Pedro Sánchez con el puño en alto, durante la campaña contra Susana Dìaz por el liderazgo del PSOE.
Pedro Sánchez con el puño en alto, durante la campaña contra Susana Dìaz por el liderazgo del PSOE.

Que Ana Patricia Botín, Arturo Pérez Reverte y Ana Rosa Quintana hayan aplaudido con la misma efusividad la composición de tu rutilante equipo ministerial es el mejor termómetro para calcular la temperatura ideológica de tu Gobierno. Vale que el mercurio ha disminuido unos cuantos grados en apenas una semana. Pero el poder ejecutivo de este país sigue padeciendo una preocupante fiebre conservadora. Puedes situar a una mayoría de mujeres en puestos de poder –lo cual celebramos–, puedes rodearte de gente con sobrada formación –lo cual no deberíamos celebrar, pues la preparación a un ministro se le presupone, por más que nos hayamos ido acostumbrando a lo contrario–, puedes incluso prometer el cargo sin biblias ni crucifijos, pero todo eso no son más que brindis al sol, Pedro, o una estrategia de márquetin político para ocultar el carácter marcadamente centroderechista de tu equipo.

De ahí que al frente de los ministerios de Economía y de Interior, acaso los más importantes, no hayas situado precisamente a dos guerrilleros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Nadia Calviño y Grande Marlaska no tienen pinta de cubrirse el rostro con un pasamontañas a lo subcomandante Marcos. La primera, más bien, suele enfundarse con el burka del neoliberalismo económico adquirido en Bruselas: cumplimiento de los objetivos de estabilidad presupuestaria, o sea, poco gasto social, manque seamos el tercer país en pobreza infantil de la UE; y el segundo es un Magistrado conservador vocal del Consejo General del Poder Judicial a propuesta por el PP. En su bagaje profesional cuelgan los siguientes méritos: haber mandado a juicio a Manel Fontdevila por aquella realísima portada de El Jueves (sustituyendo al juez Del Olmo, que estaba de vacaciones), haber archivado la investigación del Yak-42 al considerar “inane” la no identificación de cuerpos al tiempo que exoneraba de responsabilidad alguna a la plana mayor del Ministerio de Defensa de Trillo, haber querido sentenciar a varios activistas del 15M o haberse negado a investigar supuestas torturas en los CIE. Con este par de dos rigiendo nuestras vidas, ¿de verdad piensas que existen motivos para salir a la calle a festejarlo?

Con todo, el personal anda entre eufórico e ilusionado, algo que se pude entender si comparamos tu gobierno con el de Rajoy. Los Zoido, Catalá, Cospedal, Méndez de Vigo, Báñez, Soria y demás apandadores de lo público acumulaban tanta caspa que hasta Máxim Huerta puede llegar a parecernos un Voltaire a lo español, con menos sátira quizá, pero con más flow. Este, Pedro, es el verdadero drama nacional. Y no me refiero a esa barrabasada tuya de poner a un cuchufletero como ministro de Cultura. Sino a algo mucho peor y que viene de lejos. En este país las fuerzas conservadoras –esas doscientas familias que mandan en España desde los tiempos de Cánovas– han ejercido un poder tan despiadado, omnímodo y prolongado en el tiempo que cuando otras personas lo ejercen de manera efímera se nos antojan por comparación ultraprogresistas, por más carcas que en el fondo sean.

Así ocurrió hace cuarenta años y así no ha dejado de pasarnos hasta hoy. Al lado de Franco, ¿cómo no iba a parecer un revolucionario Adolfo Suárez? Y al lado de este, ¿qué demonio rojo no sería Felipe González, a pesar de Boyer y Solchaga? Tras el aznarato, ¿no le veíamos todos un poco a Zapatero cara de maoísta? Y ahora tú, Pedro, tras el corruptífero y carcunda Rajoy, ¿no estás consiguiendo que el PSOE vuelva a parecer un partido de izquierdas, incluso con Calviño y Grande Marlaska como tus dos grandes baluartes? Es el mismo cuento gatopardiano de siempre. Que todo cambie para que todo siga igual: el pueblo deslomándose cada día para llegar a fin de mes y sufriendo los embates de una justicia injusta; los grandes empresarios, por su parte, protegidos y con sus capitales a buen recaudo. ¿O es que acaso, Pedro, va a creerse algún ingenuo que tu Gobierno está dispuesto a meterle mano, pongamos por caso, a la sicav de Ana Rosa Quintana?

Pozí. Y esa es nuestra gran tragedia.

 

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