Reivindicar la utopía

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

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¿Cuántas utopías, que ayer fueron, se convirtieron en sueños conseguidos, en ilusiones vividas?

Transcribo unas acertadas palabras de Eduardo Galeano con las que intentaba explicar qué es la utopía: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se aleja diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve, para caminar”. ¿Cuántas utopías, que ayer fueron, se convirtieron en sueños conseguidos, en ilusiones vividas, en ideales transformados en conquistas o en pasos al frente con el viento en contra? Utopías que cristalizaron en logros incuestionables.

Para el derrumbe, para la caída, bastan segundos. Basta pensar, sin más, que cada avance conseguido no tendrá nunca marcha atrás y es inmortal por naturaleza. Basta creer que cada paso es simple evolución lógica o ingenuo obsequio de los dioses. Basta suponer, que siempre fue así. Tan así como que llueve hacia abajo. Como nos dijo Antonio Machado… no hay camino, se hace camino al andar. Y no hay pasos adelante sin la previa utopía necesaria y sin la convicción permanente de que levantar los brazos para asentar derechos, implica no bajarlos nunca y estar al acecho para así poder seguir avanzando desde las aspiraciones ya alcanzadas e irrenunciables. Largo camino regado de utopías sobre las que transitar. Sin ellas, la luz se apaga y la fuerza se evapora. Se desvanecen los ideales. Se pierde el abanico de las posibilidades. Se ahogan anhelos y se entierran definitivamente, si los alejamos de nuestra memoria, a todas las personas que un día se marcharon, no sin antes entregar en manos nuevas la empuñadura del testigo –que recibieron a su vez de otras manos– repleto de nuevos sueños.

Aplastar las utopías, renunciar a ellas, es tanto como dejar de respirar el aire, de beber el agua o de alimentarnos durante el trayecto de nuestro tramo de camino. Es tanto como olvidar el pasado, negar el presente y cercenar el futuro. Es claudicar y caerse de bruces contra el suelo sin la voluntad de levantarse. Es convertirnos en flotantes pompas de jabón, sueltas y a merced del viento. Burbujas desprotegidas, solitarias y vulnerables que no vienen de ningún lugar ni van a ningún destino. Porque la utopía une, enraíza, cohesiona y consigue que empuñemos, juntos, el testigo potente y más que rebosante de sueños e ideales. Jamás hubo realidades y conquistas conseguidas que antes no fuesen utopías imposibles y aparentemente inalcanzables. Jamás habrá logros sin utopías presentes, aparentemente también irrealizables. Dejarán de ser utopías cuando se hagan realidad y volarán de nuevo hacia el horizonte transformándose en nuevas utopías que nunca, nunca, deben faltar. Nos decía el mismo autor en un poema:

Qué tal si deliramos un poquito,
qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia
para adivinar otro mundo posible.

Utopías que nos hagan caminar lejos a la búsqueda de nuevas miradas, de nuevas posibilidades.

Artículo publicado originalmente en el periódico Gente corriente.

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