La vicepresidente Yolanda Díaz, gran valedora de la reforma laboral.
La vicepresidente Yolanda Díaz, gran valedora de la reforma laboral.

La pandemia de la covid-19 ha cambiado nuestras vidas en numerosos aspectos. El mundo parece confundido. Sin embargo, existe algo que ha permanecido invariable durante los últimos años: la precariedad laboral en España. Como diría el rey de la canción y meme emérito Julio Iglesias, “la vida sigue igual”, o peor.

Las estadísticas hablan por sí solas. El 75% de los trabajadores menores de 25 años son precarios y la temporalidad en el empleo se sitúa en un 30%, tal y como se sostiene en diversos estudios de Universidades españolas. Por lo tanto, la reforma laboral, que en estos momentos está siendo objeto de tramitación parlamentaria y acordada por unanimidad entre Gobierno, patronal y sindicatos, es toda una necesidad.

El legislador español tiene fama de ser muy técnico y solemne. Por ello, hacer un análisis simplificado se antoja imprescindible. ¿Cuáles son las principales novedades que introduce la reforma laboral? Podrían destacarse las siguientes:

- La prioridad de la contratación indefinida, eliminándose la presunción y potenciándose las vías de detección de las infracciones y sanciones.

- Supresión de buena parte de los contratos temporales.

- Fomento de la contratación fija discontinua.

- El control de la temporalidad en el empleo público, con un especial enfoque en determinar el período máximo de estancia de los interinos, con excepciones.

- Implantación de nuevas vías de formación, destacando el contrato de formación en alternancia.

Sin embargo, la insuficiencia también se respira en esta reforma laboral. Primero, el consenso político, empresarial y sindical es una apariencia y no una realidad palpable. Las falacias y los juegos de egos marcan el calendario político, desde la coalición hasta el Grupo Mixto. Paralelamente, los empresarios han respaldado esta reforma por tratarse de un mal menor que puede permitirse, sin una vocación cierta de formar parte de un acuerdo de país.

En segundo lugar, la reforma laboral mantiene la esencia de la anterior reforma. La flexibilidad empresarial tiene como contrapartida que el progreso y bienestar del trabajador peligren. Además, otros elementos que fueron objeto de batalla política interminable, como los ERTE, adquieren un notable protagonismo.

Por último, el mercado de trabajo de nuestro país no está debidamente adaptado para estos cambios. ¿Están las empresas preparadas para soportar el aumento de los costes sociales que conlleva la priorización de la contratación indefinida? ¿Los jóvenes sobradamente preparados están preparados para verse envueltos en una formación laboral continua? Estos interrogantes no dejan de ser el beneficio de la duda de todo escéptico, en especial debido a los vaivenes vitales que nos envuelven en esta década.

En definitiva, estos cambios normativos son un anhelo en muchos aspectos, pero evidencian la lejanía de este país con los retos y exigencias de una sociedad moderna. En todo caso, siempre queda la posibilidad de agarrarse a las bondades del trabajo, como la que señaló en su día Voltaire: “El trabajo aleja de nosotros tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad".

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