parecen inmutarse ante el drama de la insuficiencia energética, que castiga ya al 11% de la población española. Recordemos que en nuestro país el salario mínimo es de 615 euros, la pensión  no contributiva de 367,90 y la media de renta de los pensionistas está entre los 600 y 700 euros. Felicidades a Mariano y a sus votantes.

Rosa no va a ser la última anciana que muera en soledad por circunstancias asociadas a la pobreza. Mientras ella pasaba frio a la luz de las velas, las grandes empresas multiplicaban sus beneficios con barra libre para defraudar a Hacienda y para echar a un trabajador por una puerta y contratar a tres por otra repartiendo el sueldo del primero.  El milagro económico de Rajoy se traduce en que cientos de miles de ciudadanos, que tienen empleo, viven en el umbral de la pobreza y  en que abuelas como la de Reus acaben sus días de esta manera tan indigna en la sociedad del despilfarro, cada vez más parecida a un gran bazar del sufrimiento y del dolor en el que se mercadea con las personas más vulnerables.

Es posible que muchos humanos que apoyan a Rajoy en España, a Marine Le Pen en Francia, o a Donald Trump en Estados Unidos no sean conscientes de la trascendencia de sus votos, y de que las cosas podrían cambiar si la sociedad delegara la responsabilidad de gobernar en quienes priorizan la felicidad de la personas, de todas la personas y no de unas cuantas. La muerte de Rosa es un fracaso de todos y no será el último. Igual la clave está en otra certera afirmación de Mayor Zaragoza, que considera un disparate que “los valores éticos se hayan sustituido por los bursátiles". @GrimaldiPedro

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