Macron se fue a la guerra

Ahora los cuatro se han vuelto a hacer amiguitos y juegan a preferir ser cabeza de ratón que cola de león, pero el desasosiego se nota en sus caras

06 de marzo de 2026 a las 09:13h
Trump y Macron, en la Casa Blanca.
Trump y Macron, en la Casa Blanca.

En una mañana de marzo, Macron durmió algo más de lo habitual, enredado en algún sueño de grandeur, luchando contra una capa roja que movía el viento a lomos de Marengo, el magnífico caballo con el que Napoleón cruzó Los Alpes, y fueron sus propias palabras las que lo desvelaron: "para ser libre —se oyó por todo el Eliseo— hay que ser temido. Para ser temido, hay que ser poderoso". Cuenta su ama de llaves que no acabaron ahí las falacias maquiavélicas, que aquello era un sin parar, y que el desvarío era tal que se vieron obligados a llamar a su psicoanalista y este al médico de cabecera y entre los dos decidieron despertarlo. Sin embargo, el encantamiento ya había distorsionado su entendimiento. Nada más ponerse las zapatillas y cubrir con una bata de terciopelo rojo su cuerpo destemplado, llamó al canciller alemán, Friedrich Merz, para contarle su sueño, qué digo su sueño, su revelación.

Pero Merz tenía miedo y no daba pie con bola, lo mismo decía que ah, qué maravilla, que se negaba a salir de su casa o respondía que no quería saber nada. Es que había oído que el Presidente, pues así llamaba él a Trump, era imprevisible, que decían que igual se comía a la gente, que mandaba bombas o le retiraba el dinero prestado décadas atrás. Que a ver si eso de presentarse ante él a caballo y con capa roja lo interpretaba como un gesto de arrogancia para dejarlo como un hortera con visera. El prefería encerrarse con el box a puerta cerrada y guardar la ropa.

El sueño premonitorio tampoco funcionó con Starmer. Mira que el inglés no quería enfadar a su amigo americano, pero había que buscar otra forma de pleitesía, porque aquello de aparecer los tres montados a caballo y con capa roja era más cosa de reyes que de un líder laborista. De todas formas, estaba de acuerdo con Macron en que había que darle gusto al matón de la pandilla, que bien sabía él que al pelirrojo no se le podía rechistar, menos aún cuando se trataba de sus juegos macabros con olor a dinero. El último era como los anteriores: otra guerra, sin reglas ni normas, improvisemos, porque para el temido y poderoso —¿libre?, ¿fanfarrón?— lo importante es que todos participen en su pasatiempo.

Y en esos titubeos estaban, aunque ellos los llamaban estrategias diplomáticas, cuando oyeron que el guaperas del país de abajo, el de las playas, el que tenía muchas ovejas, aceitunas y huertas, ese mismo le había plantado cara al chulo pelirrojo y no le había pasado nada, que a ver si el bravucón no iba a ser tan fiera como lo pintan, pensaron.

Ahora los cuatro se han vuelto a hacer amiguitos y juegan a preferir ser cabeza de ratón que cola de león, pero el desasosiego se nota en sus caras y, en sus ojos, se puede leer aquel otro refrán, con el que siempre les ha ido mejor, que dice si no puedes con el enemigo, únete a él. Al menos, creen ellos, ser lacayos del ogro les salvará de la quema. Así que este cuento no tiene colorín colorado, sino, quizá, to be continued.

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