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Después de que se abra el último regalo, cuando las fiestas terminan y hay que volver a la rutina de lo cotidiano, comienza la campaña de devoluciones. Y es que los Reyes, aun siendo magos, no siempre atinan al entregar sus presentes. A veces nos traen cosas repetidas, tallas de ropa equivocadas o juguetes de acción que se estropearon, con los vaivenes del camino, sobre las jorobas de los camellos.

Afortunadamente, suelen dejar junto a sus envíos los tickets de compra, para que cada cual vaya a cambiar lo que no le haya gustado por otra cosa diferente. Es sorprendente la cantidad de regalos equivocados que nos dejan y el poco tiempo que tenemos para cambiarlos. De forma casual, las devoluciones suelen enlazarse con la temporada de rebajas, hecho que convierte a los centros comerciales en verdaderas visiones apocalípticas. Cada superficie se convierte en un campo de batalla, donde las multitudes se hacinan en busca de la última talla de la tienda. Hasta el 31 de enero, todo vale para cambiar el regalo equivocado por el artículo perfecto.

Sin embargo, hay regalos que no tienen tanta suerte y por desgracia nunca tuvieron ticket de devolución. Al principio todo es magia y alegría. Los pequeños agujeros de la caja de cartón sugieren que en su interior hay algo vivo. La felicidad estalla ante unos ojos confusos y brillantes y un hociquito húmedo y curioso. A menudo los Reyes no recuerdan que la vida de un animal no pertenece a nadie y, como tal, no se debe comprar ni regalar. Pero esto los niños y las niñas no lo saben y mucho menos los propios animales.

Es delicioso ver la sonrisa de los afortunados niños, al encontrarse por primera vez con sus mascotas. La sorpresa al recibir un espontáneo lametazo de cariño o la cálida suavidad del primer abrazo. Al caer la noche, el perrito se orina sobre la alfombra y no deja dormir a nadie con sus llantos, muerde las zapatillas de papá y araña la madera de las puertas. Al día siguiente, cuando todavía queda algún que otro caramelo extraviado por el suelo de la calle, el niño va a jugar con sus regalos nuevos y llora amargamente al descubrir que alguien se ha comido el cable de la consola. Indignados por el comportamiento del animal, los padres toman represalias, primero le gritan y le golpean y cuando la situación se vuelve insostenible acaban por abrirle la puerta de la calle.

Según las estadísticas de la Fundación Affinity, más de 150.000 mascotas fueron abandonadas el año pasado. Casi 20 animales a la hora, dejados a su suerte por decisiones mal tomadas. De esta cifra tremenda, que nos coloca a la cabeza de la Unión Europea en abandonos, tan sólo un 44% volverán a encontrar un hogar. Por eso, este año he pedido a los Reyes que, la próxima vez que vengan, no traigan entre sus regalos animales vivos, y a todo el que esté pensando en buscar un compañero que lo vuelva a pensar mil veces más antes de tomar una decisión de tanta responsabilidad. No quisiera que el próximo año otros 150.000 regalos quedasen sin devolución.

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