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Estas dos ocurrencias destapan el triste signo de nuestros días marcado por un peligroso giro conservador. 

El presidente de Francia, Emmanuel Macron, el Rivera galo extremoliberal, ha anunciado su intención de instaurar un servicio nacional universal, “cívico-militar”, lo ha llamado, para que los jóvenes de entre 18 y 21 años “reciban una formación militar elemental: disciplina y autoridad, conocimiento de las prioridades estratégicas del país y de las grandes problemáticas de la seguridad, actividades físicas y deportivas”. En otras palabras, una mili modernizada.

La reacción en España no se ha hecho esperar. Envalentonada por el resurgir de la extrema derecha que nos dejó el conflicto catalán, la caverna mediática no ha tardado en demandar que nuestro país siga sus pasos. El País dio cancha a un Rubén Amón totalmente desatado insinuando una vuelta a los orígenes y Diario de Jerez, a nivel local, hizo lo propio con un tal Óscar Eimil, un jurista que ha publicado un libro llamado Reinos de Sangre y que escribe abiertamente sobre “reforzar los vínculos afectivos con la nación“,  aplaudiendo la “disciplina” y el “compañerismo” que traería una mili obligatoria. Ni Franco lo hubiera escrito mejor.

Es obvio que la derecha se está viniendo arriba. Otro ejemplo: el Partido Popular está presentando en todas las diputaciones y ayuntamientos de España la propuesta de —atención al eufemismo— la “prisión permanente revisable”, o lo que es lo mismo, la instauración de la cadena perpetua. Utilizando de forma cochambrosa los dolorosos casos de Diana Quer y Marta del Castillo, han confabulado una estrategia política para retrotaernos a tiempos en los que gobernaba Primo de Rivera, nefasto dictador jerezano que sigue, para nuestra desgracia, postrado en la Plaza del Arenal de Jerez. Populismo punitivo, lo llamaba el criminólogo Heinz Zipf.

Estas dos ocurrencias destapan el triste signo de nuestros días marcado por un peligroso giro conservador. Solo plantear el hecho de reinstaurar el servicio militar obligatorio (o como la neolengua pepera pretenda denominarlo) es una excentricidad gestada por una derecha crecida con sus banderitas. Es una locura, una clara INVOLUCIÓN para nuestra sociedad. Ha costado mucho esfuerzo, sudor y lágrimas que nuestros jóvenes tengan libertad para elegir qué hacer con su futuro en los mejores años de sus vida y no sean secuestrados por el Estado (el tiempo que sea) para una función tan discutible y poco edificante como es la enrolación forzosa en el ejército y lo que ello supone: militarismo, jerarquía, sumisión y belicismo. Cabe también preguntarse: ¿A quién defiende nuestro ejército? Normalmente a los intereses políticos de una élite con la que podemos estar más o menos de acuerdo, pero puede no interesarnos defender. ¿Tiene problemas el ejercito de gente? ¿Acaso falta personal? Parece que no ¿No será que quieren inculcar un sentido patriótico asociado a la derecha para así perpetuarse? Parece que sí ¿No será que el PP está viendo a Ciudadanos crecer y tiene que desmarcarse con propuestas extremas? Es bastante probable.

El caso es que el servicio militar y la cadena perpetua no aportarán soluciones a ninguno de los grandes problemas que asolan a nuestra sociedad (el paro, la desigualdad, las violencias machistas, la cuestión catalana o el terrorismo internacional, por poner ejemplos), pero por el contrario, añadirán más leña al fuego a la fractura social ya existente por el recorte de libertades que supondrían. Son unas propuestas anacrónicas, estúpidas, desfasadas, añejas, superadas. Ridículas.

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